domingo, 27 de diciembre de 2015

La orden

No te rindas niño disfrazado
Seguí jugando al adulto con problemas de grandes
No abandones el barco marinero
Que se hundan con vos las frustraciones de lunes por la mañana

Salí del pozo minero enjaulado
Que la paga no es buena por tanto sacrificio
Regá los pastos jardinero del viento
Que se secará aún mucho antes que vivas para verlo

Respetá la indiferencia emprendedor sin ingenio
El mundo no es para los fanásticos del promedio
Salí del bosque que hay un loco suelto
Tiene alcohol en mano y le quedan dos pitadas

Plantate firme rey de la duda
Que cuando venga el otoño las hojas verán el llano
Salí del sol caucásico de Occidente
África no es para los que no sufre la ira de Dios

Partí la manzana víctima de la guerra
Que te tocó cortar para que tu hermano elija
Regalá la paz señor de la guerra
Que al cerrar la.industrias la muerte te espera de gala

Nadá en el viento ave de caza
Que no sabés cuando es tu minuto de gloria
Secame las lágrimas ángel del alfalto
Que el que escribe es reacio a decir lo que siente...

jueves, 30 de octubre de 2014

De blog a libro

Gracias a la Asociación de Profesionales del Arte de Curar del Hospital Infanto Juvenil Dra. Tobar García, por dejarme participar del concurso literario de cuentos cortos Julio Cortázar, premiarme y publicar mi cuento en un libro editado por Ediciones Cartoneras 2014, un símbolo de que en la humildad también hay literatura. Gracias por la oportunidad.
 


 

viernes, 18 de julio de 2014

Ni 34

Buenos Aires, hacé historia






David Heighser es un recién graduado de la Licenciatura en Historia Universal Contemporánea de la Universidad de Dallas, Estados Unidos. Su intención es especializarse en historia latinoamericana y ha elegido Argentina como su estudio de caso. David corre con la desventaja de hablar muy poco español y de leer todavía menos. Lo primero que pasó por su cabeza fue comenzar a estudiar español y, de hecho, acudió a unas cuantas clases que impartían unos profesores mexicanos por la noche en su universidad. El entusiasmo inicial lo incentivó, pero tardó muy poco en darse cuenta de una doble y difícil realidad: a él no le gustaba el español y al español no le gustaban ni él ni su acento de gringo-texano que impedía cualquier modulación no anglosajona que practicase. 

Frustrado su plan maestro, David optó por emprender un viaje al Sur del continente, creyendo que en Buenos Aires encontraría la historia que sus oídos y su lengua no pudieron interpretar en clase. Si bien no contaba con una fortuna siquiera traducida en moneda argentina, creía que en algo menos de un mes podría sobrevivir en La América Latina, a la vez que sustraía de ella todo el conocimiento que le fuese necesario.

Aterrizó un martes en Aeroparque sin entender, al ver el río, si se había bajado de un avión o de un barco. Todo iba bien mientras los empleados bilingües lo guiaron en sus primeros pasos, pero todo se derrumbó cuando, equipaje al hombro mediante, se paró sobre el cordón de la Av. Costanera, divisó la palabra familiar "taxi" escrita en un auto negro y amarillo, y levantó su mano al grito seco de "stop, please". El taxista entendió sin palabras que el equipaje iría en el baúl pero todo empeoró cuando la incertidumbre del destino entró en la escena. El conductor, sin mirar al pasajero, esbozó un semi-cerrado "¿adónde vamos, maestro?" y David entró en un pánico total. En una guerra lingüística de unos diez minutos, Manuel, el taxista, pudo distinguir unas pocas palabras que lo trasladaron en el tiempo y escarbaron en los escombros de su memoria de alumno secundario sentado al fondo de la clase de inglés. Creyó entender que el pasajero buscaba un hotel. Bajó bandera y encaró para el centro de la Ciudad. Por la ventana, el oriundo del Norte del continente abría en grande sus ojos saltones con tal de divisar siquiera un museo que le sea útil a su propósito, pero dependía demasiado de una fachada típica, estereotipo, porque leer los nombres de los carteles le era tan pírrico como azaroso. 

David cayó por fuerza del destino (y de Manuel) en el Gran Hotel Buenos Aires, en Marcelo T. de Alvear al 700, en los que algunos llaman “Microcentro”, otros “Retiro” y algunos osados “Barrio Norte”. Con ayuda de Internet, se dispuso a emprender su viaje -entre turístico y científico- por la Ciudad de Buenos Aires. Valiente se subió al colectivo N° 10 y, con las pocas monedas que tenía, le alcanzó para pagar un viaje hasta San Telmo. El historiador pretendía visitar el Museo Histórico Nacional pero en el cruce de la Av. Caseros, una motocicleta con dos pasajeros desafió al semáforo en rojo, obligando a un camión recolector de basura que venía por la calle Chacabuco delante del colectivo en el que viajaba, a realizar una frenada brusca en pos de no colisionar con los infractores. El impacto fue tan fuerte y ruidoso como trágico. David, sentado en uno de los asientos dobles a media altura de la fila derecha, observaba desprevenido como los autos, a lo lejos, subían por la Autopista 9 de julio Sur, cuando el clásico latigazo consecuente del choque violentó su cabeza directamente hacia el caño que emergía del asiento de adelante, dejándolo instantáneamente desvanecido. Las ambulancias del SAME llegaron a gran velocidad y trasladaron a David, inconsciente, junto a otros hacia el Hospital Argerich en el Barrio de La Boca. 

Minutos después del accidente, el historiador, sentado en uno de los escalones que yacen a la entrada del hospital, no podía comprender como semejante impacto no le había generado ni un rasguño. Se puse en pie y entre ansioso confundido, comenzó una caminata sin destino. Dos comerciantes de habla inglesa le informaron que eran las dos de la tarde del 25 de junio de 1806 y que se encontraba en el centro del Virreinato del Río de la Plata. Siguió caminando, aún más confundido que antes, hasta cruzarse con un escuadrón británico de pollera corta y botines de cintas punzó cruzadas que avanzaba por la Av. Montes de Oca. Los escoltó de cerca mientras doblaban en Av. Caseros. La tropa tomó la calle Defensa y subió hasta la Plaza de Mayo, tomó el Fuerte por las armas hasta que llegaron las milicias locales para defenderlo y reconquistar la ciudad invadida. 

Totalmente desorientado por lo que acababa de vivir, David se refugió de las balas de los cañones en el Cabildo que se encontraba a unos metros del Fuerte. Ahora sí no entiende nada, españoles y criollos se sacan los ojos mientras se gritan unos a otros hasta que, lenta pero rápidamente, los europeos van dejando lugar a los americanos. De un momento para otro, los integrantes del cabildo festejan enardecidos al grito de “¡independencia!”. Pero la alegría de los porteños no duró demasiado cuando irrumpe en el lugar un grupo de jinetes de tranco cansado y vestimenta informal al grito de “¡Viva Artigas, muera el Directorio!”. David escucha que un periodista de un diario inglés le comunica a un colega que ahora Buenos Aires es un país y tiene presidente. Pero al instante llega un grupo de militares desde las afueras de la ciudad y apresan al gobernador bonaerense. La ciudad, de Norte a Sur, es un caos hasta que llega a la Plaza de Mayo un hombre de cabello rojizo y poncho a tono, escoltado por gauchos humildes. David lo reconoce por haber visto su retrato en los libros que nunca pudo leer… es Juan Manuel de Rosas. Sabe bien que no hay mucho lugar para él ni para los de su origen en la Plaza y se retira al Oeste de la ciudad mientras Buenos Aires vuelve a la senda del orden y la estabilidad económica previa al fin del Virreinato. El colectivo 105 dejó al historiador en el barrio de Villa Devoto desde donde escucha el sonido de los tiros que viene de Caseros, del lado de la provincia. Sabe bien que es tiempo de volver tranquilo a la capital. Mientras viaja de vuelta, ve a los negros porteños encadenados que agarran Av. Libertador y se van para el Norte, a la guerra contra sus hermanos paraguayos. Cuando David llega a Buenos Aires, esta se ha convertido en la Capital Federal del país y sus ingresos se han finalmente federalizado. Por un rato largo no se ven más que pobres en las calles porteñas pidiendo monedas en una lucha de mendigos contra los inmigrantes europeos. Pero no tanto después, ve las largas filas que algunos de esos mismos, humildes y errantes, forman para votar a un nuevo presidente. Y el pueblo sale nomás a victoriar a un tal Yrigoyen que no les habla pero los atiende. O más bien los atendía, porque antes de que David pueda tomar nota, los militares entran a la Casa de Gobierno mientras los cadetes desfilan por la Plaza. Y de nuevo el silencio, la incertidumbre, la desilusión… es todo tan parecido a 1806 que parece un calco a mano alzada. Buenos Aires se viste de sepia otra vez. 

Mientras se para en la esquina de Av. Callao y Santa Fe, el historiador empieza a notar que los uniformes militares van cambiando de color fundiéndose con el espectro de la ciudad. David se impresiona al ver cómo el pueblo corre enardecido hacia los límites de la ciudad, desafiando la adrede inoperancia de los puentes y nadando con el corazón hacia el rescate de un tal General Perón que está siendo atacado por un Tigre sin rayas. Y de a poco el pueblo vuelve a las calles y la algarabía reinó tanto tiempo como tarda una foto revelada en ponerse amarillenta. Y otra vez David pudo observar cómo se alternaba el negro con el blanco sin que demasiados grises aflorasen. Pudo ver en vivo y en directo cómo la Av. Corrientes se hundía en un caos de tránsito protagonizado por unos autos pequeños pero eficientes con una bandera argentina metálica estampada en su reverso, hasta que de las calles de Buenos Aires, vehículos y personas se esfumaban como la tela de una bandera cuando la consume el fuego extranjerizante.

Y estuvo el historiador un buen tiempo escondido hasta que pudo salir a la calle y ver las largas filas de los votantes como en 1916. Vio también, desde su epicentro, como por mucho tiempo la bandera de ese país al Sur del continente se tornaba más parecida a la suya propia que a cualquier otra. No pudo dormir por varias noches por el ruido de las cacerolas y de los cristales de los ventanales bancarios que se fusionaban con el piso. Sintió casi todo lo que en un principio pretendió sentir ni bien se subió a un avión con destino a Buenos Aires.

La madre de David viajó a Buenos Aires apenas la embajada le comunicó del accidente de su hijo. Ella estuvo con él los dos años que estuvo en coma inducido, interpretando los balbuceos de su hijo. Con ellos logró armar junto al mejor amigo y colega de David, la tesis de especialización del historiador. Heighser pudo firmarla y presentarla recién cinco años después, cuando superado el coma y una larga rehabilitación, pudo volver a ejercer su carrera, en su patria.

lunes, 14 de julio de 2014

Si eso es perder...


Si eso es perder...



Si la derrota es el resultado de haberles dado esperanza a los hipócritas, no se puede tenerla por enemiga. 
Si perder es una consecuencia eventual de un crecimiento exponencial lleno de mejoras y aprendizajes, no se debe asociar con la frustración.
Si no ganar es el cierre de una aventura que empezó tan líquida que me era imposible retenerla entre los dedos de la ilusión pero que terminó solidificándose tanto que me dio fuerzas para seguir hasta el final, ganar no puede serlo todo.
Si después de verme abatido al primer vistazo me miro de nuevo y me veo campeón, entonces no perdí tanto.
Si me duele saber que pudo haber sido mío es porque hice lo suficiente para que así sea y no todo depende de mí.
Si me seco una lágrima con el antebrazo y la sal se mezcla con mi sangre y arde, es porque me jugué el todo por el todo.
Si mi par me agradece lo hecho, ajeno al exitismo, entonces soy más campeón que si lo hubiese sido, momento aquel cuando las felicitaciones son obligación.
Si desperté en los que nacieron después de mí ganas de hacer lo que hice, no perdí en todo.
Si aporté para darle a un país esa unión por una causa que a veces tanto le hace falta, fue porque gané más de lo que perdí.
Si me siento argentino, entonces gané, porque en una competencia internacional no hay otro objetivo que revalorar el suelo donde nací frente al mundo entero.


Me hubiese gustado escribir más un descargo de victoria, no voy a mentirme, pero mientras descargo gano más de lo que perdí, porque me siento orgulloso en las malas, porque no me borro en las peores, porque siempre me levanto, siempre la peleo, me frustro en el medio y vuelvo a la carga. Estoy orgulloso porque sólo la muerte me va a detener y en eso no soy peor que nadie. Estoy orgulloso porque nací y crecí en un lugar donde la gente no es la mejor pero a veces se lo cree, y pecado mediante, lo tiene por motor para perder mil veces e intentarlo mil una. 
Nací en un lugar que explota todos los sentidos humanos, los buenos y los malos. Que se apasiona por un deporte, se entusiasma con una ilusión, se aferra a lo que le tocó por naturaleza, se desvive por sus creencias, muere por un pedazo de tierra que entiende es de todos los suyos, que se enfrenta a cualquiera, en igualdad de condiciones o no, pero con una tenacidad, fiereza y carácter que dignifica a cualquier ser. 
Generalmente nos toca perder, mitad naturaleza mitad destino, y quizás nunca “vendrán tiempos mejores”, pero en el medio está una vida de intentos y la barrita de energía se va desgastando, se evapora en cada hora de laburo, cada minuto con la familia, cada segundo con amigos, semanas de estudio, meses de luchas y años de insistencia. La energía suele tender a ser cada vez menos pero hay una sola cosa que en el medio la renueva: la ilusión, la fe, la esperanza, las ganas, la voluntad, todos sinónimos del alma de lucha. 
Ser argentino es bastante más que haber nacido entre Usuahia y La Quiaca, es gastarse toda la energía con la que vinimos al mundo por una ilusión, una idea, un sueño... por el otro.
Gracias jugadores por ser igual que yo y que tantos que creemos que esta nación es una gran nación. Felicidades por haber dejado todo.

miércoles, 9 de abril de 2014

Dios es responsable

Las páginas de la nueva historia son mentira
Las fronteras imaginarias dibujadas sobre el aire son mentira
El poder que emana de la punta del cañon del rifle automático es una mentira

Ser preso en tu tierra... no puede ser real
Ser esclavo del extranjero opresor no tiene que ser real
Que mi angustia y mi desesperación me conviertan en el señalado por el dedo de la ignorancia, no debe ser real

No poder salir de mi casa sin un permiso de un nadie, tiene que ser un mal sueño
No poder alcanzar siquiera el umbral de la dignidad humana, debe ser obra -sólo- de un mal sueño
No besar el suelo que me vio nacer en paz puede ser, únicamente, el reflejo de un mal sueño

Esos días en que me despertaba con ánimos de viajero no pueden valer un recuerdo
Las veces que crucé toda mi tierra sólo para darte un beso, no pueden ser un recuerdo
Mi alegría y mi fe no saben ser un recuerdo

Correr de la mano de mis hijos hoy es una utopía
Ver el sol desde otra perspectiva mañana, es una utopía
Nuestra felicidad no puede ser por siempre una utopía

Acariciarte la punta de la nariz con una hoja caída, hoy no tiene lugar
Decidir sobre mis propios asuntos desde ayer hasta hoy, no tiene lugar
Luchar por aquello que me arrebataron pareciese que no tiene lugar

Ya no puedo ser como era antes...
Ahora lloro, impotente, aún un poco más que antes
El futuro no tiene el sabor que podía imaginarme tendría en un día como los de antes

Lo único que me combustiona el alma ahora es la tristeza
Eso que me da fuerzas para no perecer no es sino la tristeza
Todo el peso opresivo que cargo y siento, dolorido, es hijo de la tristeza

Al poco fuego que le queda a la braza que es mi alma, lo aviva ese monstruo que es mi odio
Al viento que desordena mi racionalidad lo mueve, huracanado, lo más sucio de mi odio
Al agua que me inunda la parte noble del corazón la trae, revuelta, lo insano de mi odio

Mirarte desafiante a los ojos me calma la ira
Imaginarte sin tu gatillo, tapa de esperanza a la mitad de mi ira
Ver cada mañana tu bandera en mi mástil, violenta mi ira

Tus manos manchadas de metal apagan la luz de la historia
Tu indiferencia teñida de impunidad repite tu historia
Tus derechos del nunca jamás asesinan mi historia

Sus ojos y los nuestros saben quién es responsable
La historia, reescrita de luto, conoce al responsable
Dios, poderoso y castigador, espera al responsable


Tu mentira no te deja ser real 
Que mi vida toda sea un mal sueño pronto será un retazo de recuerdo 
A los ojos de Dios, no hay utopía que no tenga lugar
Antes que morir bajo el filo de la tristeza, nos levantaremos, más no fuese, empapados de odio, y en una luz, ráfaga eterna, infinito de ira, reharemos la historia y seremos responsables de hacerte responsable delante de Dios que te sabe ocupante, te tiene por culpable y te juzga, traidor, altanero, opresor.

jueves, 25 de julio de 2013

Todo lo que ya no hace, por Sheva López


Siempre me acuesto un poco más tarde que ella. Me cuesta la rutina de vivir de día y dormir de noche. Ella la lleva perfectamente, al pie de su reloj biológico, en óptimo estado. Entro despacio a la cama porque si me siente acostarme junto a ella, me abraza automáticamente. Es un gesto hermoso, pero prefiero dormir libre de las cadenas del romance. Me muevo mucho, me cuesta horrores conciliar el sueño. Antes de cerrar los ojos, manoteo el celular y el reloj. No tengo horarios para levantarme pero lo programo temprano para despertarla con un desayuno de besos, abrazos y caricias. Nunca se levanta de mal humor.
Le preparo un té y unas tostadas con queso untable. No come otra cosa. Le cuesta tanto despertarse que pareciese que ya no despierta. Será que por dormir cinco minutos más, el tiempo la ahorca y nunca prueba ni siquiera la mitad de una tostada. El té se enfría y no lo toma. Termina siendo mi desayuno. Últimamente, siempre.
Se va tan apurada que me grita que me ama mientras cierra la puerta. O por lo menos eso creo escuchar. Yo aprovecho la hora y practico el rezo del alba, Al-fajr. Ni bien guardo la alfombra me acuesto de nuevo. Y ahora sí duermo profundo.
Me despierto pasado el mediodía, por culpa del sol. Lo primero que hago es mirar el celular y antes de ver la hora me fijo si en algún momento libre me escribió un mensaje. Pero ya tiene tantos momentos libres que no me escribe. Me lamento pero la entiendo. Me lavo los dientes, la cara, hago la ablución después de orinar y rezo Al-duhr. Me preparo lo primero que encuentre en el freezer y lo devoro como un famélico. Lavo los platos a la velocidad de la luz --siempre quedan sucios-- y salgo a comprar los diarios que me gusta leer y me sirven para trabajar. El canillita ya sabe qué llevo. Si veo una revista de interés para ella, se la compro y la dejo arriba de la mesa, para que cuando llegue vea el regalo. Pero ya no las lee. Ni se ve la mesa.
La computadora en frente y los diarios esparcidos por la mesa. Quizás algún que otro libro también. Me gusta fundamentar lo que escribo. Subrayo en el diario frases claves que en un principio creo citaré, pero nunca lo hago. No me gusta decir exactamente lo que otros dijeron.
No hay nada más reconfortante para un escritor mediocre que ser leído. En cantidad. Pero más me interesa que la nota le guste a ella. Es siempre la primera que las lee u oye. Luego del punto final, la leo en voz alta, para que la escuche. Conozco sus códigos: su silencio es un visto bueno. Antes las criticaba, les daba un toque único de simpleza que yo nunca puedo alcanzar. Pero ya no lo hace. Luego de escribir una o dos notas, practico Al-asr y me pongo a estudiar o a escribir de nuevo, pero ya no sobre actualidad o problemas de los hombres, sino letras que me gustan de verdad, que leo con el alma. Puede ser el Sagrado Corán o algún libro de historia argentina, economía o por qué no política. Otra opción es escribir literatura, eso que no paga la comida pero nutre el aura y me adormece la mente. Trato de concentrarme en un mundo fuera del que me acostumbra la vida y entro en una fantasía que siempre la tiene a ella intersectando la recta de la realidad por el eje de abscisas que es mi coherencia, mi racionalidad. Ella es un eje de ordenadas que está más allá. Mucho más allá. Es sobrenatural, invisible, compañera. La extraño hasta cuando estoy con su presencia arañándome la espalda.
Y en esos minutos que paso fuera de mi mismo y dentro de sus sueños que ahora son constantes y eternos, infinitos, espero latente la sorpresa de que abra la puerta, la traspase y me abrace. Y entra sin abrir la puerta y me toma por las costillas hasta llegar a las escápulas, las presiona y sin pecho me acorrala en su ser que no es. Yo cierro los ojos para sentirla mejor, para neutralizar el momento, pero es en vano, porque instantáneamente la pienso, dibujo su imagen en mi mente, siento su pelo entre mis dedos y lo acaricio. Mis dedos y el aire, una experiencia entre mágica y frustrante. Y ella me respira en el oído izquierdo. Me encanta. Pero un frío me recorre las venas, las congela a la vez que me prende el fuego el pecho como cuando se sostiene un hielo por mucho tiempo. Comienza a quemar a granel. Lastima. Deprime. Asusta. Desespera. Y entonces me separo de su cuerpo que no es y me acuesto en la cama, cansado de nada y desamorado de todo y espero que deje sus accesorios sobre la mesa y se acueste a mi lado, sin decirme nada, sólo estando. Y así lo hace. Callada. Para siempre. Y estando, a mi lado, pero sin mí. En ese momento de éxtasis amoroso, suena el adhan y toca Al-maghrib. Y otra vez al baño y otra vez el agua fría y la alfombra. Llega el momento de salir al mundo real y me preparo para la universidad, para aprender esas ciencias que te ayudan a concentrarte en lo real, lo empírico, lo observable. Esas ciencias que complejas y sofisticadas achacan cualquier sueño, cualquier atisbo sobrenatural, que es lo que en verdad me completa la desazón. Mientras estoy en la universidad escuchando lo que me interesa de verdad y lo que ya no quiero escuchar más, la recuerdo una vez más, pensando en que estará en casa cuando vuelva. En el medio intento escribirle pero ya no le llegan mis mensajes.
De camino a casa una vez más, pienso en qué me habrá cocinado. Sabe bien que llego hambriento como pocos. Pero nunca me cocina. No lo hacía antes y tampoco lo hace ahora. No le gusta. No tiene ese don. Pero no me importa; llego exhausto y con la mente rebalsada de conceptos y siento su calor cuando entro a la casa, siento su perfume y escucho su respiración, y entonces el tubo de energía que guardo en el esternón pasa de vacío a medio lleno y creo tomarla por la espalda, la sorprendo en el baño mientras se mira al espejo para arreglarse para mí y mientras siento sus pulmones en lo llano de mi pecho, la miro a los ojos en el espejo y me maravillo una y otra vez por su infinita transparencia que de tan puros y cristalinos no tienen reflejo alguno. Y como es la otra parte de mi ser, la que me completa mi mitad, la miro al espejo y me veo a mí mismo. Somos parecidos. Somos uno.
Cocino aún más rápido que en el almuerzo. Sirvo dos platos bien llenos. El mío se vacía en menos de diez minutos. El de ella tarda más. Tarda tanto que suelo tirar la comida, ya fría, al día siguiente. Ya no cena como antes. Serán las modas del cuerpo perfecto. No la discuto porque realmente tiene un cuerpo perfecto. Encastra con un máximo de justeza en la silueta que esbozo en mi memoria. Esa mujer debe ser un ángel. Quizá literalmente.
Entro a bañarme después de acostarme nuevamente un rato a su lado y siempre espero, entre inocente y pervertido, que se meta conmigo a la ducha. Hay veces que la siento porque el agua deja de pegarme del todo a mí. Y entonces se me eriza la piel. Siento de todo. Y ella me hace cosas tan maravillosas… me conoce tanto… que hasta pareciese que yo mismo lo hago. Sabe bien cuál es mi punto justo, mis gustos, mis preferencias, mis fantasías. Últimamente ella es mi única fantasía.

Toca Al-isha y otra vez lo mismo: que ella se acuesta y que yo no puedo dormirme. Tengo unas ganas de que cuando a mí me llegue el sueño ella esté despierta. En verdad, para sincerarme, tengo tantas ganas de que esté despierta de nuevo que ya no importa el momento, ni mi estado, ni el de ella. No importa el lugar, no importa la hora ni el rezo que toque. Ella me importa. Me importa tanto pero tanto, que siempre le pido a Allah verlo… para verla.   


Hernán López, contemporáneo

sábado, 20 de julio de 2013

Carta a un amigo...



El dije es el centro, núcleo y punto de partida de una cadena que reposa, imberbe, en la vidriera de una de las joyerías más prestigiosas de la Ciudad de Buenos Aires. Multitudes van y vienen recorriendo de reojo su esplendor, sin tocarla, sin modificarla. Un joyero joven pero harto de experiencia, la diseñó así adrede, egocéntrica, única. Puso énfasis en su núcleo, su dije, para representar así a la familia, el comienzo de cualquier relación social entre los seres humanos. Desde el dije, comienzan a extenderse un sinfín de eslabones que lo circundan, pero siempre sin erosionar su protagonismo. Aquel joyero, aquella vez taciturno, aquella vez un poco ido, intentó que se interprete a los eslabones como la exteriorización de la vida social. Desde sus primeros pasos hasta los que nunca terminan.
Los dos primeros eslabones yacían juntos pero separados. Uno representaba el Oriente y el otro, el Occidente, y hacia allí se dirigían, cada uno, respectivamente. Se rozaban por las costillas cual siameses pero se separaban por lo opuesto de los hombros como rivales. Eran el símbolo de la primera amistad, la que sienta las bases para las contiguas, las próximas, las que corresponden a Oriente y las que competen a Occidente. Los dos primeros eslabones eran el primer atisbo de amistad en la vida de ese dije, centro y núcleo del alma de la cadena.
Mientras el joyero daba vida a su arte, mantenía sus manos concentradas en el objeto a producir, mientras daba permiso a su mente a volar por demás. Y en ese vuelo nunca estaba solo sino que siempre bien acompañado. El era un eslabón, un amigo el otro. Y recordaba….
Y los recuerdos se sucedían los unos a los otros, sin mucha coherencia, ni cronológica ni causal. Iban hacia el pasado y volvían al presente, se situaban en la ciudad de su vida y se iban de ella hacia lugares tan lejanos que nadie podría reconocerlos. El único hilo conductor a sus recuerdos era la amistad. Esa amistad que supo forjarla Dios o el destino, o la suerte, no lo sé. Pero sí sé que se forjó, y fuerte.  Y se recordaba a él, jovencito y ladronzuelo, con un objeto esférico que no le pertenecía pero que pronto lo hizo suyo. Y recordaba su risa mientras caminaba, después de valerse del viento, hacia su hogar otra vez, para apreciar su objeto. Pero ahí estaba el sonido que anunciaba la llegada del verdadero dueño, del otro eslabón.
Se miraron desconfiados, defensivos. Pregunta y respuesta mediante, el objeto no podía ocultarse más bajo dedos ajenos. Y tuvo que ser devuelto. Pero en el medio de la entrega hubo algo, una suerte de enamoramiento que excede lo sexual, que excede la atracción física. Fue un enamoramiento extraño, de esos que no se sienten en el jardín cuando te enamorás de la primera compañerita. Fue distinto. Fue parecido a la amistad.
Y como el destino es incierto pero también perspicaz, volvió a juntar al ladrón con su víctima, pero en circunstancias distintas. Sin embargo, el motor del encuentro mostró nuevamente al objeto esférico como centro de las causas. Una plaza, lazos sanguíneos, un deporte, tierra, llantos. Y más tarde fue nuevamente el dije, la familia, que los volvió a juntar, vecindario mediante.
Luego fue el verano, la adolescencia, el agua, otra vez la pelota y por qué no las mujeres. Así empezaron los dos eslabones a volverse inseparables, indisolubles uno del otro. La educación fue el punto de la i que los uniría para siempre –o quizás era una arista más de esa amistad que brillaba en el firmamento--. Y entonces comenzaron las idas y las vueltas, las calles recorridas, las aventuras, los desvelos, los sueños de a dos, las empresas, las competencias, los golpes, las peleas, el crecer juntos… crecer rodeados de risas, de abrazos, de defensas, de ataques. Fue hermoso.
Y cuanto más el joyero recordaba, más sonreía y más esmero ponía en fundir los primeros eslabones al dije. Y entonces escuchó nuevamente el sonido, el mismo, o distinto, da igual. Pero lo escuchó, y temeroso de que alguien nuevamente le quite un objeto que había hecho suyo, salió a un nuevo encuentro. Y otra vez era él, pero esta vez no le pidió nada, sólo lo abrazó. Lo abrazó fuerte y le dijo, con los ojos cristalinos, que ni las distancias, ni los hechos, ni las circunstancias, ni lo oscuro de la vida, podían apagar la luz de una verdad que se escondía pura en lo llano de su alma. Era una verdad que llevaría a su tumba, para guardarla entre huesos, tierra, madera y gusanos. La verdad decía que ese joyero, artista por obligación, era, al unísono, el primer eslabón de su cadena, la primera y única verdadera continuación del centro que era su dije. Le dijo, lloroso, que era su primer amigo, su primer hermano electo, su primer compañero, su primer confidente, su primer espejo.
Entonces juntos recordaron. Y juntos se recuerda el doble. Y mejor. Recordaron cómo cada uno siguió agregando eslabones a la cadena, algunos compartidos, otros no tanto. Pero cierto es que el tiempo jugó su carta y los encontró, tantos años mediante, de nuevo en torno al mismo dije, con el mismo centro, pegados por las costillas, enfrentados por los hombros. Amigos.
Se juraron no romper la cadena.


Te quiero mucho negro.
Jorge Hernán López Manilo-

(para vos… Sheva)

viernes, 19 de julio de 2013

El reloj de arena, por Sheva López




Hay días que, llenos de esperanzas y deseos, inflan lo largo y lo ancho del pecho. Hay otros que pretenden cauterizar el ánimo al punto tal de neutralizarlo, apagando -aunque sin agua- cualquier foco de sueño que intente incendiar a la suerte. No obstante, existen días peores, donde reinan la congoja, el desánimo y la desazón, haciendo las veces de Notables representantes de la Corte que sirve a la Casa de la Impotencia. Cuando la impotencia invade el cuerpo y se extiende cual rápida metástasis hasta el ánimo, el corazón se vuelve una granada despojada de su seguro; el tiempo se deshace, perdiendo lógica y sentido, se desgrana, perece sin noción racional alguna, dando comienzo a la dictadura que muchas veces sabe ser el destino del mediocre. La impotencia es un parásito que se hospeda en la boca del estómago y presiona intentando traspasar órganos y tejidos de lado a lado. Es una bacteria abstracta que se vuelve filo concreto y punza hasta tejer la ira en todos los alrededores del sistema nervioso. Ni el dolor, ni el fracaso ni la pérdida, socavan tanto el alma como la impotencia, Diosa del Olimpo de los males, dueña de las llaves del infierno.
El ser que busca trascender en la Tierra, ansioso, incapaz de esperar por la trascendencia espiritual que ofrece la muerte y la total entrega a lo Divino, moviliza desde el primero hasta el último recurso -tanto teórico como práctico- que la experiencia de su vida le entrega, cual armas letales, para la conquista de mentes ajenas, aquellas que reposan en el desinterés terrenal, entregando todo el Juicio Final a la justicia de un Dios que no saben si existe, pero prefieren creer que sí.
El hombre de valores y sueños se vuelve un selector preciso de sus propios días, pretendiendo aprovechar aquellos bañados de la sal que se desprende de los poros de la esperanza y vigila, sagaz, la llegada de La Reina Impotencia y de su Corte viciosa de secuaces despreciables, fenómenos miserables, hijos de la suerte, que tienen el sólo fin de detener el avance de la dignidad humana. Pero como la dignidad no se compra sino que se ensaya, cada minuto es un siglo de oportunidades para guardar un granito más de dignidad en ese reloj de arena que es la vida y que se agota paso a paso mientras los granos conservados se deslizan por la parte más angosta que separa la vida que se extingue de la muerte que amenaza. El tiempo es el peor amigo del hombre y el reloj es su representante, austero, traidor, soberbio. Cuando el tiempo avanza y la impotencia aflora, el hombre verte lágrimas que no llora pero siente como humedecen partes vírgenes de su rostro que alguna vez fueron cálidas, rojizas. El agua que de sus ojos se emana se tiñe por el viento que es la experiencia y como un sistema de retro-alimentación, se eyecta por el lagrimal y vuelve a ingresar por una boca que la voluntad no deja que nunca se cierre del todo. Es la lengua que a fuerza de golpes y palabras no permite que las lágrimas, criaturas del vientre de la impotencia, inunden la razón y combate a ideas eso que deja al hombre sin caminos, sin alternativas. Y pareciese entonces que los golpes cada vez duelen menos y las rodillas de ven acompañadas a los lados por los puños que en misma  línea presionan contra el suelo y la curva de la espalda se vuelve rectilínea y se ve al cuerpo erguirse y a las ideas revolucionarse y todo vuelve de cero pero sin el cero, todo vuelve a empezar y nunca termina, porque es el hombre quien no se rinde, no se entrega, no se muere. Es la Revolución hecha carne, vuelta espíritu.
La depresión es un arma del destino para no permitir a los hombres evolucionar, plantearse nuevos esquemas, avizorar otros escenarios, mejorar, crecer, vivir. Es una filial del infierno que se aloja en el centro del corazón y transporta por la aorta a lo extenso del cuerpo. Se acumula en grandes cantidades en los pies para no dejarlos mover imitando el peso de grilletes que no están pero que pesan --y mucho--. Es un virus que ataca la voluntad y el desarrollo, lo inhiben, lo acotan. Pero como el ser tiene un sólo fin que es ser feliz y su fin depende irremediablemente de su conservación, se despierta del letargo al que lo condenan la impotencia y la consecuente depresión, y entonces sí se acerca un poco más aunque fuese reptando al final de ese camino que nunca es final pero siempre es meta, es fin y objetivo que es la felicidad y que se concreta no por poseerla sino por rodearla.


Escrito por Sheva López, contemporáneo.

La hipótesis, por Maia Zambetti



Para muchas personas lo simple no vale la pena, lo simple no llena, no satisface, ni les permite llegar hacia sus anhelos más ambiciosos. Sin embargo, afortunadamente, también existen personas que se permiten vivir de lo simple. Al principio, a ella, le resultaba imposible comprenderlo. No podía convencer a su sistema límbico profundo de que lo simple pudiese hacerla feliz. Su vida estaba totalmente controlada para alcanzar las metas que se había fijado hacía ya bastante tiempo. Las metas más rígidas de las que tengo registro. Metas que no admitían modificaciones, que no permitían la entrada de conflictos, inseguridades, probabilidades negativas ni espontaneidad. Sobre todo espontaneidad. Ella creía saberlo todo, controlarlo todo; pero no podía asimilar que la falta de espontaneidad --que la había caracterizado en algún momento-- bloqueaba las conexiones de algunas neuronas, impedía que las dendritas transmitan información placentera (que no es lo mismo que volcar el placer en otro lado). Fue un proceso largo y a la vez muy corto el que la llevó a desarrollar su lóbulo frontal, ese lugar que hace que las personas sean más flexibles y capaces de percibir las opciones que ofrece la vida. Opciones. Antes esa palabra no se encontraba en su glosario. Sin embargo, no se sabe exactamente cuándo, una especie de palanca de cambio la obligó a cambiar de dirección. Se desvió del camino armónico, seguro, y supuestamente estable en el que creía que se encontraba y tomó una ruta desconocida, irregular, confusa y hasta por momentos oscura. Una ruta larga por la que pudo avanzar muy rápido. Un camino que, antes de permitirle a su cerebro enviarle cualquier información, comenzaba a aclararse, iluminarse y a ganar su confianza.

Fue allí donde perdí su rastro. No la vi más. Ella tuvo la suerte de avanzar mucho más rápido de lo que yo pude. Sin embargo, soy consciente de que éste camino nunca termina, por lo menos en esta vida terrenal, y eso significa que en algún momento volveré a encontrarla y, quizás, tenga la fortuna de que me cuente su historia. Hasta el momento no me queda más que inferirla. Lo que pude observar en esa ráfaga que nos cruzó --combinada con el trabajo del hemisferio izquierdo de mi cerebro—fueron los albores de una hipótesis, que no está probada, chequeada ni corroborada pero tampoco refutada. Es esta hipótesis la que me lleva a pensar que ella pudo comenzar a percibir lo simple. A advertir esos detalles que confusamente la hacían sonreír. A percatarse de que no siempre lo planificado es lo seguro y lo espontáneo lo incorrecto. A discernir entre los anhelos y las ambiciones. A reparar en que la felicidad se podía encontrar en esa simpleza. Una simpleza completamente satisfactoria. Una simpleza que la hizo feliz.


Escrito por Maia Zambetti, contemporánea.

Editado por Sheva López, contemporáneo.

viernes, 12 de julio de 2013

De los bares, los patos y las casas, por Maia Zambetti y Sheva López



Si tuviese los ojos de un pato, tendría impregnada en la retina la suma de risas, que entre alegres y escondidas, yacen a la orilla de un lago que no sé de dónde viene. Si los tuviese... podría ver como el pasto se funde con la tierra, yendo de verde a marrón, terminando líquido y de un color que es mezcla de ambos. Si tuviese aquellos ojos, podría mirarla algo más firme que lo poco que se atreven a hacerlo los míos, entre desconfiados y cobardes. Si estuviese en las plumas de ese pato, podría acercarme tantas veces hasta la punta de sus dedos, que ya la excusa del hambre sea costumbre de tocarle la piel con el pico y así ella deje de acostumbrarse para estar acostumbrada a tal circunstancia.
Si pudiese vivir en el lago y aletear con fuerza para salir de él cuando mi voluntad se lo propusiese, podría tal vez invitarla a que la incertidumbre de ese ruido a tambores, incierto, alejado... se vuelva realidad y tanto ruido como imagen, se cuelen hasta el reverso de la mente que tienta al cuerpo con bailar, extrovertida y vergonzosa. Con los ojos de un pato, podría ver cuando se alza entera y erguida desafiando al sol y a la tierra que se abusa de confianza. Podría también reír sin cohibirme de su efusividad accidentada, que de ansiosa y de servicial, llena el lago de objetos ajenos a los que ese Dios -que es debate y reflexión- nunca supo colocar en él. Si fuese un pato, sería un testigo, aún menos culpable, de la energía que unos cuantos días de distancia en el tiempo, se amontona en dos cuerpos, un poco sin querer y otro tanto muy adrede.
Asimismo, los ojos de un pato no alcanzarían para persuadirla de olvidarse de la mitad descuidada y abandonada del lago al que pertenece para observar la mitad limpia, aquella en la cual quedan los rastros de los esfuerzos del aleteo que realiza día a día. Si estuviese en las plumas de ese pato no podría disfrutar plenamente de sus caricias que erizan la piel que no tendría y que provocan sonrisas espontáneas seguidas de pedidos de explicaciones innecesarias. Si en vez de labios tendría un pico de pato no podría ser protagonista de la temperatura de esos besos de apariencia tímida pero llenos de significado, aquellos que pueden venir acompañados de caricias o de dulces palabras. Si fuese un pato no sería capaz de involucrarme en el desafío de contagiar mis pasiones sólo por medio de palabras que, muy lejos de estar vacías, motivarían las ganas de crecer aprendiendo o de aprender a crecer. Si en lugar de hablar graznara como un pato, no podría pronunciar las palabras que prometieran un nuevo encuentro que no se hiciese esperar.

Pero los patos no saben de encuentros pactados, porque ese es un menester propio de los hombres: el pactar. Y como lo hombres no pactan encuentros en lagos, se dieron invento a los bares y se incineró a la vergüenza, para que puedan hablar sin tapujos, reír despreocupados y hasta trabajar en equipo. También dieron creación a la valentía, para así poder emprender acciones nuevas como sistemas políticos, elementos económico-financieros y hasta mezclar un chocolate en barra en un jarro de leche caliente para llamarlo submarino, no sé si ingeniosa o estúpidamente (sólo sé que así sucedió). Pero como los hombres todavía seguían sintiéndose vacíos, dieron movilidad coordinada y sistemática a sus piernas y le llamaron caminar. Y el caminar los llevó de un lado a otro y así supieron no sólo moverse sino también aprovechar el movimiento para inventar nuevas empresas con el habla o quizás reflexionar sobre otras viejas ya inventadas por otros hombres -o por ninguno-. Pero como el caminar no tiene (salvo excepciones) un valor intrínseco, sino que merece un fin que es complemento, llamaron a esa meta destino. Y cuando llega el destino muchas veces llega la alegría de la mano de la consecución, pero otras tantas llega la tristeza de la mano de la despedida. Y entonces fue cuando esa máquina de ingenio que portan los hombres entre un oído y el otro, entre el cuero cabelludo y el mentón, entre los ojos y la nuca, se sobrecargó de revoluciones y supo inventar las invitaciones espontáneas. Aquellas invitaciones son hijas del momento y madres de la emoción, la algarabía, los augurios. Son un regalo del ingenio, un producto del sentir y un parónimo de hacer. Una invitación espontánea combinada con un sí como respuesta, es una bomba que sin caer sobre la tierra, explota en el aire y lo colma de deseos. Deseos lindos. Muy lindos. También los hombres le dieron invento a las excusas, al desorden, a los colectivos, los viajes y la incertidumbre, pero esa, es una historia más larga que no viene al caso que nos compete en el día de ayer. O de hoy, no sé...


Escrito por Maia Zambetti y Sheva López, contemporáneos.