viernes, 27 de julio de 2012

A pesar de sus caídas, por Sheva López




Veo como se van y me corroe la inspiración. Me desgasta las ganas la contradicción. La totalmente coherente y previsible contradicción. Y es que nunca fui buen juez de sensaciones. Coincido en que me equivoqué en la mayoría de mis personalidades. Escribir destinos fue mi forma más ignorante de expresarme.
Hay tantos metros entre una sensación y otra. Hay tantas palabras demás en lo real del día a día. Es todo tan complejamente simple y rutinario. Lo concreto es concreto, y punto. Lo que tiene que ser, es. Y basta. El humano y la incesante búsqueda de lo diferente. No es banal ni infantil ni impensado. Es lamentablemente lógico. Deseos. Metas. Tener lo que ahora no está entre las manos. El presente fue objetivo y ahora es agobiante. Las horas, las palabras, los gestos y las acciones se convierten en pasado con una velocidad que va más allá del entendimiento de una retina. Los objetivos incesantemente cambiantes; las mentiras invasoras de pensamientos; los pasos... los tan ansiosamente esperados pasos. El vuelco abrupto de la mente. El bienestar y la satisfacción no tienen techo. Vagan. Subyacen. Sin tiempos, sin salidas. Es cuestión de insistencia, no de minutos. Son las marcas del pasado las que inundan el futuro. Son los actos incalculables. Es el momento el que jacta conclusiones. El que muestra la verdad. Son las cosas simples que acomplejan soluciones. Que manipulan sentimientos. Ahogan la paz de la intranquilidad.
Y no entiendo qué sentido tiene plasmar la falta de entendimiento que rebalsa mi cordura. No puedo confirmar si acaso sirve la duda. Si pensarse cierto es soberbio. Si sentirse bien es errado. Si hacer las cosas como las marca Dios es creerse revolucionario. Si intentar ser diferente para bien es falsedad. Si salir de lo cotidiano es estúpido. Si la originalidad ya no paga entrada a lo indistintamente interesante.
Que complicado es comprender que dar lo mejor no alcanza. Que lo que alcanza es lo justo y necesario y menos aún. Que es más valiosa una palabra indiferente desgarrada por el viento que una frase valiosa envidiada por el cielo. Es tan difícil pensarse derrotado cuando las armas yacían revestidas del oro más puro, del filo más tajante, de la nobleza más buscada. Que cada letra era una palabra. Que las palabras eran poesía. Poesía. No eran palabras. Es un infierno de preguntas. Es la interminable sensación de sentir que nada, pero nada, te ayudará a ser lo que querés que se vea que sos. Que la paciencia y la ternura valen lo mismo que la indiferencia y la avaricia de un adiós. Es tan pero tan interesante que el futuro, ya sea pasado. Que el pasado haya sido el culpable de lo que es pasado en el presente. Y no será futuro hasta que no logre serlo.
Es tan pero tan hermoso y reconfortante, recostar la cabeza, entrecerrar los ojos... y saber que toda palabra, todo acto, toda acción, todo abrazo, todo beso y toda risa, fueron intentos de hacer el bien. De dejar una huella inolvidablemente positiva.

Es valorable hombre que usted hoy sea lo que es. Es inimitable su insistencia por enseñar lo que sabe. Que poco o mucho puede valer antes los ojos de aquel Jah que supo enseñarle lo que Él vivió.
Vaya tranquilo. Porque entre todos sus errores y engaños, hay un alma tan sincera que me admiro pensándome siendo usted. Y es que nunca se lo dije, pero usted es una gran persona, a pesar de sus caídas...


Hernán López, contemporáneo.

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