domingo, 29 de julio de 2012

Adicción al vacío, por Sheva López




Ella da manotazos de ahogado. No hay cárcel que contenga sus deseos. Sus sueños se acabaron hace rato, solo persigue los de otros. En su búsqueda no existe la paciencia, se quedó arrinconada contra una esquina de la Capital Federal. Por suerte la acompañan el pudor y su vergüenza, que perdieron el mapa de la dignidad hace tiempo. En su mochila no lleva más que desilusiones, pero por suerte (para ella), todavía tiene espacio para muchas más. Sus lustros y un par no le dejaron nada de enseñanza. Pero nada. En el fondo de su ignorancia, tiene haces de inteligencia que le susurran al oído algunas ínfimas verdades. Sabe mejor que nadie que cada vez le falta menos para que termine de desgastarse aquel don biológico incompleto que Dios supo darle. Sabe perfectamente que su tiempo depende de esas gotas que lentamente irrumpen el silencio de su alma al caer. Conoce los posibles finales, ve el vacío, lo percibe. Llora sentada en el banco de sus ojos, su vida subyace entre las aguas de sus propias lágrimas, nuevas y antiguas, que inundan lo pobre y llano que es su futuro incierto. Sus ojos son tan claros como el mar. Como el mar. Paradójicamente... son tan claros como el mar. Como el mar lleno de lágrimas que refleja sus desenlaces. Todos y cada uno de ellos. Sus recuerdos se infectan de tristezas y condicionan sus proyectos. Sus metas son utopías que no concreta porque nunca estuvo a la altura de aquel menester. Tiene la mirada tan tierna como rasgada de odio y traición. Detrás de sus poros corre sangre gris, envenenada de dolor y venganza. Las manos corroídas por su propio prontuario, por sus malas elecciones. O por sus brillantes conquistas. Vaga por mentes ajenas dejando imágenes vastas, pérfidas. Va de boca en boca –en todos los sentidos del concepto-. Conoce infinitos atajos que llevan a la guarida del diablo, camina por los prados de Allah mirando los verdes pastizales que se cuelan por lo bajo de su iris. Tiene el pelo arruinado por el viento que nunca lo quiso entre sus reinos. La cara inmaculada de belleza simple. Simple, casi barrial. Una historia en los hombros que mejor es no contarla y un porvenir enorme y terriblemente vacío amenaza la paz de sus talones.
Y yo... yo que supe moverme entre sus redes... yo que fui el iluso, el dependiente, el esclavo y el amigo. Yo que fui el ciego, el obstinado y el mediocre. Yo que fui el vago que eligió sus calles para mendigar cariño. Yo que la lleve a navegar por mi sangre confiando en que el barco no se hundiría; aquel barco del que me creí capitán siendo un marinero más. Yo que dormí en sus sueños, abracé su magia barata.
Casi siempre cayendo en sus huecos intenté caminar, a su lado, convencido. Yo perseguí sus talones hasta que la velocidad me superó. Yo no vi a la suerte, la salteé inepto. Me aferré a su espalda imaginándola escudo, y funcionó... me protegió de todo menos de lo más tajante: de ella misma. Yo la guardé en el olvido para morir olvidándola y hasta ahora nunca admití que vivo para recordarla. Que mis manos sólo existen para compartir las suyas. Que mi boca no habló más al notar sus oídos ocupados. Que mi cuerpo se desmantela porque sus ojos curan ajenos. Yo nací para quererla y ella muere por mulearme. Yo partí para encenderla y ella sigue titilante, asechando destinos inconsistentes, errados. La ilusión dejó de ser un camino. Ahora la ruta está dividida. Muestra opciones, otros finales que nunca terminarán, que quemarán su propio nudo con el mismo fuego de siempre. La ruta ya no es ruta, ya no recorremos la misma mano en la misma dirección. El camino ahora tiene idas y vueltas, tiene paradas y descansos por demás, tiene posadas donde dormir y desvíos por donde retomar. Su vida está basada en la incesante búsqueda de desvíos.
Siempre creí rodear la verdad. La verdad que se supo entender como punto culmine de nuestras acciones, como el trasfondo que calma nuestra reiterada insistencia por conocer lo que nos hace vacilar, divinamente. Hablo de la verdad que al llegar nos hará felices. Aquella que cuando se pose sobre mis antebrazos me obligué a mecer el amor, la tranquilidad. Esa que me hará descubrir como hombre, como especie y como ser. Como hijo de Jah.
La verdad que no existe, que no me llena ni me sirve. Porque verdad mujer, verdad para mí era sentir tu espalda haciendo eco tras la mía. Mi verdad era tu aliento mintiéndole a mi nariz. La verdad para mi eran tus manos arrugadas del agua que vertía mi boca al dormir a tu lado. Mi verdad siempre fuiste vos. Y ni la revelación de Cristo, ni la explosión que dio inicio al universo repitiéndose ante mis ojos me apaga la impaciencia.
Un susurro en mi oído me cuenta por qué el mundo se implosiona, me confiesa la cura de tantas enfermedades, me da tanto poder.. y me importa tan poco... me importa sinceramente nada.
Nosotros éramos amantes de lo diferente. Éramos conquistadores de imposibilidades. Éramos desafiantes del tiempo, enemigos de la distancia. Fuimos presos de la ambición por el pecado. Fuimos carceleros de lo falso y de lo incierto. Marcamos huellas en la playa del engaño. Tatuamos la planta de nuestros pies en aquella arena vaga, marginada de fe. Nosotros esquivamos el amor, dejamos pasar el tren del recuerdo insano. Nos subimos sobre una ola inerte entre tantas llenas de vida. Elegimos muy mal el agua que necesitábamos para vivir. No lloramos nuestros sueños, no los revivimos despiertos nunca. No hicimos tantas cosas que no me arrepiento de olvidarme cuántas fueron las omisiones.
Fuimos tan compatibles que la rutina nos cegó. Fuimos tan de la mano que el sudor nos separó. Mis dedos resbalaron en los tuyos, como mis palabras por tus tímpanos. Inundamos el desierto, plagamos de concretos a la inconsistencia. Desplumamos aves carroñeras con los dedos de nuestras bases, marcamos paredes de barro con la palma de las manos. Incumbimos de terror al paraíso, enfriamos el infierno. Deforestamos el Edén con la planta de nuestros pies descalzos, salimos de la claustrofobia, encerramos a la libertad. Recordá por favor las veces que caímos a la nada con todo nuestro ser. Las veces que rellenamos el vacío con preguntas o cuando partimos acero con el calor que irradiaban nuestros besos. Escalamos la montaña más alta que existe y una vez en la cima no miramos el paisaje. Nos miramos. Vi el paisaje. Vi el cielo en tus ojos, el sol en tu pupila, la ciudad en tus dientes. Vimos la perfecta circunferencia de la luna, lo oscuro de las estrellas y el hielo en el sol. Nos opusimos a la gravedad y a las leyes de Moisés. Paseamos por los lugares que ya conocíamos y los inauguramos a sonrisas.
Conocimos la ciudad pérdida e iluminamos su noche. Frenamos el viento porque el calor era sofocante. Arrastramos los pies para parecernos a la muerte, corrimos para no ser alcanzados por el miedo y terminamos durmiendo con él. Escaseamos de milagros y nuestras auras dejaron de brillar. Tragamos tanto odio que nuestras gargantas dejaron de cantar, escuchamos tantas mentiras que nuestros oídos se negaron a abrirse a cualquier verdad. Cegamos los ojos de angustia inútil, llana. Nuestras manos se esconden dentro del bolsillo avergonzadas de vergüenza. Nuestros cuellos se deforman por el peso de nuestra conciencia. Los hombros toman curvaturas extrañas, se acercan a los extremos de nuestras mandíbulas, consternados. Alguna vez supimos jugar a la escondida ya sabiendo dónde estaba el otro, cruzamos semáforos en rojo de calles sin salida, trabajamos la cosecha sabiendo que no llovería por años y años. Nosotros inventamos la luz de los siglos; pudimos despertar muertos sin usar la voz, alegrar esclavos mostrándoles cadenas. Fuimos capaces de vencer al diablo en la pelea por quien engañaba más, hundimos a Cristo en la cuna de nuestra misericordia por nadie. Avivamos las llamas para derrotar al mar que custodiaba nuestro barco hundido, prestamos sueños a los ignorantes, le mostramos la cultura a los maestros de la tierra.
Hicimos tantas pero tantas cosas. Hicimos... hicimos tanto. La conjugación en pasado describe un presente inhóspito. Ya no sabemos qué hacer. En verdad... ahora yo hago, y vos haces... lo que es prácticamente una obvia y repugnante redundancia.


Hernán López, contemporáneo.

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