martes, 10 de julio de 2012

De cómo se formó con un poco de cada cosa. La Historia que no tiene historia, por Sheva López



Agarra unas gotas del mar con la yema de los dedos y casi sin poder mirarse, las coloca una a una en la caída de sus hombros. Si se la viese de lejos, no deja de parecer que tuviese la parte alta de la espalda cubierta de pecas. La sal que en su interior tiene cada gotita de mar, que ahora ya no es de mar sino de su espalda, genera tal peso sobre su piel, que hunde de tal forma su columna, a la mitad vertical de su espalda (hacia abajo), infinita. Forma una suerte de ruta con destino al por siempre jamás y se funde con el otro hundimiento que empieza aún más abajo que las gotas, que la sal que de ellas proviene y que la columna que por ella todavía más de lo común se avizora. 
Le roba un poquito de luz al sol cuando éste se pasa de piola con la luna y de concentrado en su chamuyo, no presta atención a sus espaldas. Y ahí va ella y corre desarmada, desprotegida, atolondrada, se sube a una montaña de fuego, casi se enreda sus propios pies con su propio pelo, llega a la cima donde no cabe ni un gramo de oscuridad, se roba cuatro o cinco estalactitas de luz y sin prisa pero extasiada en apuro, se guarda el motín en lo improvisado de su escote y a la carrera se esconde en el espacio, ya más cerca de su estrella y ya más lejos de su victima, que a punto de besar a la redonda llena de agua, ni se percata del robo de su siglo. Ella se esconde en cuclillas, apoya su espalda contra la pared de miel que forma la punta de su estrella, y media pegoteada y media contenta, se saca la luz del escote y se la come desaforada, como si fuese la portadora del hambre de todo el mundo entero, y entonces su garganta no puede tragar tanta luz y entonces su boca se llena de brillo y la parte interior de sus mejillas ya no pueden contener tanta luz, y los dientes empiezan a absorber la energía lumínica a granel y su boca se empieza a extender hacia sus oídos y formase una sonrisa llena de luz que vista de lejos no parecería otra cosa sino que fuese que ella tiene al mismo sol en su sonrisa cada vez que se atreve a mostrarla, humilde y omega.
Y con la sonrisa tatuada en la cara se levanta y entre que se despega y no puede despegarse de la miel que la une a la punta de su estrella, se sale de un tirón y despedida por las fuerzas de la velocidad cae rodando sobre su propio cuerpo que se contorsiona hasta quedarse redondo y luego de dar algunas
pocas vueltas, vuelve a reincorporarse, erguida, hermosa y voraz. Ya no corre porque sus pulmones se llenaron del polen que respira para que funcione su sistema, que no es el respiratorio de los hombres, sino que se trata del que mantiene a su cuerpo, a su piel y a sus ojos inmutables, conservados como el
primer día que algunos de esos Dioses que andan por ahí se decidió a regalárselo. Y decía entonces que ya no corre, pero sí camina ligero porque no sabe de paciencias. Y al caminar tan ligero ya no mira el aire donde pisa y tropieza con una pierna que no sabe de pies pero si de tobillos firmes. Y uno de esos tobillos, envalentonado e hinchado de una maldad cuasi traviesa se interpuso en su camino y la tumbó, desprevenida ella y no tanto. Acto seguido, o quizás haya sido en el mismo acto porque no recuerdo exactamente la situación, se le ofreció un brazo en señal de ayuda, formábase un puente entre la caída y volver a pararse.
Ese puente tenía forma de antebrazo y había que alcanzarlo con una o ambas manos para que sea sostén de todo aquello que intentaría incorporarse. Y así lo hizo y cuando de nuevo gozó estar de pie, vio sus ojos transparentes y su pelo ondulado y se dio cuenta que era un ángel y este ángel no le habló, sino que le pidió que lo acompañase, sólo con algunos gestos. Ella no tuvo más remedio que
obedecer y caminó hasta un arco iris formado por una escala de grises entre hermosos y muy feos, pasó por debajo de dicha entrada y conoció una guarida formada por flores que ya no conocían la vida pero que de hermosas mostraban haberla tenido por demás alguna vez. Mientras indefectiblemente pisaba las flores al caminar, el ángel volteaba hacía atrás su cabeza enfurecido con
aquellos pies que ultrajaban su morada pero a su vez convencido de no encontrar la solución para lo banal que podían ser algunos seres que jactábanse de estelares y no eran más sino mortales. Y ella ya estaba un poco extrañada y un poco aburrida. Se mostraba intolerante y tal vez un poco ansiosa. Preguntaba en vano y una y otra vez algunas incertidumbres que de tan obvias ni recuerdo cómo
se escriben pero si recuerdo que aquel ángel, o era mudo o no tenía interés alguno de contestar esas inertes inquietudes. Y entonces la obliga a sentarse y a pararse y a sentarse y a volverse a parar. Y de un lugar que observé tanto que no me acuerdo cómo era ni dónde estaba, tomó un lienzo y lo colocó sobre una suerte de madera no muy uniforme y de repente, en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo pasó tan pero tan lento que no pude ver cómo llegó ese pincel a su mano y entonces comenzó a pintarla y yo empecé a maravillarme, porque lo que el ángel pintaba se dibujaba en el lienzo y se traspasaba a ella. Sí, se traspasaba a ella como si fuese un espejo o una copia al instante del cuadro
que en frente de su cuerpo estelar yacía. Y el ángel no encontraba tantos colores como los que ella tenía en el rostro, entre sus ojos y su sonrisa de sol o entre lo rojizo de sus mejillas y lo incoloro de su piel. Y en un momento que voy a contar cuando me ponga a escribir sobre lo que pasó y no ahora, el
cuadro estaba terminado y ella estaba hermosa y era más hermosa que antes y yo ya perdía noción del tiempo y el ángel sonreía, orgulloso. Sonrió hasta acercarse tanto que se tornó preocupado, lanzó la paleta de colores y el pincel y agachándose delante de ella, poniendo sus ojos a la altura de su cuello,
girando algunos grados hacía al costado su cabeza, la miró desde el mentón hacía las cejas y sopló. Sopló tan suave, pero tan suave, que yo me sentí en el medio de un huracán, en la copa de un tornado que no me permitía controlar mis propios movimientos, yo me sentí un estúpido, un testigo sin ojos, sin sentidos a decir verdad. Y ese viento, sútil y concreto, elevó la punta de su nariz hacia arriba, tantos milímetros como ases de fuego hay en el mar y entonces todo se calmó. Todo estuvo bien y todo fue mejor. Y entonces el ángel volvió a sonreír y yo a manejar mi cuerpo con mi mente. Y entonces ella era aún más hermosa que cuando fue más hermosa que lo hermosa que había sido al principio. Y yo me reí. Levanté ambas cejas y me reí y ya no pude volver a borrarme esa expresión. Y el ángel ya no fue presente.
Y ella se fue sin saber quién era, no entendía si era la misma de siempre o si era mejor o peor. Pero se fue. Se fue tan rápido que por suerte yo pude alcanzarla y pude seguir todos sus pasos hasta llegar casi al punto de pisar sus talones. Y cuando ya escuchaba de tan cerca el ruido de sus rodillas cuando soportan la presión y la fuerza que ejercen sus piernas, le dije al oído que era lo más preciso que yo alguna vez había visto con mis ojos y seguido con mis manos. Le dije que yo fui testigo de todo lo que había sucedido, de cómo ella se había formado y le conté que no tenía de qué preocuparse. Le propuse que guarde un recuerdo de sus experiencias, que lo atesore para siempre. Le afirmé que ese recuerdo podría encontrarlo siempre al dorso de mi mente, porque ahí estaba mi memoria y ella todo había guardado. Y entonces ella que hasta ese momento me miraba seria, desconcertada y rechazante, sonrió de par en par y entre los rayos del sol que me encandilaban hasta el punto de casi ya no ver nada, la escuché pedirme que le cuente todo en ese mismísimo momento. Sí, a pesar de que todo había pasado hace tan poco, ella quería escucharlo de mi boca. Y a mi el corazón me implosionó de entusiasmo y entonces mi boca se llenó de ansiedad y mi lengua de alegría. Y cuando estaba a punto de empezar a contarle todo… lo olvidé. No recordé ni un detalle, sólo me quedé mirándola, entre atónito y tarado. Ella sonrió pero ya no tanto, me acarició la mejilla una vez y sólo una vez. Y se fue. Se fue tanto que creo que de verdad se fue. Me dijo que cuando lo recuerde que lo escriba…

Hernán López, contemporáneo.

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