miércoles, 11 de julio de 2012

Algo de lo que me acuerdo de algunos paisajes, por Sheva López



De aquellos lugares que visité, de todos guardé un recuerdo. No logro deducir si en el reverso de la mente o si sólo lo pinté por arriba de la piel que me cubre los brazos, pero se que guardé algunos recuerdos.
   Lo primero que guardé fueron las cimas de las montañas que se avistaban al Norte. Su terminación era tan detallista, tan pintoresca, tan llamativa y tan milimétricamente esculpida que pequé de inocente en pensar que era la parte superior de las mejillas de una mujer. Una mujer que si en verdad existía, sólo vagaba en lo menos inventivo de mi imaginación. Es que no importaba el ángulo de inclinación desde el cual se las mirase, ni la época del año ni la hora del día, estaban ahí, talladas. ¿Pómulos? Es una palabra muy científica para describir todo lo abstracto de la mujer que yo imaginé cuando guardé el recuerdo de esas montañas. Sí creo que el sol, era un resaltador clave para entender el brillo de lo que supe atesorar. Y es que no importa la forma que adaptáse el sol, no importa si entrelazaba sus rayos en forma de rodete o si los lanzaba a la superficie de la tierra extendidos como el pelo de la misma mujer que antes me había imaginado, para ablandar la tierra con calor o revivir a las plantas con la luz. Lo que importaba era que el sol siempre estaba enmarcando esas mejillas que de tener el temple de un alpinista, escalaría en señal de besarlas como mi mayor hazaña.
   Pero no hay montañas sin estrellas. O si las hay cuando se bañan en la ducha que es el día. ¿Pero existe el día sin la noche? ¿O los pulmones sin el aire? ¿O el corazón sin la sangre? No estoy seguro de todas las excepciones que se acuestan en el mundo, pero si que cada estrella que adornaba de noche a esas montañas, eran, válgame el error, algo así como las pecas de la misma mujer que una vez supe guardar en un disco que lejos de ser rígido, se esconde en la parte más baja de mi mente y me permite acordarme de todo aquello que alguna vez miré y que más veces me gustó. Me solidarizo con el pobre Cristo que tuvo el arduo trabajo de poner meticulosamente peca por peca en esas mejillas. O esas estrellas en ese cielo.
   Y de aquella laguna recuerdo su angostura, porque no podría perdonarme no haber fotografiado para el álbum que es mi memoria lo fino y lo dulce de aquel agua, que amagaba con estancarse, hasta que sabíame yo acercar y provocarla hasta hacerla reaccionar, (acto seguido) tenerla impactándome el rostro como un afluente que en sus profundidades guardaba una lengua de sal, tan inimaginable que me obligó a comparar a aquella laguna con la boca de la mujer que tenía aquellas mejillas talladas y aquel pelo de oro. Ahora existía además, ella, con una boca de agua y una lengua de sal.
   Y el cofre que es mi mente tenía lugar para algunos recuerdos más.
   Recuerdo mi visita a las cataratas. En la parte del centro, en el lugar más alto, formábase un cuello de agua que caía lenta pero violentamente hacia al abismo. A los lados de aquel torrente, las piedras adornaban el paisaje, encausando el líquido de los vértices también hacía el centro, se formaba una suerte de rampa que desde ambas puntas obligaba a la corriente a probar su destino debajo de aquel santo cuello. Ahora que lo escribo, es hasta cómico que piense que aquel paisaje tenga una semejanza al cuello de esa misma mujer y a los huesos que le adornan lo superior del pecho y que son precisos parantes de sus hombros y su firmeza. Quizás cometa este error porque me imagino que los rayos del sol que se reflejan en el agua que cae desde las puntas de las cataratas, por las piedras hacia el centro, pueda ser su pelo cuando reposa en sus hombros y aun más hacia abajo cuando así ella lo dispone. Pareciesen ser distintos paisajes y la misma mujer.
   Y recuerdo también algo del mar. Recuerdo que mientras el viento y el agua se batallaban hasta la muerte por ser dueños del planeta, la energía que su enfrentamiento irradiaba, generaba una suerte de ondulaciones en el mar, a las que la gente llamaba olas. Las olas eran siluetas curvas que armoniosamente se movían al compás de esa canción que en verdad nunca dejó sonar, porque creo que nunca empezó. O si, no sé. Ya no sé. Lo que sí sé es que volví a imaginar lo que imaginé que imaginaría. Imaginé a esas olas como la cintura de aquella mujer que bailaba delante de mi abdomen como de mis ojos estaba el mar, bailando entre ola y ola, entre curva y curva, la canción de la pelea entre el viento y el agua. Sí, por un momento pensé que lo curvo de las olas era lo curvo de su cintura. Eran todo lo curvo de la misma mujer.
   Me acuerdo de la luna. De la luna que sólo se ve luna en el campo. Que sólo es luna cuando la recuerdo a cielo abierto. Guardé en mi recuerdo a la luna cuando no se sacía hasta llenarse, cuando esta media hermosa y media triste. Cuando es media humilde y media osada. Cuando parece estar lejos y resulta estar tan cerca que casi se atreve a tocarme. Y la vi tan perfecta, tan suave y tan serena, tan linda y atrevida, que fallé en pensar que podría ser una de las piernas de… sí, la misma mujer que ahora sólo se atrevía a mostrarme la pierna que el sol le iluminaba, para agujerear mi cerebro obligado a  imaginar el otro lado de la luna, su lado oscuro… su otra pierna; que no pecaba de menos hermosa sino que amenazaba a la naturaleza con poder serlo todavía aún mas. Y ahí fue que mezclé mis recuerdos una vez más, entre los dos lados de la luna, entre el paisaje que fue el cielo y el brebaje que fueron las piernas de aquella misma mujer que imaginé cuando empecé a imaginar.
   Pero por ahora (y es que no hay viajante que no pretenda descubrir siempre un nuevo lugar que atesorar...) lo último que recuerdo es el glaciar. El muro de hielo que mantienese inamovible en la cima de la columna vertebral del planeta: el agua. El hielo que se encuentra entre el agua y el sol (con sus rayos entrelazados) es lo que guardé en mi memoria. Espero no confundir la imagen, espero que el hielo sea hielo y que mi mente no lo confunda de nuevo con una comparación absurda. Porque la escuché decir que ese glaciar era la nuca de una mujer. La nuca de una mujer que se jactaba de fría tentando a lo tibio que estima ser mi boca cada vez que se acerca. Desafiando a lo llano de mi caballerosidad cada vez que la imagino de espaldas, con el pelo recogido y la parte de atrás de su cuello desprotegida. Invitándome.
   He recorrido algunos lugares hasta ahora, pero pocos recuerdo tan nítida y deseosamente como el glaciar que es para mi boca, todo lo hermoso que guarda la parte de atrás de su cuello…

Hernán López, contemporáneo.

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