lunes, 9 de julio de 2012

...de la abeja, del polen y también de la desazón, por Sheva López





Sentado en la punta de un recuerdo, olvidé de aquella vez, en que hace tanto tiempo atrás, estaba parado en el medio del futuro y vi a una abeja que lejos de alterarme, me adormeció con el tedioso zumbido de su grata presencia. Por suerte, me encontraba tan distante del repulsivo y vistoso cuerpo volador creado por el mismo Allah, que pude observar por estar tan cerca, detallada y milimétricamente todo su accionar. En pos de su supervivencia, creo yo, acosaba sigilosa pero voraz, a una flor imberbe, que a minutos de haber nacido en esplendor y en su máxima extensión, se abría a ella misma dando casi la vuelta al mundo con sus pocos pero infinitos pétalos, que sabíanse formar de colores que iban desde el naranja sol hasta el hermoso. Y hacia todo lo profundo de sí misma, antes de ahondar en su propio sostén véase tallo, rellenábase de un elipsis casi paraíso del beber, que disfrazado de polen para envalentonar a las ciencias naturales, brotaba como el agua que brota del desierto cuando no hay oasis que sacie la sed de camellos que ni pasan por las arenas ni cargan alma alguna entre sus jorobas.
   Entonces atento al accionar de la protagonista de mi documental en vivo, me alejaba de a poco para poder ver más de cerca todos sus pasos, uno a uno. Y es ahí cuando ella acosaba a la flor y con un zumbido agudo se arrimaba a sacudones con la boca hambrienta de venganza. Y era venganza porque el viento era inoportuno y por cada envión de la abeja que volaba a centímetros de la flor, él ayudaba a la víctima a extender su agonía algunos segundos más, y entonces ambos protagonistas tenían mismo envión y mismo destino y justamente sus destinos eran los que nunca se cruzaban y la abeja lo intentaba y la flor que movida por el viento se escapaba y volvíase la abeja para de nuevo intentarlo, pero otra vez la flor la dribleaba y así pasáronse buen rato hasta que mis ojos tuvieron que pestañar y mi boca se tuvo que cerrar para poder conservar algo de la tanta agua que empujada por mi lengua, de mi boca vertíase. Me gustaría no contar esto tan rápido, así sin comas y sin puntos, así tan desprolijamente de corrido; pero es que justamente rápida era la situación, una luz, un ruido, una sensación de felicidad, así de tan rápido.
   No sé por qué el destino no dejaba que se unan esa lengua y ese polen, sólo sé que no quería. Digo destino pero no tengo ni mínima idea de lo que el destino dícese ser. Conozco a alguien que a aquellas cosas casi paranormales les llama contexto. El contexto hace que los actores se muevan en un escenario que los condiciona a tal nivel que no sean propios dueños de sus acciones. Conozco a alguien más, esa persona dice que aquel fenómeno se llama circunstancias. Cree que las circunstancias lo son todo y definen la realidad de los actores. El accionar de un actor no es el mismo en una circunstancia que en otra, por ende debe adecuarse siempre de la mejor forma para encontrar ese punto crucial que se llama virtud. Escuché a alguien más que creía que lo que pasaba entre la abeja y el polen en verdad se llama oportunismo. El oportunismo es directamente un sinónimo de la virtud. El oportuno, triunfa; el inoportuno es derrotado. Toda acción debe ser oportuna en tanto y en cuanto pretenda ser virtuosa. Una última persona (o quizás siempre fue la primera o la segunda, no sé, nunca me puse a analizar el orden), fue justamente la que dijo aquello del destino. Será por eso que me quedó tan grabado, por ser la última opinión que escuché. Decía que el destino es todo eso que ya está dado, escrito por alguien, o borrado por nadie, pero que yace al fin, sólo yace. Lo que yace no puede explicarse aún más, como el universo, está ahí, vaya a saberse como es que ahí llegó. Entonces el destino ahí yacía para esa abeja, yacía en la cúspide de la soledad, del fracaso o de la desazón, porque a pesar de sus intentos el polen no le bañaba los labios. Quizás el destino quería que así sea y por eso puso ahí al viento, primera línea del batallón que intentaría impedir el abuso. Pero si pienso de nuevo puede que realmente haya sido el contexto lo que no permitía a la abeja cumplir su moción, puesto que todo aquello que la rodeaba, el viento, el sol, la flor en su máximo esplendor, el tallo fuerte y vigoroso con la flexibilidad que lo caracterizaba, sus alas cansadas o tal vez ansiosas, no sé. Aunque en realidad si sé... sé que si pienso por lo menos una vez más, lo que mis ojos atestiguaban no era más que una obra de las circunstancias. Todo era circunstancial, que la abeja esté ahí lo era, lo mismo que el esplendor de la flor y la flexibilidad del tallo. ¡Circunstancial era que ese día hubiese viento! ¡Y circunstancial era que yo esté ahí para sentirlo y apreciarlo! Entonces creí entender todo, creí entender las circunstancias en las que aquella pobre abeja luchaba sin cesar contra la parte más triste de sí: la que guardaba sus fracasos. Entonces algo en mi se iluminó y volví a pensar y entonces me di cuenta que no había destino ni contexto ni circunstancia, ¡Todo era una cuestión de oportunismo! ¿Había yo visto alguna vez a un ser tan inoportuno como esa abeja? ¿Existía en la faz de la tierra una situación tal, tan carente de oportunismo como la que mis ojos estaban atesorando? No creo. Ahora entiendo que no puedo entender cómo una abeja podía ser tan inoportuna de querer saciar su sed con el brebaje más puro que alguna vez dentro de una flor súpose caber, en un día como el que estoy pintando con palabras, soleado como los ojos de esa mujer que no tiene nada que ver con todo lo que dije hasta ahora pero que no puedo dejar de nombrar por no poder sacármela del reverso de la mente; un día tan ventoso como aquel que cuasi huracanado le arrastraba parte del pelo hasta los ojos y le erizaba la piel hasta dejársela casi imperfecta; un día en el que el polen derrotó al sueño despertando reacio, sin ganas de mudarse de una flor a una lengua, de una cueva de pétalos a una de agua. Esa era la verdad, el poco oportunismo de mi colega bicolor.
   Pero ahora que pienso y digo ahora pero siempre pienso (quizás ese sea mi peor castigo, pensar siempre, una vez y después otra y después volver a pensar), no era nada de eso que otros me hicieron creer. Yo creo que todo aquello que hizo a esa abeja sola, sin polen y con el lomo recargado de frustración, no tiene otro nombre que suerte. Para mí, la suerte es al actor, lo que para Marx la sociedad civil es al Estado. La suerte está por fuera del actor, él no puede controlarla, es indomable, violenta, inquieta, traicionera, infame, sucia y fenomenal. Es incomprobable que buscar a la suerte sea virtuoso, porque la suerte no está escondida, no es algo que se encuentre, la suerte está y no está, no yace como el destino. La suerte no es para todos, no lo es ni siquiera para los oportunos. La suerte no es circunstancial, la suerte es espontánea, no depende de circunstancias ni de contextos, no depende de nada, sólo de ella misma. Nada ni nadie puede perseguir a la suerte, la suerte es la que persigue. La virtud es ir tan lento en la carrera como se pueda para que ella logre alcanzarnos y llevarnos en andas. No puede apreciarse el poder de la suerte sino se carece de ella. Quien posea la suerte no puede identificarla porque la sabe como dada. Quien carece de ella, encuentra la mejor de las excusas para su fracaso, algo metafísico, inexplicable pero a la vez, inapelable. ¿Quién podría decir que quizás en algún punto no fue la suerte la que no permitió a la abeja llegar a beber del polen? Como se sucedieron los hechos, nadie podría refutarlo con total certeza. Fanatizando con las comparaciones y relativizando hasta perecer, la suerte es a la abeja lo que Dios es a la muerte: la mejor excusa.
   No hubo final feliz para la abeja, no hubo polen para su boca ni satisfacción para su sed, pero si hubo desazón, mucha desazón y aunque cueste entenderlo (y a ella le costará hacerlo mucho más que lo que a mí me costó y me gusta mentirme), que de la desazón nace la felicidad, porque el fracaso no es más que la tierra donde se siembran las nuevas semillas de esperanza que pretenden ahogar a las frustraciones del pasado.  


Hernán López, contemporáneo

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