jueves, 19 de julio de 2012

Elecciones cruciales, por Sheva López




La inocencia lo nubló. Jactó gran parte de su vida en creer que los números no formaban personas. Subió tantas escaleras como peldaños. Sintió tocar la cima sin estar en lo más alto. Parecía abnegado y en realidad sólo se acercaba a ser feliz. Le faltaban miles de cosas, pero el optimismo lo vendaba. Su temor se centraba en el tiempo, su más fiel traicionero. Recordaba a menudo que los momentos joviales duraban como la juventud; y los banales como la muerte. Si bien siempre imaginó que iría a despertar, combatió sagazmente todo cuanto pudo contra esa bomba que era el tiempo. En aquel siglo nunca pensó en la palabra felicidad. El momento era motor principal. El futuro era un insulto a su éxtasis de actualidad; y el pensar un hito en su memoria. Sus objetivos estaban muy claros, casi inamovibles (por lo menos en lo que respecta a factores internos). Su vida era monótona, pero así estaba bien, cambiarla no era urgencia ni deseo. Es que no es caer en lo profano afirmar que las cosas pequeñas al fin y al cabo son las que marcan los destinos. Y no es novelesco admitirlo. Pero sin necedad las cosas pequeñas son pequeñas, igual que sus propias promesas y proyectos. El programar es azar y el reír es tapar. Se pactan sueños como si fueran negocios, son promesas ruines y vacías. Se vuelcan a la ignorancia y la sin razón cuando en verdad se pactan entre uno y uno mismo, en vez de con otro.
Una vez creyó que algo estaba mal y que debía ser cambiado. Pero al mismo tiempo sintió esa aliviante sensación de creer en que existen cosas que no deben cambiarse. Se pueden, pero no se deben. Son incondicionales en el sentido cruel de la palabra. Si se cambian no mejoran, porque dejan las huellas amargas de un cambio obligado, abrupto y egoísta. Por ende, la decisión más sabia a su parecer era dejarlas así, mal.
Las elecciones son de lo más complicado y sanguinario que yace. Son despectivas por donde se las mire. Hasta elegir lo mejor quita lugar a otras opciones. Pero son imprescindibles. Sin elecciones no hay destino. Y qué es el destino sino elecciones. Destinos marcados o sellados. Testigos. Que incoherencia. Los cambios son repentinos y voraces. Son segundos de decisión y adrenalina. Y él no sabía decidir. Si hasta ni sabía discernir el uso de la adrenalina.
Entre flores y colores, rosa preponderaba. Las orejas casi se le atrevían a las comisuras. Pero en el fondo él sabía que el tiempo lo acosaba. Que su tiempo estaba marcado y nada tenía que ver con el destino.
Hasta que la hora de descuento algún día consumiría la vida del nudo. Un día llegó. Estaba sentado con ella en un terraplén. Voces privadas de libertad. Las bocas eran cárceles sanguinarias y las lenguas los carceleros más estrictos. Los ojos, ya ni eran testigos, sino actores concretos. De repente, él vio algo que ella no. Una sola estrella reposaba cerca de la luna. Y de a poco, otras acechaban su tranquilidad como cuervos a cuerpos muertos. Al principio eran pocas, pero luego multiplicábanse. Hasta veía estrellas que no existían. Es que la ira lo cegaba. Ella frígida, inamovible y atónita. Sonreía husmeando con el rabillo del ojo la verdad. No sacaba conclusiones... no le tocaba.
La cabeza de él era lo más parecido a la Primera Revolución Industrial. Al principio pensó en preguntarle si ella también veía lo mismo, pero a pesar de su inocencia y su decena y unos cuantos más, se rió rendido. Una mano a su costado, presión contra el suelo y se levantó de un salto. Las palabras son hermosas, convencedoras, convincentes y rendidoras, pero en ese preciso momento no servían absolutamente para nada. La abrazó por inercia. Tan fuerte que los brazos irradiaban odio. Se sintió egoísta y cruel por eso. La soltó. El beso, en la frente. Sin mirarla, le confesó que para su mundo, la luna debía ser acompañada por el sol, y en su defecto, por una sola estrella. Sucede que la luz, como otras tantas cosas no se comparte, porque cuando ilumina un sector, desprotege el otro y eso es desleal e irresponsable. Fue una equivocación que no valía la pena remediar. Volviendo a lo de antes, cosas que no se cambian ni condicionan. Elecciones... cruciales elecciones.


Hernán López, contemporáneo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario