lunes, 23 de julio de 2012

Muerte censurada, por Sheva López



Sistemáticamente no se oyó ni una voz. Me encerraron casi sin que me diese cuenta en cuestión de segundos. Alcancé a contar 37 pero eran unos 17mil. Agitaban un brazo constantemente hacía mi persona. Algunos hasta estiraban el dedo índice. Mi cuerpo estaba al borde del colapso provocado por una sobredosis de miedo. Mi mente quería repetir la frase, una y otra vez.
Ellos se multiplicaban como ratas. Era increíble. Salían por donde no habia lugar. Hasta en un segundo el miedo se frenó y empezó a renacer una especie de orgullo de momento cuando caí en la cuenta que estaban todos así por mis palabras. Mi primer reacción improductiva fue mirar hacía todos lados para inventar una salida. Pero la improvisación nunca fue lo mio. Con la palma de la mano abierta y el brazo estirado les indiqué que se detengan, que me podía explicar. Creo que no me atendió ni uno de los 17mil. Cuando uno empezó a escuchar las, ya a esa altura estupideces que esbozaba con terror, el que estaba a su lado me golpeó en la sien tan fuerte que entendí instantáneamente de una vez por todas que todo esto no era más que un nuevo recuerdo del pasado. De ese pasado revolucionario y ruin.
Me levanté en un baño que era más grande que toda mi casa. El lujo era lo que sobraba y mi salud el faltante mas grande. Me paré como pude entre sangre y ruido a huesos. Con una originalidad extrema, intenté abrir la puerta... cerrada.
Estuve dos horas sentado contra una de las paredes, inmutable. Ni siquiera me anime a gritar. Después de ese lapso entró el hombre más alto que yo había visto en mi vida. Me tomó de los pelos y me paró de un tirón. La venda ya era un hecho. Sin luz pero con intuición, subí uno a uno los escalones de madera obligado. El griterío de la muchedumbre era ya cegador, pero no me importaba, hacía quince minutos que me había acostumbrado a vivir sin la libertad de mis ojos.
Por un momento pensé que eran los besos de la mujer más linda de éste mundo limitado de ilusiones, pero al poco tiempo se esfumó esa sensación y la soga ya me apretaba fuertemente el cuello. Al principio lo soporté, pero de a poco iba aprendiendo a volar sin ninguna intención personal. Ya no me alcanzaban los dedos de las manos para contar a cuántos centímetros estaba del suelo.
Todo estaba a punto de terminar, cuando Dios cumplió mi último deseo. El viento me ayudó a sacarme la venda y pude ver la felicidad de los testigos de mi partida. Por un momento me sentí mal, pero en un arranque de locura llegué a agradecerme por hacer feliz a esa gente, aunque sea con mi muerte.
Antes de pestañear por última vez, miré rectamente al mural que estaba frente a mi. En la cima del mismo, un niño... once años como máximo. Sucio y desprolijo. Con un cartel en la mano que apenas sobrepasaba el tamaño de mi esperanza de vida.
El cartel decía "No hay mejor final para un gran hombre que su muerte". Fallecí con una sonrisa, justifiqué la frase que me provocó este destino llegando aunque sea a una persona.


Hernán López, contemporáneo.

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