viernes, 13 de julio de 2012

Sin culpas ni perdón, por Sheva López

 



De una lengua a un cable, de un cable a un tubo y de un tubo a un oído: así empezó. O por lo menos en lo concreto; porque en lo abstracto había comenzado mucho antes. Fue en el hall que la avistó indiferente. Al comienzo no reconoció todo, en efecto, no reconoció prácticamente nada. Ella visitaba un planeta nuevo que ni El Principito se animó a explorar. Todo era desconocido y él no era una excepción. Pero de a poco todo cambiaría.
Un destello de incomodidades y atrevimientos, comenzaron a forjar una relación casi obligatoriamente. Los ojos de él se asemejaban mucho a los vidrios de ese barco que entre piernas dejaba asomar peces danzantes del agua más triste de la tierra. El rechazo fue el primero que levantó la mano al tomar lista, pero a él poco le importó, había logrado dar un primer paso. Lentamente se fueron acercando cada vez más a los pecados que vendrían. Las paredes de ese pozo de impurezas se llenaban de ilegales ilusiones. La adrenalina se volvía ineludible y el deseo insoportable. Su pelo… era una tentación que él no podía manejar.
Y es que un día se le copó el alma de promesas inciertas. Un llamado le tocó la parte más infame de su alma. Sucede que sólo quería perder el tiempo. Y en esos siglos no había nada más valorable que ella quisiese perder el tiempo con él. Y fue un comienzo, trunco, vacío e infantil, pero un gran comienzo. Un inicio culpable de un posterior nudo antecesor de un hermoso, quizás, hermoso final. Ya las excusas le inundaban la inteligencia. Sucede que todo era viable a la hora de llegarle. Hablando, mirándola, convenciéndola y mintiéndose con ser correspondido.
Y el tiempo acompañó sin separar. El tiempo fue tan fiel… tan fiel como ellos a la moralidad y la ética contemporánea. Pero hasta ese momento el problema eran los límites estructurales. Los cimientos carceleros. Cuando cruzaron esos límites, todo cambió de repente, todo progresó, todo avanzó y evolucionó. Las verdades de ese sentimiento no aguantaban más mentirse entre sí. Y verse con ella abajo del cielo fue tan soñado e insolente… y al mismo tiempo fue tan sagrado y tentador. Las galerías eran cuevas prohibidas que escondían ese deseo de acercamiento ilegal. Lo tapaban, inhibían y al mismo tiempo lo agravaban. Que ella no lo mire no era preocupante, era en realidad, mucho más excitante. Y el reto era algo tan desgastante como motivador.
Los llamados, mensajes, correos y pensamientos eran tan gratificantes. Eran llenadores de espacios insoportablemente vacíos. Y un día, el río los invito a conocer la civilización que yacía a la orilla. Los haces de luz los obligaban a entrecerrar los ojos. Y al entrecerrar los ojos la visión nublaba el equilibrio de esas cuatro piernas que entre vaivenes acercaron los cuerpos. Las bocas casi se rozaban, y cuando el pecado levantaba la mano en señal de disculpas… sonó un celular. Sí, vulgar y contemporáneo, pero real y cierto. Es que fue lo que pasó, ni más ni menos. Él con una inocencia tan inocente como la misma inocencia, creyó que no iría a atender. Y en realidad, no atendió; se precipitó sobre la tecla verde. Él en un principio creyó que era un idiota pintado al óleo, pero la paciencia fue más que la congoja y mientras ella se alejo para murmurar, sacó un cuaderno de notas del bolsillo de aquel saco, una birome del hueco del corazón y comenzó a escribir tan rápido que se podía afirmar que los dedos eran perfectas extensiones de su mente. La conversación telefónica habrá durado como mucho cinco minutos. Y él había escrito 3 carillas. Manuscrita, ilegible. Con algunas faltas de ortografía (que jamás había tenido), abreviaturas y ausencia de caracteres. No preguntó quién había llamado. Ella tampoco lo confesó, pero ambos eran testigos de la obviedad. Pensó súbitamente en darle el escrito improvisado o hasta leérselo; pero no se mintió a él mismo y lo guardó. Entendió que no era el momento de escritos ni de minutos literarios. Era el momento de mirar esos ojos, fantasear con ese pelo y sufrir con la distancia de esos labios. Era momento de insultarse las entrañas a cada minuto por no poder exteriorizar millones de cosas. Era el momento del sol nublando visiones, proyectando desencuentros y fraguando sensaciones. Era el momento de estar con ella sin pensar en nada más, sólo eso.
Las venas que decoraban los huesos que le formaban el esternón le estaban a punto de implosionar de las ganas que tenía de besarla, pero poseía una paciencia halagadora. La contemplaba cegado de toda coherencia. Las ansias le quemaban el cerebro pensando en lo irrepetible que sería acariciarle las pecas que escapaban de su rostro. En algún momento había atinado a tocarla, pero ella, entre risas y vergüenzas, le hizo correr sangre por la mejilla. Se conformaba con mirarla. Pero ella tampoco quería aquello, entonces él desenfocaba la vista. Hasta que la mano de aquella mujer agitándose contra la gravedad volvía a disfrazarse de punto principal y él volvía a revivir la tranquilizante humedad que sentía al mirar esos ojos verdes; tan verdes que los ríos más cristalinos gritaban entre olas marcando a fuego la envidia que le tenían.
Se empezaba a fastidiar. Pero la paz que le daban esos labios le anestesiaba la ira. Ya no sabía cómo hacer para rozarla --aunque ella no se dé cuenta--. Y el sinfín de besos que se le ocurrían para darle era comparable al abanico más grande usado por la mujer más elegante y vieja de la ciudad.
Ya soñaba con tenerla y eso le preocupaba. Decidió bajar sus decibeles y volver a ser un poco él. Ella no era ella. Nunca lo fue. Si fuera por su genio ya a esa altura lo hubiese abrazado tantas veces hasta matarlo pero, las pinzas... las agujas. Los alfileres y las espadas. Se clavaban corta y repentinamente en alguna parte de la boca de su estomago. Esto fue así por un tiempo, hasta que... no había arma blanca que pueda frenar su ambición. Le habló tan claro como decidida, lo presionó en el mejor sentido de la palabra. Y en el más verdadero también. Antes que terminara de dar su orden, tenía un brazo que le rodeaba la cintura con una violencia y ternura que fusionadas se disfrazaban del cariño más grande. Se acercó y vio esos ojos inexpresivos de tan cerca que los labios eran los mejores testigos de la situación. Uno de ellos cerró los ojos y presionó la punta de sus pies contra el piso. El otro se alejó, sacó el papel del saco y se lo dio. Le pidió que lo lea en su ausencia. Le dio un beso en el oasis que forjaban las risas en una de sus mejillas y se fue...

Mujer:

¿Por qué las cartas siempre tienen que hacer referencias al pasado o al futuro? ¿Es fantasioso escribir una carta en presente? Quizás sean preguntas incoherentes pero… ¿Si una carta describe el presente, al plasmarse ya corresponde al pasado? Si es así, no me gusta eso.
Aquel día me fui, tal vez porque la desazón es mejor combustible que el cariño, que la satisfacción, que la felicidad y hasta que el logro. Pero, metafóricamente, al fin y al cabo, ese sentimiento inflamable no es más que un párrafo antagónico a él mismo. Si me llenara los ojos de sinceridad, podría admitir que en el fondo de mi ser, siempre supe que aquel día, la mejor opción era partir presuponiendo que a posteriori tendría la hermosa y esperanzadora posibilidad de volver sobre mis pasos. O sobre los tuyos. Y la debilidad me colmó finalmente el alma. O quizás fue la emoción, la adrenalina, el deseo, la fe o el destino.
En síntesis, volví. Al recorrer unos cuantos metros, caí en la cuenta de que sólo tu mente conocía aquel lugar. Y que la mía fue únicamente el acompañante más sagaz entre esos lobos tan mezquinos. Tomé el camino que me marcó la ira y la congoja. Sentía en la espalda una carga agobiante. Al principio, decidí ignorarla; pero tenía mas pasado entre los dedos que yo. Casi un poco más tarde comencé a dilucidar que era la palma de la mano más cálida que alguna vez me haya tocado. Si bien nunca me impuso una dirección, me ayudó constantemente a saber cuál yo quería tomar. Luego de unos minutos, el ambiente era tan extrañamente familiar que sin pensarlo detuve el paso. El umbral de ese edificio sería mi sostén. Me senté mirando al suelo. Las manos, en la nuca. Por momentos intento recordar y siento que pasaron años; y a veces, segundos. La cuestión es que dos manos sólo un poco menos cálidas que la ya nombrada, sostuvieron mis rodillas por un rato. La impaciencia fue más que mi dramatismo y me obligué a levantar la cabeza. El paisaje mostraba el horizonte más lindo entre los meridianos… tus ojos verdes. El banco de arena estaba perfectamente representado con la línea divisoria de tus labios. Tu boca era el mar más salado del desierto menos buscado. Y todo lo demás… que fácil e imposible es describir todo lo demás. Y es que nombrar un color con alardes es tan indigno a mi ocurrencia. Bandearse con elogios ignorando lo profano, lo altanero y lo sagrado que es tu pelo, sería impropio de una carta del presente. Sería llano en esta carta...
Puede que se entienda como morboso o desquiciado, pero los entendí como violentos afluentes de aquel río de sangre tan temido. Aquel que baña las costas del subsuelo de la tierra en el que yacen las almas errantes, los cuerpos perdidos y las auras olvidadas. Eran los delgados brazos que sostienen lo hermoso que se forma entre la unión del sol y la luna en el momento más preciado del día.
Eran hostiles representaciones terrenales de aquellas auroras que supieron adornar el cielo boreal de la Europa fría.
Antes de poder decirte nada de lo que pasaba por mis sueños, estaba encerrado en el abrazo más contenedor que había conocido en mi corta y larga vida. Escribir, contar o intentar graficar los besos que me regalaste jamás tendrá sentido. Sólo sirven como recuerdos que preceden mis somnolencias día tras día de mi vida. Y el sin paz de tus manos siempre fue más que yo. Ni deseándolo hubiese podido detenerlo.
Ya ni recuerdo mujer cuántas partes del cuerpo te besé. Creo que inventé nuevos huecos marginados con tal de seguir besándote. Antes de encontrar más excusas estaba tan pero tan cerca de vos que creí oír tus ojos respirar cuando rompimos la ley que sostiene que la masa no se interpone una con otra. No me hables de tiempo porque aunque sea la parte vulgar del escrito, no tengo ni idea.
Los minutos me pasaban como siglos cada vez que me acercaba al destello que formaban tus pupilas. Te añoraba por demás cada vez que me alejaba, pero ambos sabíamos (al igual que pude darme cuenta aquella vez) que el objeto de mi alejamiento era viable… tener que volver a acercarme.
Me hablabas tan despacio con gritos tan voraces en mi oído. Sacamos conclusiones tan obscenas de los nortes de tu torso. Reímos tanto ante cosquillas no casuales.

Mujer, no nos calculamos. Porque aprendí. Sólo sucedió. Sin la palma de aquel Dios en mi espalda ni las palabras de mi mente en tu carta. Sin destinos ni causalidades. Con presente y dualidades. Se terminó todo al unísono y me desborda la vergüenza al aclarar que aquel final no se refería a nuestro final. O en algún punto sí. En el mejor de los puntos… el del mejor final.


Hernán López, contemporáneo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario