viernes, 20 de julio de 2012

The New Prince: sustituyendo el miedo, por Sheva López


  “Lo que pinta éste pincel,
ni el tiempo lo ha de borrar.
Ninguno se ha de animar
a corregirme la plana.
No pinta el que tiene gana,
sino el que sabe pintar.”

José Hernández, Martín Fierro



*Por el autor de otras obras como “El pergamino”, “Algo de lo que me acuerdo de algunos paisajes”, "Al no saber poesía" y “De cómo se formó un poco de cada cosa: la historia que no tiene historia”

Urge sustituir el miedo. Poco importa la fuerza de los guardianes que custodien las puertas de la ciudad. Es indispensable que se muevan de forma rápida y organizada para sitiar la entrada. Debemos amurallarnos. Que hombres y mujeres con capacidad y valentía de tomar armas lo hagan a la inmediata brevedad. Cerrad las puertas. Que los arqueros tomen posición sobre las torres y terrazas. Que se mantengan tan atentos como preparados para activar la defensa. Traed caballos, perros y lobos, que todo aquel ser con vida que tenga la capacidad de recibir una orden que se presente a defender esta causa y que la orden no sea otra que el defendernos de un ataque inminente.
Está latente la avanzada del enemigo. No lo conocemos ni en número ni en forma, pero sabemos que vendrá. No sabemos sus nombres ni conocemos el filo de sus espadas, pero sí que serán fuertes y tajantes. Ignoramos por qué nos atacarán, pero suponemos muchos fundamentos. Pasamos gran parte del tiempo suponiendo. No hay noche que no durmamos pensando que podrán despertarnos a media madrugada con lanzas, cañonazos, flechas y caballería. Podrían ser cientos atacando al mismo tiempo. O miles. O más. Despertamos todas las mañanas pensando en cómo vencerlos. Les tememos y aborrecemos tanto, que de tan presente que se hacen en nuestro pensamiento, puede que sintamos por ellos cierto sentimiento parecido al aprecio. Son sanguinarios, calculadores, cínicos, traidores, individualistas, desinteresados, pérfidos, egoístas, profanadores y mentirosos. Entre otras cosas.
Estamos preocupados, tenemos miedo, pero no sabemos de qué. Estamos inseguros, expectantes, pero no conocemos el por qué. Somos presos de nuestra propia persecución, sonámbulos de nuestro propio desvelo, testigos de un crimen que no sucedió. Todo se parece a un camino de tierra cuando llueve a granel; no podemos sostenernos firmes. Vacilamos.  Precisamos de un Príncipe. Un Príncipe heredero de nuestros miedos que pueda encarnarlos a todos ellos y conduzca a nuestros ejércitos hacía la victoria. No podemos perder esta batalla contra el temor que nos inunda cada tramo de nuestras venas por donde corre miedo y no sangre. Infames los que creyeron que era menester discutir acerca del linaje o descendencia de tal Príncipe, si es al caso el desempeño de su real función los que nos moviliza.
Una vez creímos haberlo encontrado pero tuvimos tanto miedo de perderlo que pronto lo ahogamos en pleno mando y el inoperante no pudo soportar tanta presión aún habiéndole dado dos oportunidades. Débiles si los hay en la senda del Señor. No pudo ejercer sus funciones ni afianzarse al frente de las tropas, dejó que los miedos nos paralicen los miembros como si lo hubiésemos contratado para que no haga nada. Sin embargo, dijimos haberle tomado un cariño excepcional muy parecido al amor. O así creímos. De eso nos jactamos. Finalmente lo destituimos de su cargo, por imberbe y malintencionado. Y otra vez fue difícil olvidarlo, quitarnos del alma el amor que por ese infame sentíamos. Fue tan difícil olvidarlo que nos llevó unas pocas semanas, quizás mucho menos que un par de meses. Pero lo logramos. No sé si lo logramos porque perdimos ciertos miedos o porque en verdad sólo los sustituimos por otros, siendo esta segunda opción la más probable. Y digo esto porque antes de lo que cualquier enemigo amado puede imaginarse, pudimos sustituirlo. Sí, a ese amor profundo, pudimos sustituirlo a gran velocidad. Quién dice que no podremos realizar éste proceso una y otra vez por la eternidad. Al fin y al cabo, el poder de Dios baja directamente hacía el pueblo y el gobierno no somos más que nosotros, encargados de elegir al conductor de nuestros miedos.
La desdicha nos nubla la vista. Esa vista que de por sí ya es fallida por naturaleza, se encuentra hace tiempo aún más nublada. Todo es borroso. Nada es claro. El Príncipe cambia como por arte de magia. Es otro. Creemos que éste sí podrá conducir el ejército. Hacerlo fuerte. Bueno, en realidad no sabemos nada, sólo nos inventamos creer. En verdad, quizás seamos nosotros mismos quienes no podemos conducir nada debido a nuestros miedos, inseguridades e indecisiones, todo aquello que proyectamos en el Príncipe quien por inocente y compañero, absorbe la poca luz negativa que nos eclipsa el ser y el pensar. Juzgamos a nuestro anterior heredero de indecente pero quizás nosotros no comprendimos que no era más que el reflejo de lo dubitativo de nuestra propia alma.
Hoy tenemos un nuevo representante de la hipocresía. Mostrémosle al mundo que fuimos capaces de reconstruir rápidamente aquello que nadie destruyó, pero que así supimos creerlo. Uno o dos meses bastan para forjar una ciudad nueva, con nuevas ilusiones, esperanzas, alegrías, luces… ¿miedos? ¿Inseguridades? ¿Persecuciones? ¿Otra vez? Seguimos sin saber quién es el enemigo, porque continuamos construyendo ciudades sin espejos.

Quien suscribe es el enemigo. Yo fui la reencarnación del temor de esa ciudad e intenté encapsularlo para que no presione más sobre las sienes de cada uno de los componentes de la sociedad. Con errores y aciertos, pero lo he intentado. Yo fui aquel frustrado que retornó a su valle cansado y cabizbajo por no haber podido defender la ciudad de sus propios ciudadanos. Yo fui el que hoy, todavía, cada día que se pasa por mis ojos, recuerdo esa ciudad, la añoro. Soy el que se pregunta porque han amurallado sus límites para que ni yo pueda acceder. Hoy creo poder entender que las murallas estaban siendo construidas incluso con mí ser en pleno mando. ¿O acaso puedo pensar que en tan poco tiempo puede levantarse una nueva fortificación de tal envergadura?
Una desazón tal, sólo puede provocar dos efectos: el perecer o el renacer. Mi persona quiere perecer, pero no puede, no tiene el valor, por eso renacerá. Renaceré y recordaré todo lo que intenté, todo lo poco que pude hacer, que para mi fue mucho. Renaceré para encontrar una ciudad que no tenga dentro de sí al propio germen social que autodestruya la civilización allí creada. Renaceré para ser gobierno de una ciudad segura, desbordada en confianza, alejada de la hipocresía del vulgo. Una ciudad donde hombres y mujeres no digan palabras por el sólo hecho de poder decirlas, sino que en verdad las sientan parte de lo sagrado que es su conciencia. Sé bien que puede haber nuevos Príncipes pero ninguno como el que supo mandar con honestidad, esmero, dedicación y cariño sincero. Sé que nadie construirá tales murallas, nadie aliñará ejércitos tan uniformes, no cuidarán de la tierra y de los recursos como yo he intentado hacerlo, no respetarán los derechos como quise demostrarlo. Sé que no pinta el que tiene ganas sino el que sabe pintar.
Nadie valorará tanto tu cordura, como yo maldigo tu obsesión, esa que me dejó sin ciudad, sin habitantes y sin ejército. Esa que hoy se deposita en las órdenes de un imberbe más.


Nota del autor: Toda mala acción atrae mala reacción. Quien cree que le cabe éste poncho, que no tenga dudas que con ese fin fue tejido y que tenga a bien saber que éste hombre imberbe y malintencionado, antes que callar, elegiría perecer. Suerte con lo nuevo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario