lunes, 16 de julio de 2012

VyU, por Sheva López





Y ahora que todo es libertad me acuerdo de tantas cosas de la obligación, (extraño)... tantas cosas de la obligación. Aquella que nunca me dejo ser lo que fui pero paradójicamente me hizo ser lo que soy. Sin arrepentimientos ni deseos de volver al pasado, me encuentro mirando la ciudad desde la cima de la montaña más alta y más infiel a mis verdades y proyectos. La ciudad es una postal en blanco y negro, el cielo es celeste y el sol amarillo; pero las calles son grises, las casas no guardan vidas ni los árboles sombras. Será quizás porque no hay sombras en las postales blanco y negro. Toda la imagen en sí, es una sombra. Los pastos no se inclinan al sur con ayuda del viento y el viento no intenta alcanzar a las aves camino al norte, porque no recuerda la ubicación de los puntos cardinales. El frío que me persiguió toda la niñez no tiene idea de cómo congelar las ilusiones que siempre supo amenazar y el mágico anhelo de vivir la libre vida, al ser presente, no me incentiva las retinas. Ya no.
Aunque esté en blanco y negro, reconozco cada uno de los significados. Me doy cuenta que las calles grises nunca fueron de ese color. Gris era la suela de mis zapatos que las pintaron día tras día , y de a poco convencieron al asfalto de mutar en sintonía. Deduzco que las casas inertes no son señal de morbo sino al contrario, de renacimiento. Entiendo que el sentido es mostrarme el cambio en su máxima expresión y la importancia de un ambiente. El valor de haber dejado una casa atrás para habitar otra. Sin pensar en los límites ni en los fines. Concentrándose en los nudos y en los, algún día, indeseados desenlaces. Que inocencia la mía al avistar por primera vez la postal con ese aire pesimista. Si ahora veo que los árboles no tienen sombra porque yo ya no estoy ahí para que me cuiden del sol. No es que mi ciudad ya no me extraña, es sólo que la sombra me siguió tan lejos como pudo porque en realidad nunca me olvidó. Porque en realidad está conmigo. Porque yo la convencí de ser digna de su compañía.
Que extremistas mis visiones... creer que los vientos y los pastos ya no son aliados en esa danza indiferente que nadie valora. Ahora comprendo que no son pastos inmóviles ni vientos inútiles. Son vestigios del pasado, que me informan que los vientos se han mudado y los pastos se han secado. Que no es triste entender que en algún momento los pastos morirían como moriré yo. No es extremista entender que lo hermoso de poder contar esto se basa en que llegará un tiempo en el que yo ya no podré leerlo. Y eso no es pesimista, sino precioso. Precioso es saber que recordaré todas las calles que pinté, todas las casas que supe habitar y todas las danzas que pude bailar, acompañando el movimiento que emerge de la fusión entre el viento y los pastos. Por favor... que incoherencia pensar que el viento ya no intenta alcanzar a las aves. Sucede que simplemente esos bichos ya yacen al norte y el viento sabe que no hay lugar para los dos. Recapacitó. Lo aceptó. Ahora está conmigo y me danza los cabellos que adornan la cima de esta montaña. Lo que sí es cierto es que aquel frío ya no es el mismo. Ya no congela objetivos ni escarcha valores. Ahora es el frío que criogeniza los recuerdos que me hostigaron en varias oportunidades, me pisaron los talones en los sueños y me estiraron la parte de atrás de la remera cuando tomaba velocidad.
Y por último supe aceptar, que cuando el presente no me incentive, son mis retinas las que deben aprender a mirar otros horizontes, son mis sueños los que tienen que buscar otras almohadas en cuales apoyarse, son mis piernas las que tienen que buscar otras calles que pintar y otras velocidades que venzan a ese brazo que me quiere retener. En fin, ahora con 21 años me doy cuenta que felizmente puedo dar media vuelta y conocer qué hay del otro lado de la montaña. El sol sigue siendo amarillo y el cielo azul, pero noto que ahora los colores abundan en las calles y en todo lo demás. Que el viento y las sombras me acompañan como siempre. Que la libertad no es más que la extensión de mis anhelos.


Hernán López, contemporáneo.

nota del autor: que tengas un muy feliz cumpleaños. Éste, y los que vengan después.-

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