jueves, 2 de agosto de 2012

Años de plata, por Sheva López




Sus ojos son tan oscuros como el velo que envuelve su alma en la noche que se forma por el yacer de su pelo. Sus cejas son las delgadas líneas que dividen la sensación de la teoría, son las nubes que infectadas de lluvia custodian los deseos de las negras perlas que le permiten ver el mal. Su nariz es una suerte de tobogán que desemboca en la finura de sus labios. Sus oídos, prohibidos de luz por los destellos que negros se irradian de su mente, desnudos permanecen siempre atentos a la fonética ajena. Su cuello es fuelle que une sus locas ideas con la locura que es su cuerpo. El timón de su barco anuncia su presencia y es amo y señor de lo insano a mis ojos que es su frente. Sin hablar de distancias el llegar a su bajo vientre es conocer la cuna del deseo. Entre prohibiciones y vanidades se distingue lo llano de su ser. Lo más llano de todo su ser. Y pasando de tristeza en tristeza se vislumbran sus bases que apagan el fuego de la tierra con sus pasos de agua.
Su fe acompaña lo pausado que es su espíritu, pero el centro de sus sienes son granadas que explotan en lo más hondo de su carácter. Posee sabiduría infinita en su mundo y le cuesta aceptar que trasladarla a la realidad la deja muchas veces al ridículo. Es diferente por demás, odia la rutina y adorna el sol con sonrisas. Su prestancia es infinita y el tamaño de su bondad es aún mayor. Tiene un innato corazón de madre aunque ni ella lo sepa. Se mueve con un semblante imponente, emana respeto de sus gestos y es irrespetuosa a los sentimientos. Su arma preferida es la ofensa y todavía no supo entender que no nace de su boca ofender. Sus palabras no hieren porque esquivan los menesteres de la profundidad. Es hermoso escucharla contradecir sus propias acciones y endulzar sus faltas de respuestas con arranques de simpatía y curiosidad. Su mano izquierda esconde bajo el puño amor a gran escala, y su mano derecha, amenazante, carga una cuchilla de gran filo que representa los límites de su mente.
Jesucristo ungió sus labios de deseo, empapó sus ojos de pasión y su lengua de algarabía. Jah convirtió en serpiente a su columna vertebral y escondió algodón en sus rodillas. Krishna ató su pelo con el tallo de una flor de la India, afrodisíaca; pintó sus manos de rojo fuego y sus palmas de suavidad. Allah le puso nombre de princesa y la vistió de humilde. Le dio paciencia limitada y reacciones indignas del ser. Ninfas varias maquillaron sus pestañeas, alargándolas hasta el horizonte. Pulieron sus virtudes con magia blanca y asentaron sus falencias con polen. Los duendes la trajeron hasta la tierra envuelta en un lienzo negro, volátil. Le enseñaron un idioma poco pintoresco y a la vez muy llamativo. Le adornaron el sentir con altanería y le sacaron algo de toda la maldad que sostenían sus hombros. Un ángel llamado Sara le dio la orden de comienzo y la custodia en cada campo de batalla. Sus pasos no caminan solos pero su alma sí lo hace. Su mente vuela cual ave carroñera por paisajes desconocidos... siempre alerta a la incertidumbre.
Ella es sueño, es misterio. Es montaña, ripio y arroyo. Es agua vertida del cántaro que se raja en la base, producto del rayo del sol y el calor que lo parte. Ella es viento del Sur, es frío del mar y es el miedo del cielo. Es pan de pobres y ocio de ricos, es comienzo y es fin, es alfa y es omega. Pero no lo sabe. Ella no lo sabe. Tiene una parvada de pájaros en sus manos y no la siente. No ve como se asoman entre sus dedos buscando la preciada libertad. Cuenta con la llave del mañana, con la llave de su mañana... como si fuera poco. Y no la encuentra. Porque ella no sabe. Porque un día se disfrazó de inerte y le resultó tan cómodo que así decidió quedarse. Le resultó viable tener un falso destino a solo metros de sus manos. Le gustó el hecho de forjar su vida en conceptos, estereotipos, supuestos y sobrenaturalidades. Aunque no es discreta esconde un tesoro humano en el alma. Oculta preciosas verdades de lo banal. Es testigo del perdón, carcelera del poder y estandarte del mentir. Es espontánea en sus movimientos, calculados. Es admirablemente ella.


Me lleva de la mano al infierno y me encanta. Me azota la espalda con verdades y deliro. Me veo espejo de su nuca y colmillo de su odio. Soy pastor de su rebaño de venganzas y dueño de su temperatura. Paso noches y noches pensado en sus mejillas. Acaricio su pelo en el aire y sacó conclusiones de sus idas. Invento excusas a su ausencia y exijo disculpas a su aparición. Cuento las gotas de saliva que desperdicia al hablar y por mi dentro me desespero. La miro a los ojos con fines irreproducibles. Imito sus pasos con tal de no desviarme de su camino y perder de vista su espalda. Memorizo el olor de su pelo para no caer en la vulgaridad de extrañarla. Imagino las veces que podría pintarla, incolora. Las veces que podría respirarle tan pero tan cerca que ni ella distinga la diferencia entre inhalación y exhalación. Mi corazón podría latir tan al ritmo de sus pestañeos que quizás ella pueda verlo dibujado en lo oscuro de sus párpados. La tonalidad de mi voz sería capaz de imitar el sonido de sus gritos cuando no quiere hablar más fuerte. El sin paz de mis manos podría tocarla hasta erosionar las fauces de su pecho. Podría desgastar los picos de su revés y la ondulación de sus terminaciones. Yo podría besarla tanto que no recuerdo los minutos que pasaron desde que lo hice por última vez.
Sinceramente yo la miro de costado. Yo tengo miedo a sus reacciones y terror a sus ausencias. Admiro su simpleza y me fascina su desenvolvimiento. Es apta a todo ambiente y conquistadora de nuevos horizontes. Es frágil dentro de su caja de acero. Es pobre en todo sentido. Lleva en su alma el preciado tesoro de la humildad. Son pobres sus virtudes y pobres sus logros. Son pobres sus historias y más pobres aún son sus finales. Ella es rica por defecto, pero pobre en su auto-descripción. Levanta la bandera de la humildad con su brazo zurdo, libertador de inhibiciones. Yo la estimo por demás y le temo cada vez un poco menos. Es maestra de mis oscuridades, es alumna de mis luces. Es compañera de mis días y dueña de mis noches. Ella es ella y nadie más.
Hoy la miro con consuelo, esboza sonrisas que le apuñalan el aura. Muestra dientes que muerden su aorta. Achina los ojos que tajan su porvenir. Se siente perdida en un numero de plata. No valora la distancia ni recorre los segundos. No termina para empezar ni comienza para terminar. Vive siglo por siglo sin pensar en su pasado. Ella es triste en su supuesto fracaso. Ella no sabe. Ella no ve. No conoce lo preciado que es su ser. No huele el olor a amanecer que irradian sus codos. No nota la paz que desprenden sus caricias. Ella no sabe. Ella corre por los campos creyendo pisar las flores que en verdad acarician su pelo. Que en verdad entre vuelan por sus pechos, entre sus brazos. Ella está segura de haber liberado a Barrabás y en realidad solo fue fiel a Jesús. Ella no sabe. Cree saberlo pero no lo hace. Cree haberlo inventado pero ni siquiera lo escuchó. Cree haberlo iniciado y ni siquiera lo conoce. Ella no sabe, no comprende. Ella es loba de mis montes y es llamas de mi fuego. Ella no sabe que yo la quiero como a una hermana y la deseo como a una mujer de Lucifer.


Hernán López, contemporáneo.

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