jueves, 16 de agosto de 2012

Carta al General Don José de San Martín, por Sheva López






Buenos Aires, Argentina, 17 de agosto de 2012



Querido y admirado compatriota Gral. Don José de San Martín:


¡Cuánto le debe a la suerte un cobarde de mi talla, que cree infame tener la llave de la libertad en una hoja y ni siquiera! ¡Cuánto le debe un imberbe a la suerte por no tener que estar a su lado mientras usted me hacía libre, herido, dolorido, embarrado y valiente! ¡Qué de plegarias le debe un canalla como yo al cielo cuando se hace llamar patriota, infame! Sólo patricio será quizás o argentino tal vez, quien pueda pisar éste suelo que usted pudo libertar de absolutistas y esclavistas. Tierra ésta que llena de negreros y opresores sería, de no ser por usted, aún peor que con los males que a hoy día la atestan. Porque no hay tierra, General, en éste mundo, que siglos después de su hazaña no sufra por lo mismo que usted luchó hace ya tanto tiempo.
Pero esta es la historia de los hombres Don José; hombres que sólo vuélvense un hito de la humanidad toda, una de las tantas señales de la ruta, una nube de muchas en el cielo o una estela de tantas en el mar. Sepa usted, General, que la humanidad argentina existe porque allí usted la situó, con su dedicación y su esmero. Sepa que las rutas que recorren al país lo recuerdan como la mejor señal que pueda yacer en ellas, las que indican libertad de moverse desde Tierra del Fuego hasta Jujuy. Sepa también General, que en el cielo argentino siempre flota su nube, eterna, testigo de las proezas suyas, inimitables, santas, admirables. Pero no olvide tampoco que en el mar argentino, cada estela que se forma recuerda sus pasos, firmes pero veloces, prolijos pero voraces, andaluces pero tan argentinos como pocos hombres pueden serlo. La patria entera General se estremece con su nombre, se acobarda en su grandeza y se tiñe del color de su sangre. La patria que con sus límites actuales lo ha a usted decepcionado, pequeña, inexpresiva. Una lágrima viértese de sus ojos por cada frontera artificial que advierte usted separa al pueblo que ha liberado. Congoja experimento cuando lo sé a usted desconsolado por ver al Perú ajeno a La Argentina;  a Chile del otro lado de la cordillera, agazapado. Desazón siento al imaginar su tristeza de ver a Bolivia separada del Jujuy o al Uruguay del otro lado del Río de La Plata, indiferente. Lo imagino a Usted en éste momento, al lado de Artigas, cabalgata y disculpas mediante. Porque sabe usted como hombre de honor y respeto, volver sobre sus pasos, alzar la cabeza y pedir perdón ante la arista humana de su alma que representa el error. ¡Entendibles sean sus injustos juicios y dudas sobre el patriotismo y grandeza de Artigas si estos son la única posibilidad que nos dio la historia de conocer su carácter de humano que osa equivocarse!
Extensa y sincera sonrisa esboza mi rostro al recordarlo en cada página de libros que se enorgullecen en describirlo a usted y a sus hazañas, nobles, altruistas. Altura toman mis cejas para expresar el asombro que las películas modernas logran recrear al mostrarlo a usted cruzando la cordillera de Los Andes a caballo, enfermo de cuerpo pero sano de alma, lleno de coraje, de pasión y de sueños. Atónitos quedamos sus compatriotas al contemplar su bravura y tenacidad, sable en mano y corazón en boca, libertando aquí y allá, como si fueran misiones de todos los días, ¡liberando a hombres y mujeres latinoamericanas del extranjero opresor! Satisfacción siente el alma del argentino cuando lo imagina a usted en la posta de Yatasto, sentado cerca de Belgrano y  frente a Güemes, debatiendo la manera de hacernos libres,  de entregar la llave que abre el cofre de la independencia, la soberanía, la autonomía y los valores nacionales, valores de una nación nuestra y de nadie más. Lo imagino cerca de Dorrego, amigo de Bolívar y me imagino la Patria Grande que tendríamos hoy de no haber usted fracasado en su proeza de darle al pueblo latinoamericano una tierra que coincida con su hermandad inobjetable.
Me emociona pensarlo General. Me conmueve imaginarlo peleando en Europa, confundido, sin entender su misión en esta vida, hasta que un día, la luz entra por sus ojos y cuélase por su cuerpo hasta llegar a su alma que no podía ser sino correntina, argentina, latinoamericana; y emprende usted entonces su viaje hacía Buenos Aires para afrontar su verdadero destino como militar y como hombre de ideales, luchando cuerpo a cuerpo y mente a mente por lo que verdaderamente fue y es suyo, esta tierra que tiene olor a su piel y a su sangre. ¡Qué honor tuvimos los argentinos de sabernos acompañados y protegidos por Arístides!, como Lautaro supo llamarlo o usted optó por llamarse, no lo sé. Orgullosos nos sentimos de tenerlo con nosotros, aunque sea lo que el tiempo ha dejado de su cuerpo glorioso, que por gracia de Dios o del destino ya no yace en tierras del enemigo ni en continente del opresor. Achícase mi hombría al pronunciar su nombre, reflejo de enseñanza y de amor por lo suyo, que hoy es nuestro gracias a su legado, a su esfuerzo y a su desinteresada caridad.
Leo las máximas a su hija Mercedes y la imagino a ella, leyendo los diarios para usted, que de tanta experiencia y por tanto desgaste ya no puede hacerlo por sus medios, medio ciego de vista y otro tanto de bronca. Lo imagino a usted sentado en el cuarto de su hija como todos los días, deseoso de saber sobre su Argentina que le ha quedado lejos, injusta y vilmente, por obra de aquellos hombres que sobrepusieron el poder y los intereses individuales por sobre el bienestar de toda una nación que representada en el andar de su caballo, extensión de su cuerpo, intentaba formarse en toda la inmensidad  del ex-Virreinato que usted supo liberar de la nobleza foránea opresora. Lo imagino a usted cayendo al suelo, agonizando y pereciendo en patria ajena, al unísono que perecen los sueños de reconstruir esa Patria Grande que usted soñó para América Latina. Deja usted éste mundo casi al mismo tiempo que deja nuestro país de saberse soberano, estado que logró usted primero y su amigo Juan Manuel de Rosas después. Dos años más tarde de su muerte General, cae Rosas en manos del poder extranjero y se liberan los ríos para que el imperialismo navegue en ellos, cuestión contra la que usted tanto combatió en sus tiempos de joven guerrero.  Perece su cuerpo General y perece también el gobierno de Rosas, quien supo ganarse sus cartas, su admiración y su sable. Perece así la soberanía nacional y se consumen en el fuego sus cartas de agradecimiento al Brigadier Rosas por haber continuado con su legado, el de intentar construir una Patria Grande para todos los latinoamericanos.
Ha pasado mucho tiempo General desde que usted ya no está con nosotros, protector de nuestros sueños, guía de nuestro camino. Pero la historia es tan inmensa General, que no termina ni aún cuando aquellos que la construyen desaparecen. Continúa, infinita. Hoy la historia no lo tiene a usted, gigante, héroe. Nos tiene a sus hijos, productos de su obra póstuma, la libertad de los pueblos de La América del Sur. Dios o el destino, quieran que sus obras y sus palabras se impregnen en nuestra piel y nos traspasen hasta trastocarnos la mente, el corazón y el alma. Quiérase que como usted dejó explicito en las máximas a su hija, el recuerdo en su persona y sus actos, nos inspire amor a la verdad y odio a la mentira; nos inspire confianza, respeto y amistad entre los latinoamericanos; inspire en nosotros el amor por los que menos tienen; que seamos personas precisas, de poco hablar pero de mucho hacer; que despreciemos el lujo y vanagloriemos la humildad; que nos inspire por sobre todas las cosas, amor por la patria, nuestra por siempre, y amor por la libertad, ese legado que usted con sus manos y su alma, supo regalarnos hace casi ya doscientos años. Que su recuerdo sea, un motivo más para sabernos, por lo menos, la mitad de argentinos que usted súpose ser dando su vida para que la nuestra se empape en libertad… que la conmemoración de su muerte sea un motivo más para estar más vivos que nunca y poder gritar delante del tirano "!seamos libres, que lo demás no importa nada!".

De un hombre que lo admira y de un argentino que lo extraña…


Hernán López, contemporáneo.

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