sábado, 11 de agosto de 2012

"De lo de a dos y de lo simple, por Sheva López"






Reflexión sobre la Institución Matrimonial.

Disfrazados de supuestos sabios, algunos han querido simplificar la vida del hombre en tres aspectos, afirmando que, justamente el número tres, era todo aquello que se precisaba para la simplificación de siglos y siglos de historia. Tres vértices de un triángulo que es base, laterales y es cúspide de la vida de los hombres. En la base, el amor que contiene dentro de sí al líbido sexual; las columnas laterales que son sostenes de la estructura, son simbolizadas por la posesión, que no es más que la causante de la invención de, por ejemplo, el dinero (vaya invención); y en la cúspide, se sitúa no otra cosa que el poder, simbolización de la capacidad humana. Este Triángulo o Esquema, es sólo una simple representación de aquellos tres aspectos básicos sobre los cuales el hombre puede apoyar y proyectar su vida, conscientemente o no, eso no importa. Sólo importa que todo lo demás, es secundario.
Cierto es, que a pesar de dirigirse esta simplificación hacia los individuos en particular, es imposible encontrarla realizada en plenitud sin asociar individuos entre sí. Sucede que la base está sustentada por el amor y éste no es un sentimiento individual. Es por esto que fases cíclicas de la humanidad, se convencen a sí mismas que el amor es base de toda acción y entregan asombrosamente la mayoría de sus intereses y capacidades hacía otro semejante, estimando sea un electo de forma correcta según gustos y criterios. Esto es sin duda, un hecho insólito analizado fría y objetivamente. Es admirable que los hombres se entreguen amor entre ellos y deslinden sus intereses los unos con los otros, logrando sobreponer el interés para con el otro del que es para con uno mismo. En la edad que cursamos, éste fenómeno está representado plenamente en la Institución del Matrimonio. Esta Institución es puramente simbólica y demuestra al resto de la sociedad, la unión de dos personas que han elegido dar prácticamente todo de sí por el otro, cediendo derechos, libertades y obligaciones individuales a su semejante. Esto, en la teoría, suena hermosamente asombroso y en la práctica, extremadamente inaplicable. De hecho, ambas afirmaciones, son ciertas. La teoría en la que está fundada esta Institución, al igual que muchas otras teorías, es simplemente brillante; sin embargo, su práctica, es, prácticamente (y valgas tú redundancia), pésima. Claro que algo muy importante sería entender... ¿por qué?
No es incierto aquello que afirma que los cimientos son la base indispensable para todo aquello que encima de ellos quiera o preténdase construir. En este caso, eso significa que sobre la base de amor en la que está estructurado nuestro triangulo, sus columnas sostenes (que no son otras que las posesiones) ya no son fuerzas individuales, sino por el contrario, puramente convergentes entre aquellos que han elegido inmiscuirse en brazos de dicha Institución. En teoría, esto no es problema alguno; en la práctica,  es el principio del caos. Vale aclarar que no es bueno pensar solamente en bienes materiales, puesto que así dejaríamos afuera a lo hijos, productos consecuentes de la base del triangulo.
Los hombres nunca pudieron, no pueden, ni podrán, ponerse de acuerdo en un cien por ciento en lo que respecta a la distribución y a la acción o efecto sobre sus pertenencias. Éste menester no es naturaleza del hombre y no es digno de sí. Es afirmación: los hombres no tienen la virtud de organizar la distribución de sus bienes y posesiones, materiales o no; estén o no dentro de la institución; ungidos o no ungidos en los ungüentos del amor. El que admire esto último, no hace más que ahogarse en lo falso (aunque sin duda siga siendo motivo de admiración y un gran mecanismo psicológico de escape en su falsación de la verdad). Y es así que en las columnas comienzan a aparecer aquellas resquebrajaduras que se extienden a lo largo del triangulo y que se hayan inevitablemente visibles llegando a la cúspide del mismo, acercándonos a la esfera donde se guarda el poder. Todo ser humano contiene un grado de poder en sí mismo y para los demás. Las medidas o niveles de poder varían según el ser, pero todos poseen, aunque sea, una mínima dosis. En éste caso, entenderemos al poder como aquella capacidad que los hombres tienen de que otros pares hagan cosas que por su propia voluntad, no harían. A simple vista, esa definición parece sonar negativa, sin embargo, recordando la base de la estructura, no tendría por qué serlo, puesto que el amor es fundamento válido (por demás) para condicionar la actitud del semejante que ha sido selector del camino de la Institución. Siempre que las libertades individuales (siempre latentes) sean respetadas, los condicionamientos basados en el poder, no tendrían por qué parecer a simple vista represores o invasivos; por el contrario, éstos deberían estimarse como envueltos en el bien y como efectos pro-beneficios.
Sin embargo, el problema está basado en el equilibrio, aquel fenómeno que los hombres rara vez han podido dominar. Cuando el poder se posa con demasiada diferencia en cantidad, sobre un lado de la línea que del otro, la inequidad es total y el poder es gobierno. Y cuando entre dos iguales que han elegido la Institución se genera un Gobierno, automáticamente se califica a sí mismo de Tirano, por no ser justo y por no ser equitativo en términos de poder. Aquí es cuando la estructura se parte y la Institución fracasa.
En conclusión, el Matrimonio es una Institución realmente Sagrada creada en pos del bienestar de los hombres y sus fundamentos no son más que hermosos, irrefutables e infalibles. Sin embargo, no todos los hombres han sido capaces de generar entre ellos, la equidad entre los distintos aspectos que forman parte de la Institución y por eso ésta resultó no más que inútil. Otros cuantos, no obstante, han demostrado ser hábiles para cumplir con los menesteres que la Institución requiere y eso los ha bendecido en su vida toda. Por último, es importante destacar a aquellos que sin mecerse en los brazos de una Institución en la que no creían o no confiaban por distinta y ahora insignificante cuestión, logran día a día un equilibrio que no necesita legitimizarse bajo una Institución, sino que por el contrario, osa por envalentonarse a sí mismo, día a día, utilizando el mismo simbolismo de aquel triangulo que de base tiene al amor, de sostén a las posesiones y de cúspide al poder, pero con la única diferencia de que en aquella última estructura, los vértices del triangulo, rara, mágica y casi sorprendentemente son seis en lugar de tres.


Hernán López, contemporáneo.


 

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