martes, 14 de agosto de 2012

El pergamino y todas sus veces, por Sheva López




No una vez pensé que la vida sólo se hacía de encontrar el pergamino. Ahora, pienso que la vida sólo es eso. Ayer, también lo pensé.
Algo más de dos veces supe que nunca lo encontraría. La suerte no me tiñe los pasos ni la vista me adorna los ojos. Lo busqué por el lado de la experiencia, del análisis, del pensar. No lo encontré. No sólo no lo encontré, sino que además me enfermé en medio (y producto) de la búsqueda. En
realidad yo no enfermé, mi mente con el paso del tiempo se hizo enferma. Mi mente que es tercera persona.
No sé cuántas más de tres veces me perdí buscando algo que me desesperó no encontrar. Porque en mitad de la búsqueda del pergamino, me perdí entre los espejos que reflejaban aquellas pequeñas partes que me formaban. De a poco comencé a perder formar hasta casi no tener reflejo alguno.
 Y algo más de cuatro veces pensé que lo había superado y no fue así. Creí haber entendido que no había pergamino tal o que de haberlo jamás estaría a mi alcance. De hecho, no lo estuvo. Ya entendí que debo dejar de buscarlo. Ahora, lo estoy buscando.
Y pasadas las cinco veces de volverme en mi afán de dormir olvidando, sigo recordando cada
trasnoche que no tengo el condenado pergamino, que no sé qué hacer conmigo. Que no lo tengo, algo que me desespera.
Ya ni sé si fueron seis veces las que estimé saber cómo tratarte leyendo las guías que el pergamino contiene acerca de tu ser. Porque nunca lo encontré y sé que así seguirá no siendo. Pero estoy seguro que de encontrarlo hablará de vos. Es más, quizás lo único que me importe es que el pergamino hable de vos.
Siete veces me convencí de que no me importa el pergamino ni lo que dice en sus entrañas. Ni siquiera me importa si habla de vos. Creo que en verdad, justamente sos vos lo que me importa, entonces, todo vuelve a tener sentido. Como vos me importás a granel, encontrar el pergamino es misión primera. Llegó a ser hasta el despertar de mis letargos su encuentro. Lo voy a encontrar y cuando lo encuentre vos y yo ya vamos a tener que conversar.
Porque ocho veces supe qué decirte imaginando haber leído el pergamino minutos antes de tenerte en frente. Así. De frente. Así. Cerca. Así. Por suerte me dijo qué hacer, me contó cómo moverme, qué gestos esbozar y qué tono imitar.
Ya son más de nueve veces las que pensé que podía existir un momento en el que por fin aprendería las palabras justas, las demostraciones exactas, los sentimientos necesarios y las acciones calculadas para ser la mejor de las opciones. Para ser la mejor apuesta, el mejor pleno, el mejor billete, la mejor cara de la moneda. Son veintitrés los años y sigo creyendo, aun más de nueve veces, que un cálculo vale más que mil espontaneidades.
Diez es igual a infinito. Y diez son las veces que esa parte de atrás de mi mente, la que realmente piensa al unísono con el alma, la que me diferencia, la que vale más que mi propia mente, la que falsea la verdad que la otra afirma existir, diez son las veces que comprendió lo "raizmente" erróneo de esas nueve veces. Conoció la verdad. Intentó dar órdenes de aplicación inmediata y todavía no funcionó, pero el esfuerzo es incesante. El esfuerzo está basado en ser alma y no mente, está centrado en ser. En ser. Está centrado en ser. Y cuanto más es, más desorientado estoy, más inseguro me siento, menos correspondido, mas sólo.
Y es que no hay infinito sin once, y ahora sé o creo (quiero), antes de cerrar los ojos, que había más de un pergamino. Hoy hay dos, como mínimo. Y por ende, hay dos búsquedas que en ocasiones como esta se sobreponen una con otra y muchas veces provocan desazón.
Es que no hay vida sin búsqueda y no hay dulce sin amargo.


Hernán López, contemporáneo.

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