miércoles, 22 de agosto de 2012

La familia de mi amigo el carpintero se sienta sobre sillas de tres patas, por Sheva López




Nunca había ido a comer a la casa de mi amigo el carpintero. De hecho, nunca me había puesto a pensarlo, pero, curiosamente... a lo largo de muchos años de conocerlo, nunca había estado en su casa. En verdad, nunca había conocido nada de él. Es que de aquellas pequeñeces, uno se da cuenta tarde. Yo sabía que él era carpintero, de aquellos pocos buenos que quedaban, de esos que no tenés más que explicarle al pasar lo que necesitás para que tu ingenio se convierta en el suyo y así tu deseo se concrete aún más rápido que una madera se clava sobre la otra en su taller producto de la industriosidad de sus manos, artistas y talentosas.
Lo crucé un día en la calle y lo abracé con ganas, cariñosamente. Su abrazo correspondió al mío. Charlamos, displicentes. Me invitó a comer al día siguiente, con su mujer y sus hijos de compañía inmejorable. Confirmé al instante.
Llegué a la casa de mi amigo el carpintero apenas pasada la tarde-noche. Me recibieron su mujer y sus hijos con algarabía; me dijeron que él no tardaba en llegar, que tome asiento, que me ponga cómodo. Yo me sentía muy cómodo, estaba en la casa de mi amigo, el carpintero, con su familia. Cuando me senté a la punta de la mesa, al apoyarme sobre la silla, mi cuerpo se balanceó, mi pecho se congeló de calor y mi corazón se paró por un segundo producto del susto mezclado con vértigo que me generó la inseguridad que sufrió mi estabilidad al percatarse que a la silla le faltaba una de sus cuatro -cultural y arquitectónicamente- convencionales patas. Pronto corregí mi susto y mi vergüenza equilibrando con mi cuerpo entero y una de mis piernas en particular, la carencia de aquella pata de madera. La miré a la mujer de mi amigo a los ojos, entre riéndome y sorprendido, esperando que me ofrezca cambiar la silla averiada. Ella me miraba sonrojada pero sonriente a la vez, con un gesto casi poco solidario. Mi incomodidad disminuyó pronto o tan tardíamente ni bien entendí que mi silla no era la única apoyada sobre tres patas.
Mientras esperaba a mi amigo y charlaba con su familia haciendo notar que no me sorprendía tanto ya por la situación, para no incomodarlos a ellos, mi cabeza trabajaba a máxima velocidad intentando comprender por qué mi amigo el carpintero, no le ponía la pata que le faltaba a cada una de sus sillas, pues de hecho, él era carpintero, no podía costarle mucho esfuerzo remediar los desequilibrios que sufría su familia y él mismo a la hora de sentarse a la mesa.
Y después de algunos minutos de incomodidad, llegó mi amigo, contento por mi presencia. Ni bien me preguntó cómo me sentía, yo, después de haberme parado para abrazarlo y vuéltome a sentar en mi silla de tres patas, le dije a propósito con tono jocoso y cordial a la vez, que estaba bien, haciendo equilibrio como podía y me largué a reír. Él rió al unísono y entendió. Me dijo que había comprado ese juego de sillas hace un tiempo, a un precio inmejorable. Lo compró con la idea de enmendarlas en su taller, pero los planes cambiaron por fuerza mayor, hubo prioridades, trabajo, negocios, urgencias, por mayores y por menores que postergaron ese menester ya tres años. Me explicó que luego de un tiempo uno se puede acostumbrar a cosas que ni se imagina que podría hacerlo, de hecho, cuando algo errado se tiene por normal, uno tiende a asimilarlo de esa formo gracias a esa arma de doble filo que es la costumbre, que pasa a entenderlo como dado, y hasta llega a tenerlo a bien. Me dijo que él no quería que su familia se siente en sillas de tres patas a comer, pero que por ahora ellos estaban bien así, tenían otros proyectos, otras prioridades. Sabían el valor del postergar.
Y yo nunca lo había pensado con tanta sinceridad como mi amigo el carpintero me hizo pensarlo. Terminé la cena, la sobremesa y entre charlas, besos y abrazos, me despedí del carpintero y su familia. Subí a mi auto y antes de encenderlo mi mente empezó a entender aún más. En verdad, lo primero que hice fue preguntarme cuántas sillas de tres patas tenía mi vida y la respuesta fue que más de un juego a buen precio; en verdad entendí que mi vida era una ganga de sillas vendidas al por mayor, todas con tres patas. Infinitas eran las cosas que yo hace tiempo debía cambiar y que no me costaba ni el menor esfuerzo hacerlo, pero aún así, yo proseguía con mi afán de postergarlo. Empecé a recordar todas las cosas que hice especulando, pensando que perder algo no sería tan costoso como la recompensa que por la pérdida obtendría, pero ahí estuvo el destino para reírse de mis cálculos. Relación costo-beneficio, elecciones, especulaciones, momentos claves, palabras; todas acciones de segundos que condicionan los días y los meses.
Me senté en casa a pensar lo que pasó esa noche. En esa casa. En la casa de mi amigo el carpintero. Me di cuenta que mi vida tenía tres patas y que ni yo sabía por qué me demoraba tanto en atender otras urgencias, cuando era mi propio equilibrio el que estuvo en riesgo todo éste tiempo. Yo no tengo un taller para reparar el juego de sillas, pero tengo valor y autocritica para repensar todo lo que me sigue helando el pecho de calor... todos los días que me levanto por la mañana.

No hay comentarios:

Publicar un comentario