lunes, 24 de septiembre de 2012

Autodesafío, por Sheva López




De a pasos firmes se acerca el adversario. Y es que todo es pesadilla hasta que el sueño se digna. Los latidos son tambores y el coraje convicciones. No existen estructuras de tiempo ni de espacio. Lo concreto pasa a ser probabilidad y el imaginar es casi utópico. Los pies esquivan destinos; las manos son refugios de la vergüenza. Momentos culmines, indeseablemente deseados. Palabras que exigen precisión. Gestos claves. Desenvolvimiento. Risas ajenas de felicidad espontánea. Mareos. Adrenalina pura. Un sólo objetivo con muchos destinos posibles. Ramificaciones varias.
   Un libreto condicionado por el ambiente. Se mantiene hasta que puede mantenerse. Cuando falla, el vuelco es inevitable. Las posibilidades se acortan en porcentaje. La suerte... una especie de condimento inevitablemente necesario. Habilidades que complementan la biología. Vuelan, cual si fueran alas del alma. O de la mente. El convencimiento innecesario que sale a flote. La insistencia sin destino.
   Cada vez que veo que practica un movimiento en falso, me genera un cosquilleo disfrazado de malestar repentino. Está dando lo mejor de sí. Sabe que el tiempo le pisa la nuca. Las luces no lo ayudan, solo acompañan sus baches de ingenio. Ya inventó tres juegos en quince minutos. No funcionaron. De todas formas, tiene una prestancia inigualable. La paciencia decora sus pupilas. Le habla con un cariño casi de hermano. Ella lo escucha poniéndolo a prueba. Conoce perfectamente el final de la historia. Posee ese don de nacimiento. La sociedad se lo dio.
   Ya no tiene combustible y eso es un punto menos. Ahora sí que sus palabras deben embriagar mentes aún más que el alcohol de su vaso. Su tiempo ya se agotó, está en el descuento. Las preguntas las dejó en la niñez, es un tipo más directo. El movimiento al compás de la música nunca fue su arma letal, ni lo será. Yo intento no mirarlo, pero mi curiosidad es aún más que su ambición. Esboza una propuesta basada en la movilidad. Funciona. Cree ser obstinadamente preciso en sus acciones. Su caja chica se vacía conforme van pasando los temas. Pero su fe se agranda conforme va observando sus risas. La toma de la mano y le confiesa lo linda que cree que es, casi al oído. Ella lo mira sinceramente halagada. De contemplar el contorno de la escena pasa a escuchar los susurros de su garganta. Respira tan parecido al mar...
   Un beso en la mejilla, con la ternura más buscada del bar. Ella gira la cara, decidida. Él también. La mira prácticamente con los ojos de Dios. Su mano derecha acompaña la depresión de su mejilla izquierda. Se acerca tan despacio como aquel mar antes nombrado, a la orilla de la costa más triunfante de todo su país. Estando a menos de una letra de su meta, besa su otra mejilla, con menos ternura que antes. Se levanta de la banqueta, encara la puerta, sabe que no tiene auto, divisa las vías del tren, se sienta en el andén, sonríe y entiende que es tan pobre como rico en su mundo porcentual.


Hernán López, contemporáneo.

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