lunes, 3 de septiembre de 2012

Podía fallar... por Sheva López




Juraría que en la base de su brazo derecho yace la fuerza de una manada de animales salvajes del corazón del África Negra. O podría apostar la mitad y algo más del alma, a que sus dedos son hijos del metal que de tan firme y de tan fuerte, no ha sido plasmado hasta ahora en ninguna tabla periódica por ser su origen desconocido. O puede que acaso su fuerza nazca desde el centro de su cuerpo, que siendo eje de todo lo simétrico que en su periferia sostiene, sea a su vez núcleo de un poder inóxidable. La verdad, simple y concisa, es que su brazo derecho sostiene una bandeja tan pesada, que no hay cuenta, ni imaginación ni hipótesis alguna que me deje entender cómo es capaz de sostenerla con tanta displicencia y tanta facilidad.
Si uno observa lo que sobre ella se sostiene, puede -a la vista- parecer sólo una simple botella de agua o un simple plato con algún menú de turno. ¿Sal quizá? ¿Un vaso lleno de nada? ¿Servilletas? No parece objeto alguno tan pesado para la fuerza de un brazo femenino, de una adulta promedio. Sin embargo, algunos podemos ver más allá de los ojos. Algunos podemos mirar en ocasiones con esos ojos que emergen del fondo del alma, esos que sólo se activan con particularidades tan lindas y tan únicas como estar viéndola a ella, cuales fueran los ojos que se usen para ello. Y eso es lo que a mí me pasaba. Y así yo la veía. O mi alma la veía y me contaba, porque a decir verdad, mi conciencia, rustica y arcaica, se limitaba a ver lo tangible reposando sobre la bandeja de metal. Pero mi alma sabíase de ver no poco más que eso, sino un montón, un montón más... y que tonto y que tierno que suena así decirlo. Y que poco poético y que poco literario queda hacer el papel de estúpido. Pero poco... poco es lo que le importa a la coherencia y a la cordura cuando es el alma la que observa, la que mira y la que dice. Y la mía decía un montón, la mía estaba extasiada, movida por deseos, ansiedades, asombros y admiraciones. Porque yo admiraba tanto su pelo, que de negro y de lacio, casi se escondía entre lo negro del cielo que detrás de ella se asomaba; porque no era más que la noche mi contexto: yo sentado y ella tan cerca pero a la vez tan lejos, parada cerca mío como una bomba sin reloj, que vaya a saber en qué momento explotaría... (yo moría porque ella implosione justo en alguna de las oportunidades que se acercaba a mi mesa). Y ya no sabía qué hacer para sostenerla aunque sea un segundo más frente mío, no sabía si pedir algo más que de seguro no necesitaba o desafiar a mi propio ingenio en pos de retenerla. Lo que sí sabía por verlo con el alma, es que aquel pelo -que casi fundido con la noche- se posaba proporcionalmente hermoso hacia los limites de sus ojos y acosándolos sutilmente, le adornaba las pestañas tan detallada y meticulosamente, que hubiese jurado que su día había empezado luego de arreglar su pelo. En verdad, ella no necesitaba tal tiempo, así era, injustamente linda.
Y así fue que con el alma vi la primera de las cosas, luego de detenerme en su pelo y en sus ojos, que sostenía ardua pero cariñosamente sobre su bandeja: eran mis pupilas, que de tanto mirarla avergonzadas de mi mismo huyeron de tal inmoral y poco caballeresca actitud mía, saltaron la pared de la prisión que le ofrecían mis retinas y se posaron en su bandeja. Quizás para huir de mi, tan hombre idiotizado, o quizás para mirarla a ella, cada vez más. Detrás de mis pupilas, cargaba con mi vergüenza, que por mis poros se había escapado al no soportar ya la tensión que dentro de mi existía por tenerla sonriendo a menos de un metro. Sentimiento jodido la vergüenza... te limita, te bloquea, te acorrala. Así estaba yo, acorralado de vergüenza. ¿Tenía otra opción que avergonzarme? ¿O acaso me levantaría súbitamente entre las mesas gritando entre clientes que pagaría cualquier ítem de la carta con tal de verla sonreír cuando se acerca a mi mesa? A decir verdad, prefería quedarme abrazado a mi vergüenza, mal que mal, seguía dándome una oportunidad por más mínima que sea.
Y ya no hablábamos más de poco peso, entre mis pupilas y mi vergüenza, la carga se acrecentaba y eso que faltaba aún más. Es que, además, ella sostenía sobre lo llano de su mano a mi oportunismo. ¿Y cuánto pesa el oportunismo es la pregunta popular para ganarse el millón, no? Si, esa es la gran pregunta. Yo no puedo responderla, sólo ella lo sabe, sólo ella sabe cuán oportunista es una sonrisa o cuanto lo es un comentario. Cuan oportuno es un pedido y cuan oportuna es una historia escrita ad hoc. Pero claro, puede también que en verdad ella no sepa de valorar estos oportunismos por el sólo hecho de que no le interese hacerlo, pero vamos... ¿Qué gana el que no apuesta sino tener lo que ya tiene? Nada. Y muchas veces es eso lo que tiene, nada.
Ella carga con mis pupilas, con mi vergüenza y con mi oportunismo, pero como si fuese poco, por último, sostiene el peso muerto de mi paciencia. Y es la paciencia lo que al Dios que esté de turno en el Olimpo le pido me conceda a granel para poder dormir hoy sin pensar vuelta tras vuelta en la cama, entresueño tras entresueño, país tras país donde el subconciente me lleva una vez dormido, si ella estará tan contenta de haber leído su cuento como yo lo estoy por haberlo escrito y aún más, por haberme animado a dárselo. ¿Pero cómo privarme de entregarle a cada quién lo suyo? Sin más, no es menos que suyo. Mi paciencia es aquello último que su brazo sostiene y lo último que a mi dignidad le queda. Mi paciencia de poder saber algún día, saber y valga la redundancia, aunque sea que no le gustó. Paciencia de enterarme que no le interesó. Paciencia de conocer todo en lo que supe fallar. Paciencia de esperar a que quizás un día, no sea una bandeja lo que adorne su mano izquierda, sino mi hombro, que su pelo ya no se confunda con lo negro de la noche sino con lo negro del mío, que ambos seamos clientes y seamos testigos, de alguna mujer que trabajando en un bar, reciba de un tercero todo lo que las circunstancias no permiten a las personas decirse con palabras. Que podamos ver la situación y riamos en sintonía al igual que cuando de una botella brota agua sobre un vaso. Así de tan igual...


Hernán López, contemporáneo.


nota del autor: lo que puede llegar a inventar la imaginación...

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