miércoles, 19 de septiembre de 2012

"La blanca bandera, por Sheva López"




Pocas veces me decidí a mostrar lo blanco de una de mis banderas. De hecho, me cuesta recordar siquiera alguna vez de haber mostrado tal pureza. Sin embargo, ésta vez, me sobran argumentos para dar paso firme hacia atrás, enfundar mis armas y emprender la vuelta a casa. Mi parte optimista rescata haber tenido, por lo menos, la posibilidad de pisar el campo de batalla, avistar claramente al otro -aunque tanto distase de ser enemigo- y conservar la posición, hasta que la derrota fuese inminente.
   Sucede que de optimismos no se ganan las batallas. Se sostienen, se enfrentan y se encaran,  pero no se ganan sólo con optimismos. Por suerte, eso siempre lo supe. Saberlo, me permitió que la derrota fuese algo menos dolorosa. O no... en verdad creo que no me alivianó nada. Sucede que en la batalla, la esperanza de vencer -por minúscula que sea- permanece latente en el fondo del pecho, como una bomba sensible al momento del triunfo, momento en que explota de alegría interminable. Ese anhelo de victoria, esa sed, lo es todo en la batalla. Sin sed, la blanca bandera hubiesese mostrado con mucha anterioridad.
   Pero siempre hay un lado pesimista. Ese lado refiere que no hubo batalla alguna, que ni siquiera se estuvo a la altura de las circunstancias como para que la contienda tome nombre de batalla. Indica que sólo fue un intento más que fallido, más que frustrado y más que estúpido. No me arrepiento de haberlo intentado, aunque tampoco me jacto de virtuoso por haber fallado.
   Hoy, después de seguir tanto en pie, a pesar de la reiterada indiferencia, disparada tan violenta y sorpresivamente -y en cantidades desde el otro flanco-, decidí rendirme, por el bien de todos. Me rindo y me retiro. No es una decisión para brindar por el futuro, sino para tirar la copa hacía atrás en señal de olvidar el pasado. Bueno, olvidar es una forma de expresarse... nadie puede olvidar lo que no ocurrió. Pero hay circunstancias que rodean a lo que pudo haber sucedido, que quedan en el fondo de la memoria, por lo menos, anecdóticamente. Algunos tienden a rendirse fácilmente y otros somos más reacios. Los primeros tienen la ventaja de no sufrir tanto las consecuencias del rendirse, es decir, la no consecución de los objetivos. No sé si porque rápidamente se hacen de otros nuevos o simplemente son desinteresados y resignados por naturaleza. Los segundos, en cambio, vemos cada rendición como un mártir que quedará tatuado en el centro de la espalda por siempre. Son lindos los buenos recuerdos, pero son más fuertes los malos. La frustración te marca para toda la vida, son manchas que no se pueden borrar, aunque sí se puedan tapar con hermosas pinturas encima, claro está.
   Rendirse no es fácil para el que no está acostumbrado. Rendirse es una decisión de todos los días, de todas las mañanas en las que uno abre los ojos. Rendirse es mirarse al espejo y negarse a uno mismo ese amor propio por intentarlo de nuevo. Es priorizar la humildad sobre el orgullo.
   Me rindo de pensarte de nuevo, de ingeniar hasta lo ininventable para que me mires -aunque sea un segundo- mientras te estoy mirando. Me rindo de ser el hombre que espera sentado en el banco de la plaza por donde nunca caminás. Me rindo de dejar mi dignidad en cada una de las mesas donde apoyás tu sonrisa. Me rindo de ser todo aquello a lo cual tu atención no se presta ni en lo que tu interés se concentra. Me rindo de ser el tipo paciente que anhela que alguna puta vez le digas qué tanto mal te pareció todo lo que se humilló para interesarte. Me rindo de intentarlo con vos mujer, por mucho que me pese, sos libre de mis intentos, mis insinuaciones, mis miradas, sonrisas y de lo tedioso y mediocre de mi ingenio. Bandera blanca para mi... me rindo de buscarte y de ser los ojos que siguen viendo verterse el agua de la botella hacía el vaso una vez tras otra.
   Mucha suerte...


Hernán López, contemporáneo.

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