lunes, 22 de octubre de 2012

Celina, por Sheva López



   
   Celina jamás se drogó. Su mente era independiente de ella y nunca lo pudo soportar. Sus brazos eran... extensiones tan hermosas de su cuerpo, que me siento un idiota al no poder describirlos. Es que lo llamativo no era su composición física, sino que poseían una suerte de aura... sí, era eso, gozaban de un aura... porque esos abrazos lo eran todo. Jamás se me ocurrió pedirle algo que no sea un abrazo. Y después de presionarme contra ella concentrándome en sentir su pecho, tomaba distancia, y esos ojos me miraban de tal forma, que no es menos verdad decir que lo eran todo. Una vez se me cruzó por la cabeza pedirle algo más que no fuese una mirada y estuve a punto de terminar con mi vida acto seguido. No había motivo alguno para no desear caprichosamente que me contemple.
   Los domingos eran los días de Celina. Ella se sentaba horas a escucharme con una paciencia tan infinita, que hasta podría yo afirmar que aquella paciencia lo era todo. Me pasé años buscándole un defecto a esa mujer. No había nada más entretenido y desafiante que buscarle errores. Cuanto más buscaba, menos encontraba, más me gustaba y menos me sorprendía. Nos pasamos noches enteras mirando. Yo la miraba, ella no sé. Llegué a estar tan cegado que dejé de prestar atención a sus acciones.
   Me encantaba Celina... Me gustaba mucho su cuerpo y más su templanza. En resumen, me gustaba todo lo empíricamente observable de ella; pero a decir verdad, nada en relación con lo físico era lo que ciertamente me quitaba el sueño y me corrompía el equilibrio. En realidad, yo amaba a su nombre. No habría nada más vacío, mentiroso y falso en mi vida, que amar algo más que a su nombre. Mis pares me remontaban a siglos anteriores por mi gusto, pero nunca le di importancia a los comentarios vagos. Tendría decenas de hijas y todas se llamarían Celina.
   [Si hay algo que siempre me molestó al escribir, fue repetir palabras o ideas en un mismo párrafo o hasta en un mismo escrito. Detesto la insistencia. Pero podría escribir siglos de veces ese nombre.]
   No hay dudas de lo amable que puede ser soledad conmigo...-menos aún me animaría a cuestionar su belleza-, pero, ustedes entienden... Celina... bueno, para qué explayarse más.
   Celina nunca me quiso. Siempre fui el ejemplo del hombre al cual no debía ni intentar seducir. Ni llamándome Cristóbal la hubiese conquistado. Una noche me abrazó antes de dormir -como se había hecho una costumbre (afortunadamente para mí)-. Cuando se separó de mi ser y me miró con ojos de infierno, intenté besarla. Un aura se acercó violentamente hasta mi rostro. Me tomé rápido la mejilla del dolor y miré hacía el suelo inundado de vergüenza. Escuché pasos nerviosos. Después de unos segundos, levanté la mirada desconsolado y ella estaba todavía a centímetros mío. Me miró con los mismos ojos de siempre, en llamas. Me abrazó y me dijo que me acompañaría para toda la vida si por ella fuese. Que sería el aura de mis brazos y el infierno de mis ojos. Que templaría mi ser como sólo ella sabría hacerlo. Me dijo que se pasaría eras buscándome defectos. Que se enamoraría de mí, desde lo llano de mi piel hasta lo más profundo de mi alma. Que todo aquello que mi mente imaginó y mi corazón añoraba, era posible... siempre y cuando su nombre, no fuese Celina.


Hernán López, contemporáneo


nota del autor: un escrito de un imberbe de 18 años, reeditado por un imberbe de 23

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