lunes, 8 de octubre de 2012

Eso que nadie entiende sobre ella, por Sheva López



Tan perdida como buscada, se basó en lo desconocido. No tenía ni idea de cuál era su destino, pero el aire la llevaba de la mano -o de la espalda-. Un perro tan bajito como callejero, le sombreaba los pasos. En un momento pensó en usar el transporte público, pero se sentía mínimamente incentivada por la compañía. Le faltaban sólo unas cuadras para verse. Sin imaginarla ni esperarla, la caída fue fortuita. De ver el sol y sus extremidades, pasó en cuestión de segundos, a ver el pavimento. El sol había salido un poco más temprano que de costumbre, nada más que para ayudarla a caminar valiente, firma, única, mujer. No le alcanzó.
La pelea entre su cuerpo y su mente recién comenzaba y prometía ser eterna. Uno levantarse, otro yacer, -finalmente ganó el cuerpo-. Incontable para su mente fue el lapso transcurrido... se despertó de la mano de un callejero que poco se parecía al perro del principio. Tenía ojos saltones, pelo muy largo, un cuerpo tan joven como curtido y manos enormes. Sólo le faltaban los pies. Sin hablarle, la guió por un camino tan extenso, que hasta deseó volver al original. No se pudo convencer. Llegó a un campo con tanta flores como alcohol en su sangre. Una mujer despeinada le ofreció lavarle los pies, pero su cultura la hizo responder brusca y forzosamente que no. Siguió avanzando. Por cada paso de ella que retumbaba en el camino de ripio que se daba lugar entre los pastos, él contestaba con redobles.
Llegaron a una suerte de cabaña, de un material tan antiguo como sagrado. La noche nunca llegaba y aquella mujer había caminado horas y horas. Pensaba sólo en eso. Trataba de entender por qué el tiempo no pasaba, hasta que llegó a la conclusión que desde que cayó, había olvidado cómo medir el tiempo.
La recibieron, entre pétalos y algodones, una suerte de ninfas que parecían conocerla perfectamente. Su nivel de confusión era tal que bordeaba el shock.
Su sombra, fiel e incómoda, le tocaba los talones con las puntas de los pies. En la espalda sentía una opresión semejante al roce de un arma. Llegó hasta una puerta blindada con flores. Se abrió automáticamente en cuanto ella se acercó. Entró a una enorme habitación vacía y sin sombras. La puerta se cerró en su nuca. El frío era atosigante y el niño no paraba de llorar. Sin cuna ni ropa ni madre, acariciaba el suelo con los codos mientras lloraba. Lo tomó entre sus brazos por inercia. Detuvo su llanto al instante. Ella se sentó recostando su espalda contra la pared y lo abrazó tan fuerte como pudo, hasta casi lastimarlo de amor. Ambos se durmieron.
Se despertó cerca del destino original... en aquella cuadra. El perro ladraba ya desesperado. El bebé volvía a llorar. Se levantó con decisión compartida entre cuerpo y mente. Llegó a una casa tan humilde como antigua y cuando se acercó a la puerta, las llaves estaban puestas. Sólo tuvo que girarlas hacia la derecha y entró. Lo recostó en la cuna (ella sabía que ahí estaba). Acercó su colchón a la cuna y cuando estaba a punto de soñar de nuevo, prometió que nunca más volvería a caer...


Hernán López, contemporáneo.

1 comentario: