sábado, 6 de octubre de 2012

La pelea por el cielo, por Sheva López




Desvelado y sin presiones. Se levantó hace unas horas. No recuerda qué soñaba. Esboza imágenes a mente alzada. Son fotos que pasan como flashes del pasado. Se sentó, se volvió a levantar. Los ojos pesaban tanto, que el sueño era una amenaza voraz. Caminar es una palabra incierta. Tambaleó hasta la puerta. Olvidó que no estaba vestido antes de recordar que nunca se había desnudado. La espontaneidad no existía en su carrera. Todo estaba precisamente programado.
Al pisar las primeras cuadras se replanteó si lo que hacía era necesario. Supuso que algún día le tocaría a él jugar el otro papel. Pero al recordar el hambre y la desolación aumentó el ritmo. Se detuvo casi sonriente al recordar que le faltaba el elemento crucial. La primera reacción fue volver sobre sus pasos pero se dio cuenta que hoy quería hacer algo diferente. Retomó el rumbo original.
Si bien estaba cerca de llegar, ya la cabeza no le maquinaba como las primeras veces. La decisión lo inundaba.
Un galpón tan oscuro como espacioso. La puerta cerrada. Entre tratativas, burocracia y forcejeos… entró. Eran las 3 a.m. pero sabía que él estaría ahí (la fuente era más que confiable). Para el colmo de las suertes, entró por la puerta que daba a la única oficina y el papeleo lo había vencido. La cabeza descansaba contra el respaldo y las manos contra el pecho. Dio vuelta para verle la nuca en primer plano. De a poco su antebrazo se hizo amigo de aquel cuello. Cuando la presión se hizo presente, el grito de aquel despertar repentino no quiso ser menos.
Instinto animal. Tomo el antebrazo y forcejeó ya sabiendo que era tarde. Las opciones se agotaban y la fuerza no era instrumento. Sobre el escritorio una lapicera de pluma. Con una mano simuló seguir forcejeando y con la otra fusionó metal con humanidad. Ni se inmutó. La lapicera nunca se humedeció.
Y ahora sí estaba todo perdido. La presión ya era insostenible y decidió dejarse no estar. La oscuridad obsecuente del galpón se convirtió de golpe en una luz radiante, roja (tirando a naranja) y no blanca cómo quizás imaginó alguna vez.
Lentamente, salió de la oficina y tomó el mismo rumbo que antes pero al revés. Abrió la puerta de su casa y todavía el corazón le sacaba ventaja a las piernas. Agua y más agua. Se sentó en la cama, nuevamente.
Dijo en voz alta: -- "El destino que me lleva, no tiene ganas de dormir ninguna siesta. O quizás sea que no me convenga. Algún día correré la suerte de estar entre brazos cómo los míos. Cuando suba por él lo haré decidido. No tengo miedo ni de sus historias ni de sus libros. Sus profetas y discípulos no me condicionan en lo más mínimo. Si no supiese que no es el momento, iría ahora mismo. Pero la ley ya habló. Dos veces en un día no es leal. Aunque habría que preguntárselo a Él, que trae una vida después de llevarse dos".
Trató de dormir pero no pudo. Se puso la sotana negra, esta vez sí tomó la guadaña y salió.


Hernán López, contemporáneo.

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