domingo, 14 de octubre de 2012

La vieja colonización, por Sheva López



Por reducido no era menos eficaz. Caminaban a la par pero nunca juntos. Los unía un mismo objetivo pero jamás lo demostraban. Los abrazos, besos y saludos, no existían en su mundo (demasiado si bajo el mismo rumbo los separaba un diámetro menor a dos metros).
Lejos estaban de ponerse algún tipo de nombre o rótulo que los identifique. Bastaba con tener un mismo destino. Era imposible deducir su edad, su ubicación o sus pasados, pero tan simple como complejo saber quiénes eran.
El sombrero negro era una distinción casi cultural, al igual que el saco largo que abrazaba sus tobillos y nunca llegaba a besar sus zapatos, de un cuero tan negro y brillante como sus ojos.
Los estudios, el trabajo y la familia, eran pequeñeces tan insignificantes como el amor y la piedad.
La palabra Dios no les causaba gracia sólo porque nunca se reían. Ellos eran apóstoles de la democracia. Salían a la calle en busca de presas ideológicas. Armados únicamente de palabras convencimiento enfundado en la palma de la mano izquierda.
Si bien no contabilizaban el tiempo, en un breve lapso, habían colonizado -aproximadamente- a la mitad de los cerebros de toda una ciudad. Se acercaban individualmente a los chozas, se inmiscuían en la intimidad sigilosamente sin previo aviso y esperaban a la gente sentados y fumando. Sus voces eran tan graves y amansadoras que el pueblo nunca se asustaba. Invitaban al vulgo a sentarse con un gesto semi-cordial. Era momento de escuchar. Sólo eso. Ellos eran anfitriones, no usted. Ni yo. Cuando el monólogo iba por la mitad, llegaban tres más. Se sentaban en el piso y sólo asentaban lo que decía el primer allegado. Se calcula que al final de la parsimonia, se les ha preguntado a doce mil setecientas cuarenta y ocho personas si tenían alguna consulta o inquietud. No hay registros de duda alguna.
Se retiraban uniformemente con bolsas de sal entre las manos y una mente más, anotada 
con un hierro oxidado en la pared de vaya a saber dónde.
En la comunidad no existían líderes, ni maestros, ni guías, ni sabios, ni pastores. La jerarquía era una palabra que se usaba para describir la separación ideológica y no social. Todos tenían un mismo labor. Convencer y educar. Y todos la misma ganancia: el poder.
Decían ser admiradores de Platón y de Aristóteles. Si bien no pronunciaban la palabra política, la odiaban plenamente. Sólo querían que la gente entienda, no que vote. Su teoría se basaba en que si todo el mundo entendiera, no sería necesaria la votación. No hay quien gobierne mejor, si todos entienden como hay que gobernarse. Si no hay gobierno, no hay división y si no hay división, no hay jerarquía. Si bien jamás reaccionaban a los prejuicios e injurias, detestaban plenamente que los demás los llamen anárquicos. Por eso tenían a los calumniadores como objetivos finales de colonización. Primero había que ser mayoría. Democráticamente, llegaron a manipular miles de cabezas de la manera más defacta y tiránica que supo existir.
Se planeó la conquista de los objetivos finales para un día en particular. Faltando tres días para la culminación de su obra más grande y su triunfo eterno, uno de ellos irrumpió en la ante-penúltima choza a visitar.
Se sentó en la oscuridad. Lo encendió. Cuando Él llegó, su cara de terror era indescriptible. Le habló con la voz más contenedora que pudo esbozar, pero seguía aterrado. Lo invitó a sentarse y Él se inmutó. No quiso repetir el pedido por eso decidió proseguir con Él parado escuchándolo. Habló alrededor de cuatro minutos y luego se calló para escuchar al dueño de la casa. Lo oyó unos siete minutos. Salió de la choza resignado y tan feliz que el esfuerzo por no reír y/o sorprenderse lo sobrepasaba. Volvió a la cumbre con las manos vacías. No aceptó el hierro que le alcanzó un colega. Habló por unas cinco horas a sus pares. Se generó la primera discusión en la historia de los suyos.
Tres días después del ingreso en esa choza, no se vio ni siquiera un sombrero negro más en toda la región.
Los objetivos finales se disolvieron y los monólogos se acabaron. Las invasiones pasaron a la historia y la colonización democrática se terminó.
Quince días después, Judas entregó a Jesús en signo de venganza.


Hernán López, contemporáneo.

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