lunes, 15 de octubre de 2012

Lo que nunca tendría que contar pero ya lo hice... por Sheva López



Vivir en tus pecas es mi mayor afán. Subir tan rápido -o bajar tan lento- por las fauces de tu espalda es algo más que un anhelo. Ver tu pelo imitar el flameo de aquella bandera tan querida es un poco menos que mi locura. Que mis sienes hundan ideas bajo los puentes que forman tus piernas es casi un tanto más que un desvelo.
   Después de mojar aquel pincel en el tintero de mis labios, creí esbozar los trazos más precisos al Sur de tus costillas, pero ingenuamente, sólo logré despertar el alza de tu voz y la enemistad de tu pelo con el viento. Soy un pésimo artista a la sombra de tu silueta, pero no olvides todas las veces que puedo fallar pintándola.
   Volver al origen de nuestro origen, entre presiones de mis brazos, picos de altura y depresiones de tu cuerpo, aires violentos huracanes de tu boca, hilos de agua vertientes de progesterona, tenazas que estiran las telas que no tapan lo descubierto, dientes que crujen entre miradas desafiantes, besos... revolucionarios y suicidas. Un débil sonido por cada escalón. Colisión, tu espalda, el cemento. Vestiduras nuevas, rotas y ahora viejas; el suelo las sostiene, sorprendido. Mis manos no se privan de tocarte por pequeñas. No encaja en tu hemisferio todo lo que podría tocarte. Marcaste en mi espalda los días que extrañé tus uñas como Barrabás marcó con hierro en las paredes, los días para la sentencia de Jesús.
   Tu vientre es la cuna de mis ojos, el sostén de mi falta de cordura y el tesoro de mi olvido. El techo de tus piernas vale más que la recompensa ofrecida por el rescate de La Venus secuestrada. La violencia de tu respiración pone fin a mis ataques de equilibrio. Cada vez que intentás alcanzar el cielo, mis reflejos penden del hilo de tu energía. La avalancha de mis manos en tu espalda no se puede detener. Entre besos que rebotan de lóbulo a lóbulo, quedaron varadas en lo alto de tus idas. La yugular mujer... no tiene tanto radio de giro como tus ojos cuando llegan. Cuando llegan al... mar. ¡No, al cielo! En realidad, cuando llegan, eso es lo correcto. Los ejes de tus piernas no sienten el desgaste por la Revolución que es tu pecho. Me pregunto si la muerte borrará de mí las expresiones de tu cara o los sonidos que exaltan de tu alma. No hay usurpador que por ahora se anime a despojarme de esa tierra.
   Ya no se qué excusa inventar para seguir tocándote. La calma se irradia en violencia y en segundos vuelve a ser calma. Mujer, temo erosionar los paisajes de tu pecho, pero, se han convertido en los oasis del desierto que es mi boca. La prisionera de mi garganta te recorría
tantas veces si se lo permitieses... Una tercer guerra. El mar Austral hunde entre vientos al cielo Boreal. Los pasos de tus piernas ensordecen la luz. Un toldo fraccionado y desparejo acompaña tus secretos. Cada vez que comienza la batalla, ambos se funden en el campo que rodea lo voraz de tu pupila. Extraña riña, el bien de tu engaño contra el mal de tu fe. Y el lienzo blanco de fondo no hace más que resaltar lo hermoso del espectro que se puede contemplar. Jamás me atrevería a cruzar la puerta de Jade en un escrito. Son tus ojos princesa. Tus ojos inundados de pasión, pero tus ojos al fin. No hay nada más excitante que tus ojos cuando no buscan la luz. Cuando mendigan por la oscuridad que oculta los pecados. No hay nada más sensual que tu boca en silencio de palabras. Porque, tus balbuceos valen más que cualquier poesía. Tu diccionario de respiración vale más que cualquier imagen. Y tus arranques de furia controlada valen mas que cualquier acto impuro.
   Y la presión de tus manos, que amenaza la consistencia de las pieles que cargo a mis espaldas, es el anuncio de tu llegada triunfal al reino de Lucifer. El diablo te recibe entre alfombras que imitan las formas de mis brazos. Y entre mis brazos te hundís con un silencio tan ensordecedor, con una calma tan descollante, con un placer tan culposo...
   Y yo, que llevo entre las manos más altanería que humildad; más imaginación que dramatismo; te miro a los ojos... ojos libres de un incendio que ardió por sí mismo. Ojos ciegos de maldad. Ojos nobles e inocentes. Cristalinos. Hijos del único ángel con bases en su cuerpo. Ojos puros e intocables. Ojos que existen sólo detrás de la pared de los míos cuando descansan. Ojos que nunca me vieron, ni nunca me verán. Ojos que son contemplados por otros que jamás se dignarán a apreciarlos como los míos creen -infames- poder hacerlo...


Hernán López, contemporáneo.


nota del autor: lo bueno de la literatura es que uno puede escribir cualquier cosa. 

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