jueves, 25 de octubre de 2012

Primera, de las cinco cartas a Celina, por Sheva López


Parte 0 de muchas más


   Antes que nada, te aclaro que esta carta no tiene objeto alguno. De hecho, mientras la escribo, yo mismo me pregunto por qué no valoro ni mi propio tiempo. Trato de buscarle un sentido metafórico o hasta romántico, ¿cariñoso tal vez?, pero sonrío indignado de sólo pensarlo. Tanto vos como yo sabemos porqué te escribo Celina... no es más que una infantil excusa para escribir tu nombre una y otra vez; y es que ya no me avergüenzo de lo cínico y enfermo que estoy con ese bendito nombre; es una cuestión ya tristemente asumida, no puedo ni quiero cambiarla. Y por supuesto, que para escribir una carta con un mínimo de coherencia, tengo que acompañar a ese nombre sagrado con otras palabras que ni me interesan ni me significan.
   Estuve pensando mucho en vos Celina éste tiempo... hace ya dos años que no puedo verte entrar por mis ojos. Sinceramente, no recuerdo mucho de tu cara, pero vos me conocés más que nadie, las fotos no son mi pasión. Es más, me jugaría a decir que las detesto. Si bien -te repito-, esta carta carece de motivos de existencia, sería un honor para mí que la respondas, aunque sea por el sólo hecho de saber que todavía estás viva, que aún sabés escribir y que en algo te interesa mi persona.
   Me enteré que andás de amoríos y me alegré muchísimo al saberlo. Tu felicidad no es mi felicidad, pero se acerca bastante. De todas formas, también sé calcular, y escuché ese rumor hace aproximadamente un año... no sé si todavía perduran tu convencimiento y tus ataduras.
   Cuando se me ocurrió escribirte, pensé en proponerte que nos veamos, pero en realidad, no quiero. Estamos mejor así, distanciados por kilómetros y kilómetros. Celina, no te voy a mentir, te extraño un poco. Nuestra última charla fue un poco áspera, oscura, hostil. Creo que deberíamos retomarla (aunque unas líneas atrás dije que no quería verte), así que notarás facilmente el estado de confusión en el que me encuentro atrapado; es mi propio cuerpo que me encarcela. Es probable que te escriba a la brevedad una carta más, si cuento con la suerte de destrabar los cerrojos de mi mente (por lo menos algunos pocos de tantos).
   Quiero que sepas que estuve trabajando mucho éste tiempo. Cambié de trabajo cinco veces ya. Cuando mis allegados me preguntan por qué, les cuento que no me siento a gusto con ninguno en su totalidad, que no van de lleno con mi persona, con mis intereses y mi vocación. Sin embargo, te confieso un secreto que quizás te asuste un poco: estuve buscando algún lugar donde encuentre a otra mujer con tu nombre sagrado. Aún no pude lograrlo, pero todavía a mi paciencia le sobra combustible.
   Me gustaría llevarte personalmente esta carta y amaría que la leas delante de mis manos (en voz muy alta de ser posible), pero... creo que ya lo dije... por ahora, lo mejor es no vernos. Estoy muy dejado, ni yo me reconozco en el espejo.
   Hasta ahora, te he contado cosas mayormente positivas de mi vida en éste último tiempo, pero hubo una que no lo fue y también merecés saberla. O no. En fin... Me invitaron a una reunión, a un festejo en un lugar que yace a unas pocas cuadras de mi casa. Fui. Tomé mucho. Demasiado. Perdí un poco el control de mis actos. Y los sentidos (por sobre todo el auditivo), disminuyeron en capacidad y calidad. Estuve con una mujer... sí... estoy totalmente arrepentido, pero es que, de seguro no vas a creerme pero, hablaba tan despacio, tan bajito... que entre vasos y milonga, entendí que había dicho Celina. Después de haber hecho lo que no tendría que haber hecho, los aires me ayudaron a volver un poco sobre mi coherencia, y el nombre era tan pero tan parecido, que me generó una vergüenza irreparable haberlo confundido con el tuyo. Todavía no lo puedo creer, mi propio cuerpo me traicionó. Juro que le escuché decir "Celina". Vos sabrás como reaccionar ante un acto tan vulgar.
   Me despido -por ahora-, no quiero robarte más tiempo, reitero que me encantaría saber de vos, es un hito en mi pasado tu ausencia.

   Te dejo saludos Celina, no merezco más que eso...


Hernán López, contemporáneo

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