miércoles, 7 de noviembre de 2012

Cuarta, de las cinco cartas a Celina, por Sheva López




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   Para serte sincero, estoy un poquito cansado de esta burocracia, de éste sinfín de artilugios, moralidades y balbuceos. Celina, estoy un poco exhausto del largo camino que hay que recorrer para llegarte. También un poco harto de levantarme en las mañanas y ver mis paredes incendiadas. Santas paredes que siempre fueron blancas igual que tu aura y hoy... hoy son rojas Celina, son rojas. Viven sosteniendo bocetos contractuales de tu nombre pintado con sangre, con sangre color infierno y olor a mis venas. Los árboles de mi jardín lloran mujer, desconsolados. Las hojas caen muertas, son miserables extensiones del olvido. Las flores Celina, si vieses las flores... es como contemplar un paraíso en sepia; perdieron todo color. Los pájaros no cantaron nunca más Celina... ahora gritan, chillan, exigen esa puta libertad que no puedo darles. No quieren contemplar más la perdición en vivo y en directo. Los pastos que deberían adornar la entrada, la han tapado, la escondieron... Que presente tan triste, que vida tan triste ¿Tiene sentido continuarla?
   Y fiel al medio que me rodea, también voy mutando. Sería un disparo en la sien que no me reconozcas al verme, pero, en realidad te entendería; la barba me guarda los rasgos. El pelo me nubla la espalda y la cintura. Mis manos están desgastadas, corroídas. Las piernas me responden de a ratos, cuando no se lo proponen. No sé hasta cuándo los hombros me sostendrán los brazos, (supongo que hasta que el hilo de ese titiritero, viejo decrepito, soporte la tensión que me nace en el alma y me muere en la mente). El peso de mi cabeza está a punto de vencer a mi cuello, lo amenaza día a día con quebrarlo. Son guerras Celina, batallas incesantes; es el alma contra el cuerpo, se odian. Mi cuerpo, arruinado, ya no quiere que mi alma resida en él. Ella lo convence de lo imposible, le vende mundos inciertos, le miente en la cara... -es casi tan pérfida como vos-: le promete tenerte cerca sabiendo que es un absurdo. Pero él es tan parecido a mí... no tiene alternativa, si la echa de su esencia, se muere.
   Así estoy hoy... taciturno, esclavo de la esperanza, impaciente de tu venida. Y lo peor, es que así quiero estar, no tengo ni el mínimo interés de cambiar éste estado vergonzoso.
Una vez, hasta tuve ganas de llorar, -por supuesto que no lo hice- pero, las ganas estuvieron y ya eso me quita la paz. Sin embargo me entiendo, es mucho tiempo pensando y estimando un sólo objetivo, y no poder alcanzarlo es insoportablemente vacío. Es tan vacío...
   Celina, estoy acá, escribiéndote. La cuarta carta, como prometí. Juré algún día volver y acá estoy. Los pies y el equilibrio me desafiaban cuando pisé los limites de la ciudad. Creo que van tres años que no camino estas calles. Muchas cosas cambiaron pero vos seguís en ese mismo lugar, por ende, en verdad nada cambió para mí; habrán cambiado, quizás,  para otros. La esquina de Rincón y Pueyrredón... me llena el alma esa imagen. Ahí te conocí, ahí te hablé por primera vez, ahí tus ojos me miraron, tus brazos me escondieron y tus sueños se adueñaron de mi libertad. Celina, no lo puedo evitar más, es probable que esta parte de la carta sea ilegible por lo húmedo del papel, la tinta borrosa, el sentimentalismo convertido en algo concreto, explicito y palpable. Y es que esto no es llorar (yo no lloro), es sólo que las lágrimas se caen y no llego a salvar a todas de caer en éste abismo que es el tiempo y en éste pozo sin fondo que es el espacio. Porque... Celina, por favor, no digas que lo olvidaste... no habría para mí más mundo si lo olvidaras. Celina, en esta esquina me confesaste tu nombre. Daría en adopción hasta el último de mis pecados con tal de poder describir tu voz al decírmelo. Fue una utopía querer escucharte y prestar atención a todo lo demás que luego dirías. Recuerdo que no dejé de mirarte en todo el encuentro, no pestañeé ni una sola vez (me hubiese culpado toda mi vida si lo hubiese hecho). Perder un segundo de contemplarte para evitar una simple irritación en la retina, que estupidez. Si me hubiesen dicho que después de verte me arrancarían los ojos con las uñas más largas de la mujer más vieja, esperaría ansioso por esa hija de puta para escuchar sus pasos cuando viniese por ellos.
   En tu mejilla izquierda, un lunar, inimitable, sagrado. Tu cuello acompañaba la depresión que generaba tu cuerpo a la altura de tus hombros (milimétricamente situados sobre tus brazos). En medio de ellos, formábase una "V" que se extendía hasta tu pecho. No eran huesos, sino bases precisamente colocadas para el sostén de lo que vendría debajo. No voy a mentir -me da pudor describirlo- pero, no puedo obviarlo, nadie podría. Tan redondos como la luna y tan encendidos como el sol. La fusión de ambos astros empapada del mar mas salado del planeta. Musas Celina, son musas inapropiadamente inspiradoras. Son anfitriones del pecado, culpables del ocio y la avaricia; son hostigadores de implosiones neuronales, de enredos hormonales y de nacimientos del sentir. Tus pechos son hijos del diablo mujer. Son la manzana que tentó a Adán y al mismo tiempo. son la ira que cegó a Caín al matar a Abel. Vagaría por la Tierra de Nod por la eternidad con tal de no olvidar tus pechos.
   Y al irte Celina, la vulgaridad me inundó la coherencia y el caballerismo con el que supe criarme. Después de ese abrazo sin sentido, después de esos pasos consternado, giré sobre el eje de mi aorta y te juro, que podría verte partir los años que me restan de existencia. Hasta el enorme sin-paz que me provoca tu partida se minimiza al contemplar la continuación de tu espalda.
   Celina, tus piernas son cimientos del templo mas profético que conocí. Anuncian la llegada de todo lo que describí anteriormente. No hay tierra que no quiera ser víctima de los embates del viento para rozarte tus bases.
   Celina, llevo cuatro horas en éste barrio buscándote. Te escondiste de mí y estuviste acertada. Pero las revanchas son constantes en la vida y volveré, siempre volveré.
Estoy muy nervioso. Después de tres horas y media de búsqueda inútil, creí verte -vidrio por medio-. Y es que sólo veía la tapa de tu ser, la parte superior de tu cabeza, de a ratos, de a vaivenes. Era tu pelo, jamás podría confundirlo. Y era tu voz, tus onomatopeyas. Era tu respiración constante y violenta. Y creo... hasta en un movimiento impuro haber visto tus ojos. Creo... !que cómico¡, vi tus ojos. Inconfundibles e inigualablemente obscenos. Di media vuelta sobre mi propio eje, tomé asiento bajo un árbol, saqué éste papel, tomé mi birome y empecé esto que estás leyendo. Espero haberles dado el tiempo suficiente, porque acabo de decidir entregártela personalmente.
  
También la leería en voz alta si me lo pidieras pero... por ahora no merezco la atención de tus oídos...


Hernán López, contemporáneo.

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