lunes, 12 de noviembre de 2012

Quinta y última, de las cinco cartas a Celina, por Sheva López


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Parte 3 de muchas más
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   No sé si la palabra es triste, irónico, estúpido, enfermizo, cínico, incoherente o penoso; pero esta carta, no la escribo para enviártela, no es para vos. O quizás sí... pero no la vas a leer, ya no. Me cansé de tus interpretaciones erróneas y superficiales. De tu indiferencia desmedida, de tus individualidades y tus rencores. La carta la escribí para leerla en voz alta, mirando al cielo -o al suelo-. Las palabras están precisamente calculadas en cantidad y tiempo de escritura; sucede que el bloque de hielo que yace debajo de mis pies tiene vida limitada. O puede que ambos tengamos la muerte asegurada. Y no creo que estos besos irresistibles e inolvidables que me estás dando en el cuello mantengan la ternura por mucho tiempo. Los finales Celina, qué crueles y vastos son. Qué infieles al destino que imaginé, qué poco originales y cuán parcos son los momentos cúlmines... Qué planeamiento insensato el mío; qué cobardía y qué desprecio por las leyes de Dios.
   Y qué traicionera fue tu suerte Celina... esa misma suerte que te acompañó y apoyó en la moción de no cruzarme, ahora te condena al solitario y vago recuerdo de mentes ajenas. La suerte que hizo que al levantarme de ese banco, después de escribir esa carta, cruce yo la calle y encare hacia tu puerta. Y él, nada menos que él, me sostenga el umbral entre abierto con gestos de reconocerme como habitante del edificio, ¡qué imberbe! Y es que supongo que poco le importaba el afuera, venía de cumplir su vulgar objetivo...
   No obstante, en lo que a mí respecta, ya estaba adentro y las certezas que me había murmurado en aquella noche, esa fuente del pecado, se empezaban a cumplir. Los peldaños más largos y densos del mundo arquitectónico. Uno por uno, con el corazón enfermo de sed. Al pasar el último obstáculo, tu puerta, -del otro lado- yacía nuestro final, nuestro tan ansiado final. Celina, la lástima me invade el sistema nervioso. Celina, no lo sabía, no lo imaginaba, pero así se dio. Celina, qué condena la tuya... qué suerte marcada. La puerta de tu casa... abierta. Mis manos la acariciaron como si fuese un boceto de tu cuerpo. El silencio no me abandonó; la luz sí, no existía. Yo no conocía aquella casa, nunca había estado ahí, pero sabía exactamente adonde estaba tu cuarto. La fuente Celina, la fuente. Entré deslizando los pies imitando a la muerte. No hay originalidades en éste final mujer: dormías, profundamente. En mi bolso, cloroformo. Del bolso a mi mano, de mi mano a tu rostro. Tus ojos... ¿cómo describir tus ojos? Un relámpago de furia y sorpresa. Una bocanada de infierno. Primero irradiantes de furia, después de asombro. Acto seguido, locura, desentendimiento, paz. Se sintieron acompañados y vivieron la agonía. Vieron lo último... a los míos.
   Tenerte debajo mío. Dormida. Qué final Celina, por favor, qué final. No voy a mentirte, sería hipócrita. Se me cruzó ciento cuarenta mil veces la idea de hacerte el amor, aunque no comparta ese término. Ese término estructurado inventado por el hombre para ocultar su espíritu pecador. Ese término que invade la naturaleza humana, el instinto y la desinhibición sexual. -Pero no sería capaz de ultrajar tu cuerpo-, jamás. Sin embargo, si me detengo sólo unos segundos a pensarlo, objetivamente, creo que sí sería capaz de hacerte el amor... pero no por placer, no me interesa; sólo lo haría para poder tocar tu alma con alguna parte de mi cuerpo.
   Me estoy demorando mucho en la escritura. El tiempo me acorrala. La mecha se consume. El bloque... éste bloque debajo mío, cada vez se ve más amenazado por el calor que irradia mi odio. Ese calor que se eyecta por mis poros y agiliza mi condena. Y tus besos ya no son dulces... de a poco se amargan y me pinzan el cuello.
   Vergüenza Celina, vergüenza siento de no haberme avergonzado en mis reiteradas acciones. Placer mujer, alivio y felicidad son las palabras que se acercan a describir la inolvidable sensación que experimentaba mi ser en cada puñalada que te di. El receptor... tu vientre, aquel mismo vientre que negó la continuación de mi legado. Aquel vientre que no supo cobijar a mi cabeza ni una sola noche. Fueron veintitrés Celina, una por cada año que viví encadenado a esa sed que sólo brota de la ausencia de tus labios.
   La algarabía, la parsimonia y la satisfacción que sentí al tener tus ojos... en mis manos.  El rencor cegaba mis pupilas, las manchaba de sangre y lavaba mis angustias. El ruido de tu cuello al quebrarse fue la serenata que fracturó el martillo de mi oído. Empapado de tu sangre te miré por última vez. Un beso en la frente me sirvió de despedida, me plasmó un adiós basado en el sabor de tu linaje. Me alejé, tan lentamente, que usé hasta el último segundo posible para verte, inerte, inmóvil, inmutable. Antes de girar y nunca más contemplar tu ser, el último recuerdo de tu cuerpo incorrompible  fraguó miles y miles de sensaciones al reverso de mi mente. Al salir del recinto y empalmar el camino de vuelta, cada cuadra que caminé fue testigo de la formación de una palabra en mi cabeza. Y las palabras formaban frases. Y las frases se disfrazaban de rimas y estas a su vez de versos. Antes de llegar a ningún lado, tenía escrito un poema. En mi memoria tenía las imágenes imborrables, los recuerdos abrumadores de tu cuerpo destrozado; ambas cosas envueltas en la página de mi mente donde escribí éste poema.  Poema... es la palabra que se me ocurre. Nadie sabe si un grupo barato y morboso de Rock lo convierta en canción algún día, y hasta gane millones con mi desgracia. En el dorso de esta carta lo dejo, para vos y para mí. Y para que todos conozcan nuestro final...
   Celina, no soporto más tus besos. Mi cuello se siente ya casi estrangulado por tu amor pasional. El hielo ya no es hielo Celina, como nuestra historia ya no es presente. Ya merezco todo: merezco que me saludes, merezco que lo mejor para vos ocurra a mi lado, que tu salud vaya de la mano con la mía,  que tus oídos se harten de mi voz y sobre todo... merezco que la muerte no nos separe.
   Ya no hay más tiempo, el hielo ya es el mar que guarda nuestros recuerdos y atesora nuestras almas. Tus besos ya no son besos, se han convertido en las mordeduras tajantes de la loba más voraz. Ya tu boca en mi cuello es asesina de mis males... Y es que paradójicamente Celina (y valgan las eternas redundancias de estas cartas), a la soga de la cual pende mi cuerpo, le puse nombre... se llama Celina, como vos mi amor.


Hernán López, contemporáneo.


nota del autor: esto no terminó; de hecho, recién empieza...

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