sábado, 3 de noviembre de 2012

Tercera, de las cinco cartas a Celina, por Sheva López



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Parte 1 de muchas más
Parte 2 de muchas más


   Me encantaría hacer una introducción atrapante o conceptuar una verdad que te impresione al principio de esta carta, pero ya no soporto la ansiedad de contarte mi sueño. Me corrompe la paciencia tener que esperar para imaginar cada gesto de tu rostro al leer cada palabra de mi historia. Entregaría mi alma a la ciencia para poder ver tus expresiones al leer. Me cocería los ojos Celina para sentir la desesperada sensación de estar cerca tuyo mientras te enterás lo que pasó y yo inerte sin poder contemplarte. Qué destino irrelevante nos tocó Celina... Qué destino tan llano. Desde que te conozco, nunca te había soñado mujer, ¿podés creerlo? Y debe ser que en verdad la mente tiene más poder que el alma y que se ríe de mi inocencia cada vez que me acuesto en la cama pensándote para así soñarte luego. Las contradicciones antagónicas del deseo... Pero la mente, con todo su poder, también se enferma, es vulnerable y débil; se desgasta de actuar y decidir. Por suerte, esto me está ocurriendo a menudo y me permitió -por primera vez y al fin-poder soñarte. Si no recuerdo mal, esa noche me acosté pensando en tu sonrisa. Pocas veces me sentí tan cómodo como en todo lo inmenso de tu sonrisa. El día que te falte la sonrisa, creo que voy a perder definitivamente el juicio. Hasta ahora, soporto estar lejos tuyo, por el sólo hecho que deduzco, que aún en mi ausencia -de a ratos- se hace presente tu sonrisa. Aprendí a vivir sólo recordándola... y es que Celina, gracias a esa risa conocí el infinito: reposaba imberbe en tu mejilla izquierda. Ya no sé qué hacer para que entiendas, que mi boca podría vivir y consumirse hasta morir, en aquella cavidad que se forma en tu mejilla. Y fue así que tenté al sueño con tu risa; lo convencí.
   Estábamos sentados en la copa de un árbol. No me preguntes cómo llegamos ahí. Vos tenías tantas dudas que no te reconocíamos. Entre absurdos y vulgaridades, me preguntaste cuántas veces me arrojaría al vacío para saciar tus inquietudes. Me miraste desconsolada. Te respondí -sin vacilar- que todas las veces que sea necesario hasta que entiendas cada una de mis confesiones. Por un segundo, creí que habíamos cerrado la puerta impenetrable de esa vil etapa funesta que fue la incertidumbre que gobernó nuestra relación desde que nos dijimos el primer "hola", pero no... sólo dupliqué tus dudas con demagogia barata. En un intervalo que sobrepasa a mi memoria, yacíamos a la orilla de un río (o un mar, no lo sé), nunca supe discernir la diferencia.  Las lagunas, los ríos, el mar y tus ojos, fueron para mí siempre un mismo fin. Lanzábamos piedras al agua. Al principio, eran pocas, no nos animábamos a la cantidad... y lentamente, arrojamos tantas, que otro eslabón de sueño perdido en mi memoria, trasladó la imagen en segundos y éramos nosotros quienes estábamos ahí, en medio del agua, jugando a ser piedras. No puedo explicar con palabras lo impagable que fue para mí, ver tu pelo mojado de tan cerca. Mis ojos -en primer plano-: atónitos. Confío en tu memoria, no creo que hayas olvidado lo penosamente inexpresivos que son mis ojos. Pero en ese momento, sin brillos ni claridades, dejaron de pestañear. Ya era indigno llamarle a la acción pestañeo. Se encontraban en medio del proceso diástole-sístole para ser preciso en la descripción. Y tu pelo, moviéndose en conjunto, de lado a lado, producto del giro abrupto de tu cuello, volaba como una parvada de cuervos carroñeros, salvajes, ruines, sagaces, incordiales... En un comienzo, me sentí amenazado por el vaivén, pero luego los entendí como guardianes de mi infidelidad. Recogiéndote el pelo con ambas manos, me miraste preguntándome nada. Con un gesto, hice entender que no comprendía qué pretendías saber. Me preguntaste riendo si ni siquiera en esa situación me animaría a besarte. La piel, se me transformó en vidrio. Creo que si intento recordar el sueño con detenimiento, se podía dilucidar a simple vista, que la sangre me corría a un ritmo incalculable. Eran transfusiones violentas, de las venas a las arterias, de las arterias a los capilares. El corazón no me latía, intentaba implosionarme la caja torácica. Con el último haz de voz, intentando tranquilizarme, te contesté que no, que sería tan indigno de tu ser aprovechar una situación para tenerte, como mentir toda una vida para amarte. Asentaste con la cabeza. Me abrazaste. Sentí por un momento que la estupidez que había dicho había sido acertada, pero te volviste a recoger el pelo y saliste del agua. Antes de poder alcanzarte para pedirte explicaciones, estaba despierto escribiendo esta carta.
   Y esa es mi verdad... no hay que ser un experto en análisis de sueños Celina para entender la conexión entre abstracto y concreto. Vos entendés éste sueño más que yo, porque el sueño es tuyo.
    Celina, voy a estar visitándote pronto. Quiero darle fin a éste calvario que es tu ausencia. Necesito saber de tu boca que definitivamente no soy propio de tu ser. Las conjeturas ya ultrajan mi pensar y profanan mis deseos. Necesito ver tus ojos mintiéndome descaradamente. Que me alces la voz manchada de ira.
   Quizás antes de verte escriba una cuarta carta, pero todavía, no estoy decidido. Imagino que ya no te quedan dudas de que podría seguir escribiendo por vos hasta que la muerte se canse de mi escape -o hasta que tus manos separen al tintero de tu alejamiento y me escribas-.
   No tengo nada más que escribir por ahora, ese sueño lo fue todo.


Hasta verte o hasta mi próxima carta. Velo por tu salud, por ahora no merezco contemplarla...



Hernán López, contemporáneo.

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