miércoles, 16 de enero de 2013

La traición de Alá, por Sheva López




De todas las ausencias que me permito, la que más me perturba es la tuya. Tu falta me produce tal congoja, que me apena, inconsciente, recordar que ya no estás; y me alegra, inocente, imaginar -cual imberbe- que todo mi pesar, no es sino un temporal. Poder imaginar es consuelo que Alá me regala al enterarse de lo mucho que me duele que te haya quitado de mi camino. Alá y yo ya no hablamos producto de esa contingencia, que fue para mí, traición irreparable. 
Vos eras ese tallito de flor que sostenía los pétalos que formaban mis manos cuando, de a una por vez, se turnaban para acariciarte la mejilla izquierda. La punta de tu nariz era el núcleo de fusión con lo índice de mi dedo; era el puente de conexión entre tu alma y la mía. Tus cejas, toldos de tus ojos que imperfectos me miraban, se elevaban como pájaros vuelan al Norte al ver lo insensato de mi boca que expresaba, mi lengua mediante, que lo sano de mi juicio entendía lo mejor sería partieses. 
Pero esa parte de verdad que se esconde debajo de mi hombro derecho, punzaba tanto que me arde el sólo recordarlo. Pinchaba frío, intermitente, porque así se siente la congoja que se desprende de lo falso. Y aquella vez fui tan falso, que hasta luego de verte la espalda seguí mintiendo, sólo que esta vez me supe mentir a mí mismo, que sin merecerlo, me encontré, de un minuto para otro, envuelto en la tela de araña de mi propia infamia. Fui infame por no acepar que jamás aceptaría verte la espalda una última vez. ¿Cómo podría yo despertar en la mañana, cubierto de paz, si supiese que tu espalda se hace con vida en el mismo mundo que yo habito y ya no puedo verla? Por supuesto... no podría. Pero no puedo culparte por eso. No puedo culparte porque vos no tenés la llave de la caja que esconde a la suerte; vos no tenés el ladrillo que rompe la ventana que guarda al destino; ni tampoco, tenés la fuerza que destraba al cerrojo de la puerta que refugia al futuro. Esas herramientas, divinas banalidades, sólo yacen en poder de Alá que, inmaduro y sonriente, las oculta de mis codos porque goza de verme impotente. Se nutre de mi llanto y bebe del sudor que de mi frente gotea, cada vez que me arrodillo a suplicarle que no sea tan impío. Y cuando creo que de mí va a compadecerse, cuando creo que el verme afligido lo conmueve, se da media vuelta y corre escapando, aniñado, no sé por dónde pero sí que muy lejos, y me deja aún más solo que lo que antes me sentía por desearte tanto como la sed a las consecuencias de saciar el hambre divino. Y es que Alá corretea por un laberinto, el cual Él solo conoce y que es mi vida, y cierra con lo pequeño de sus manos las pocas salidas que mi mente dibuja. Alá es un oscuro traidor que juega con lo dulce de mi ser, con lo tierno de mis ojos y lo endeble de mis sienes. Alá me traiciona a cada paso que doy como el amigo que miente para proteger mi dignidad. Me traiciona de forma recurrente porque te conoce, mujer, hija del mal, mentirosa, bonita y tirana. Mi Dios sabe de tus fines y me hostiga a menudo para que los dolores que sufre mi pecho, sepan tapar las punzadas que dan tus uñas, esquivas, tajantes. 
Un tiempo que cambio por tiempo es el espacio preciso para hallar mi venganza. Una idea que parte de nada es el plan detallado, guardián de mi alma, custodio del rencor. Pero un día la razón se me nubla y los poros me inundan la fe de creer ser coherente y ahí colisiono amor con locura y salgo y te mato adentro de mí. Y mientras me inmolo el cerebro pensando en lo bien que me hacías, te miro en las líneas que forman mis palmas, te escucho serena y me calmo furioso, repleto de ira, sollozo, me olvido que un día podrías volver y en mis brazos, dormida, te juro mujer que te haría soñar con lo mucho -que sin programarlo-, te amé en el silencio, callado a tu nuca, violento a tu espalda. 
Si Alá descendiera, es un sólo deseo, que una vez más, para ser de mi vida tu vida, mujer del demonio, que el Dios que me cuida me quite los ojos de encima e infiel y sediento de ira, me jure traición por hoy, por ayer y, quizás, por mañana, un día de tantos en que mis ojos despiertan y tristes de ver a tu cuerpo invisible, se irriten imitando al deseo y retando a la muerte, que envuelta en las aguas saladas que de mi pupila se vierten, se sepa culpable de ser la amenaza a mi vida, que día tras día, acorrala mi honor, desafía a mi ruin valentía, de no ser cobarde y por fin, mi querida, dejar de pararme en el mundo, rodillas al suelo, y me pare, confiado de todo, temeroso de nada, y tanto a vos como a Alá, quien todo lo ve pero no todo lo sabe, sea justo y aún sin justicia, me diga a la cara, que vos, mujerzuela, la hermana de auras perdidas, no me corresponde, por mujer asesina, infiel, malparida.
Cuando Alá se equivoca pronto envía a un secuaz, lo disfraza de ángel, le corta los pies, desconfiado. Sabe bien que no hay otro afán de los hombres que escapar de sus garras y el ángel, venido a demonio o divinidad con dos alas, no deja de ser otros ser, como vos como yo, que con carne, espíritu y vida, se corona de espinas, se llena de esfuerzo y pretende que en vida se pague la deuda que en muerte, contrae el destino con ese banquero de almas perdidas que es Dios que se esconde en Alá y que sin redimirse, se alimenta de sangre de pobres testigos del mundo, como vos, como yo, mi querida. Y así bajo la mirada de Alá y la flecha del ángel y atrás de la cola del diablo, nos buscamos, el uno hasta el otro y hallamos, lo cruel del destino que es vernos aparte, uno del otro, distantes, aislados. Pero llega ese día que te cruzo en la calle, te miro, sonrojo y te digo al oído, gritando, exultante, que te quiero de noche, te extraño de día, te amo a la tarde y en las madrugadas, vergonzoso, egoísta, te hecho de menos, a vos, a Alá y a la traición, motor de mi vida...


Hernán López, contemporáneo.

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