sábado, 20 de julio de 2013

Carta a un amigo...



El dije es el centro, núcleo y punto de partida de una cadena que reposa, imberbe, en la vidriera de una de las joyerías más prestigiosas de la Ciudad de Buenos Aires. Multitudes van y vienen recorriendo de reojo su esplendor, sin tocarla, sin modificarla. Un joyero joven pero harto de experiencia, la diseñó así adrede, egocéntrica, única. Puso énfasis en su núcleo, su dije, para representar así a la familia, el comienzo de cualquier relación social entre los seres humanos. Desde el dije, comienzan a extenderse un sinfín de eslabones que lo circundan, pero siempre sin erosionar su protagonismo. Aquel joyero, aquella vez taciturno, aquella vez un poco ido, intentó que se interprete a los eslabones como la exteriorización de la vida social. Desde sus primeros pasos hasta los que nunca terminan.
Los dos primeros eslabones yacían juntos pero separados. Uno representaba el Oriente y el otro, el Occidente, y hacia allí se dirigían, cada uno, respectivamente. Se rozaban por las costillas cual siameses pero se separaban por lo opuesto de los hombros como rivales. Eran el símbolo de la primera amistad, la que sienta las bases para las contiguas, las próximas, las que corresponden a Oriente y las que competen a Occidente. Los dos primeros eslabones eran el primer atisbo de amistad en la vida de ese dije, centro y núcleo del alma de la cadena.
Mientras el joyero daba vida a su arte, mantenía sus manos concentradas en el objeto a producir, mientras daba permiso a su mente a volar por demás. Y en ese vuelo nunca estaba solo sino que siempre bien acompañado. El era un eslabón, un amigo el otro. Y recordaba….
Y los recuerdos se sucedían los unos a los otros, sin mucha coherencia, ni cronológica ni causal. Iban hacia el pasado y volvían al presente, se situaban en la ciudad de su vida y se iban de ella hacia lugares tan lejanos que nadie podría reconocerlos. El único hilo conductor a sus recuerdos era la amistad. Esa amistad que supo forjarla Dios o el destino, o la suerte, no lo sé. Pero sí sé que se forjó, y fuerte.  Y se recordaba a él, jovencito y ladronzuelo, con un objeto esférico que no le pertenecía pero que pronto lo hizo suyo. Y recordaba su risa mientras caminaba, después de valerse del viento, hacia su hogar otra vez, para apreciar su objeto. Pero ahí estaba el sonido que anunciaba la llegada del verdadero dueño, del otro eslabón.
Se miraron desconfiados, defensivos. Pregunta y respuesta mediante, el objeto no podía ocultarse más bajo dedos ajenos. Y tuvo que ser devuelto. Pero en el medio de la entrega hubo algo, una suerte de enamoramiento que excede lo sexual, que excede la atracción física. Fue un enamoramiento extraño, de esos que no se sienten en el jardín cuando te enamorás de la primera compañerita. Fue distinto. Fue parecido a la amistad.
Y como el destino es incierto pero también perspicaz, volvió a juntar al ladrón con su víctima, pero en circunstancias distintas. Sin embargo, el motor del encuentro mostró nuevamente al objeto esférico como centro de las causas. Una plaza, lazos sanguíneos, un deporte, tierra, llantos. Y más tarde fue nuevamente el dije, la familia, que los volvió a juntar, vecindario mediante.
Luego fue el verano, la adolescencia, el agua, otra vez la pelota y por qué no las mujeres. Así empezaron los dos eslabones a volverse inseparables, indisolubles uno del otro. La educación fue el punto de la i que los uniría para siempre –o quizás era una arista más de esa amistad que brillaba en el firmamento--. Y entonces comenzaron las idas y las vueltas, las calles recorridas, las aventuras, los desvelos, los sueños de a dos, las empresas, las competencias, los golpes, las peleas, el crecer juntos… crecer rodeados de risas, de abrazos, de defensas, de ataques. Fue hermoso.
Y cuanto más el joyero recordaba, más sonreía y más esmero ponía en fundir los primeros eslabones al dije. Y entonces escuchó nuevamente el sonido, el mismo, o distinto, da igual. Pero lo escuchó, y temeroso de que alguien nuevamente le quite un objeto que había hecho suyo, salió a un nuevo encuentro. Y otra vez era él, pero esta vez no le pidió nada, sólo lo abrazó. Lo abrazó fuerte y le dijo, con los ojos cristalinos, que ni las distancias, ni los hechos, ni las circunstancias, ni lo oscuro de la vida, podían apagar la luz de una verdad que se escondía pura en lo llano de su alma. Era una verdad que llevaría a su tumba, para guardarla entre huesos, tierra, madera y gusanos. La verdad decía que ese joyero, artista por obligación, era, al unísono, el primer eslabón de su cadena, la primera y única verdadera continuación del centro que era su dije. Le dijo, lloroso, que era su primer amigo, su primer hermano electo, su primer compañero, su primer confidente, su primer espejo.
Entonces juntos recordaron. Y juntos se recuerda el doble. Y mejor. Recordaron cómo cada uno siguió agregando eslabones a la cadena, algunos compartidos, otros no tanto. Pero cierto es que el tiempo jugó su carta y los encontró, tantos años mediante, de nuevo en torno al mismo dije, con el mismo centro, pegados por las costillas, enfrentados por los hombros. Amigos.
Se juraron no romper la cadena.


Te quiero mucho negro.
Jorge Hernán López Manilo-

(para vos… Sheva)

No hay comentarios:

Publicar un comentario