viernes, 12 de julio de 2013

De los bares, los patos y las casas, por Maia Zambetti y Sheva López



Si tuviese los ojos de un pato, tendría impregnada en la retina la suma de risas, que entre alegres y escondidas, yacen a la orilla de un lago que no sé de dónde viene. Si los tuviese... podría ver como el pasto se funde con la tierra, yendo de verde a marrón, terminando líquido y de un color que es mezcla de ambos. Si tuviese aquellos ojos, podría mirarla algo más firme que lo poco que se atreven a hacerlo los míos, entre desconfiados y cobardes. Si estuviese en las plumas de ese pato, podría acercarme tantas veces hasta la punta de sus dedos, que ya la excusa del hambre sea costumbre de tocarle la piel con el pico y así ella deje de acostumbrarse para estar acostumbrada a tal circunstancia.
Si pudiese vivir en el lago y aletear con fuerza para salir de él cuando mi voluntad se lo propusiese, podría tal vez invitarla a que la incertidumbre de ese ruido a tambores, incierto, alejado... se vuelva realidad y tanto ruido como imagen, se cuelen hasta el reverso de la mente que tienta al cuerpo con bailar, extrovertida y vergonzosa. Con los ojos de un pato, podría ver cuando se alza entera y erguida desafiando al sol y a la tierra que se abusa de confianza. Podría también reír sin cohibirme de su efusividad accidentada, que de ansiosa y de servicial, llena el lago de objetos ajenos a los que ese Dios -que es debate y reflexión- nunca supo colocar en él. Si fuese un pato, sería un testigo, aún menos culpable, de la energía que unos cuantos días de distancia en el tiempo, se amontona en dos cuerpos, un poco sin querer y otro tanto muy adrede.
Asimismo, los ojos de un pato no alcanzarían para persuadirla de olvidarse de la mitad descuidada y abandonada del lago al que pertenece para observar la mitad limpia, aquella en la cual quedan los rastros de los esfuerzos del aleteo que realiza día a día. Si estuviese en las plumas de ese pato no podría disfrutar plenamente de sus caricias que erizan la piel que no tendría y que provocan sonrisas espontáneas seguidas de pedidos de explicaciones innecesarias. Si en vez de labios tendría un pico de pato no podría ser protagonista de la temperatura de esos besos de apariencia tímida pero llenos de significado, aquellos que pueden venir acompañados de caricias o de dulces palabras. Si fuese un pato no sería capaz de involucrarme en el desafío de contagiar mis pasiones sólo por medio de palabras que, muy lejos de estar vacías, motivarían las ganas de crecer aprendiendo o de aprender a crecer. Si en lugar de hablar graznara como un pato, no podría pronunciar las palabras que prometieran un nuevo encuentro que no se hiciese esperar.

Pero los patos no saben de encuentros pactados, porque ese es un menester propio de los hombres: el pactar. Y como lo hombres no pactan encuentros en lagos, se dieron invento a los bares y se incineró a la vergüenza, para que puedan hablar sin tapujos, reír despreocupados y hasta trabajar en equipo. También dieron creación a la valentía, para así poder emprender acciones nuevas como sistemas políticos, elementos económico-financieros y hasta mezclar un chocolate en barra en un jarro de leche caliente para llamarlo submarino, no sé si ingeniosa o estúpidamente (sólo sé que así sucedió). Pero como los hombres todavía seguían sintiéndose vacíos, dieron movilidad coordinada y sistemática a sus piernas y le llamaron caminar. Y el caminar los llevó de un lado a otro y así supieron no sólo moverse sino también aprovechar el movimiento para inventar nuevas empresas con el habla o quizás reflexionar sobre otras viejas ya inventadas por otros hombres -o por ninguno-. Pero como el caminar no tiene (salvo excepciones) un valor intrínseco, sino que merece un fin que es complemento, llamaron a esa meta destino. Y cuando llega el destino muchas veces llega la alegría de la mano de la consecución, pero otras tantas llega la tristeza de la mano de la despedida. Y entonces fue cuando esa máquina de ingenio que portan los hombres entre un oído y el otro, entre el cuero cabelludo y el mentón, entre los ojos y la nuca, se sobrecargó de revoluciones y supo inventar las invitaciones espontáneas. Aquellas invitaciones son hijas del momento y madres de la emoción, la algarabía, los augurios. Son un regalo del ingenio, un producto del sentir y un parónimo de hacer. Una invitación espontánea combinada con un sí como respuesta, es una bomba que sin caer sobre la tierra, explota en el aire y lo colma de deseos. Deseos lindos. Muy lindos. También los hombres le dieron invento a las excusas, al desorden, a los colectivos, los viajes y la incertidumbre, pero esa, es una historia más larga que no viene al caso que nos compete en el día de ayer. O de hoy, no sé...


Escrito por Maia Zambetti y Sheva López, contemporáneos.

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