viernes, 19 de julio de 2013

El reloj de arena, por Sheva López




Hay días que, llenos de esperanzas y deseos, inflan lo largo y lo ancho del pecho. Hay otros que pretenden cauterizar el ánimo al punto tal de neutralizarlo, apagando -aunque sin agua- cualquier foco de sueño que intente incendiar a la suerte. No obstante, existen días peores, donde reinan la congoja, el desánimo y la desazón, haciendo las veces de Notables representantes de la Corte que sirve a la Casa de la Impotencia. Cuando la impotencia invade el cuerpo y se extiende cual rápida metástasis hasta el ánimo, el corazón se vuelve una granada despojada de su seguro; el tiempo se deshace, perdiendo lógica y sentido, se desgrana, perece sin noción racional alguna, dando comienzo a la dictadura que muchas veces sabe ser el destino del mediocre. La impotencia es un parásito que se hospeda en la boca del estómago y presiona intentando traspasar órganos y tejidos de lado a lado. Es una bacteria abstracta que se vuelve filo concreto y punza hasta tejer la ira en todos los alrededores del sistema nervioso. Ni el dolor, ni el fracaso ni la pérdida, socavan tanto el alma como la impotencia, Diosa del Olimpo de los males, dueña de las llaves del infierno.
El ser que busca trascender en la Tierra, ansioso, incapaz de esperar por la trascendencia espiritual que ofrece la muerte y la total entrega a lo Divino, moviliza desde el primero hasta el último recurso -tanto teórico como práctico- que la experiencia de su vida le entrega, cual armas letales, para la conquista de mentes ajenas, aquellas que reposan en el desinterés terrenal, entregando todo el Juicio Final a la justicia de un Dios que no saben si existe, pero prefieren creer que sí.
El hombre de valores y sueños se vuelve un selector preciso de sus propios días, pretendiendo aprovechar aquellos bañados de la sal que se desprende de los poros de la esperanza y vigila, sagaz, la llegada de La Reina Impotencia y de su Corte viciosa de secuaces despreciables, fenómenos miserables, hijos de la suerte, que tienen el sólo fin de detener el avance de la dignidad humana. Pero como la dignidad no se compra sino que se ensaya, cada minuto es un siglo de oportunidades para guardar un granito más de dignidad en ese reloj de arena que es la vida y que se agota paso a paso mientras los granos conservados se deslizan por la parte más angosta que separa la vida que se extingue de la muerte que amenaza. El tiempo es el peor amigo del hombre y el reloj es su representante, austero, traidor, soberbio. Cuando el tiempo avanza y la impotencia aflora, el hombre verte lágrimas que no llora pero siente como humedecen partes vírgenes de su rostro que alguna vez fueron cálidas, rojizas. El agua que de sus ojos se emana se tiñe por el viento que es la experiencia y como un sistema de retro-alimentación, se eyecta por el lagrimal y vuelve a ingresar por una boca que la voluntad no deja que nunca se cierre del todo. Es la lengua que a fuerza de golpes y palabras no permite que las lágrimas, criaturas del vientre de la impotencia, inunden la razón y combate a ideas eso que deja al hombre sin caminos, sin alternativas. Y pareciese entonces que los golpes cada vez duelen menos y las rodillas de ven acompañadas a los lados por los puños que en misma  línea presionan contra el suelo y la curva de la espalda se vuelve rectilínea y se ve al cuerpo erguirse y a las ideas revolucionarse y todo vuelve de cero pero sin el cero, todo vuelve a empezar y nunca termina, porque es el hombre quien no se rinde, no se entrega, no se muere. Es la Revolución hecha carne, vuelta espíritu.
La depresión es un arma del destino para no permitir a los hombres evolucionar, plantearse nuevos esquemas, avizorar otros escenarios, mejorar, crecer, vivir. Es una filial del infierno que se aloja en el centro del corazón y transporta por la aorta a lo extenso del cuerpo. Se acumula en grandes cantidades en los pies para no dejarlos mover imitando el peso de grilletes que no están pero que pesan --y mucho--. Es un virus que ataca la voluntad y el desarrollo, lo inhiben, lo acotan. Pero como el ser tiene un sólo fin que es ser feliz y su fin depende irremediablemente de su conservación, se despierta del letargo al que lo condenan la impotencia y la consecuente depresión, y entonces sí se acerca un poco más aunque fuese reptando al final de ese camino que nunca es final pero siempre es meta, es fin y objetivo que es la felicidad y que se concreta no por poseerla sino por rodearla.


Escrito por Sheva López, contemporáneo.

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