viernes, 19 de julio de 2013

La hipótesis, por Maia Zambetti



Para muchas personas lo simple no vale la pena, lo simple no llena, no satisface, ni les permite llegar hacia sus anhelos más ambiciosos. Sin embargo, afortunadamente, también existen personas que se permiten vivir de lo simple. Al principio, a ella, le resultaba imposible comprenderlo. No podía convencer a su sistema límbico profundo de que lo simple pudiese hacerla feliz. Su vida estaba totalmente controlada para alcanzar las metas que se había fijado hacía ya bastante tiempo. Las metas más rígidas de las que tengo registro. Metas que no admitían modificaciones, que no permitían la entrada de conflictos, inseguridades, probabilidades negativas ni espontaneidad. Sobre todo espontaneidad. Ella creía saberlo todo, controlarlo todo; pero no podía asimilar que la falta de espontaneidad --que la había caracterizado en algún momento-- bloqueaba las conexiones de algunas neuronas, impedía que las dendritas transmitan información placentera (que no es lo mismo que volcar el placer en otro lado). Fue un proceso largo y a la vez muy corto el que la llevó a desarrollar su lóbulo frontal, ese lugar que hace que las personas sean más flexibles y capaces de percibir las opciones que ofrece la vida. Opciones. Antes esa palabra no se encontraba en su glosario. Sin embargo, no se sabe exactamente cuándo, una especie de palanca de cambio la obligó a cambiar de dirección. Se desvió del camino armónico, seguro, y supuestamente estable en el que creía que se encontraba y tomó una ruta desconocida, irregular, confusa y hasta por momentos oscura. Una ruta larga por la que pudo avanzar muy rápido. Un camino que, antes de permitirle a su cerebro enviarle cualquier información, comenzaba a aclararse, iluminarse y a ganar su confianza.

Fue allí donde perdí su rastro. No la vi más. Ella tuvo la suerte de avanzar mucho más rápido de lo que yo pude. Sin embargo, soy consciente de que éste camino nunca termina, por lo menos en esta vida terrenal, y eso significa que en algún momento volveré a encontrarla y, quizás, tenga la fortuna de que me cuente su historia. Hasta el momento no me queda más que inferirla. Lo que pude observar en esa ráfaga que nos cruzó --combinada con el trabajo del hemisferio izquierdo de mi cerebro—fueron los albores de una hipótesis, que no está probada, chequeada ni corroborada pero tampoco refutada. Es esta hipótesis la que me lleva a pensar que ella pudo comenzar a percibir lo simple. A advertir esos detalles que confusamente la hacían sonreír. A percatarse de que no siempre lo planificado es lo seguro y lo espontáneo lo incorrecto. A discernir entre los anhelos y las ambiciones. A reparar en que la felicidad se podía encontrar en esa simpleza. Una simpleza completamente satisfactoria. Una simpleza que la hizo feliz.


Escrito por Maia Zambetti, contemporánea.

Editado por Sheva López, contemporáneo.

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