jueves, 25 de julio de 2013

Todo lo que ya no hace, por Sheva López


Siempre me acuesto un poco más tarde que ella. Me cuesta la rutina de vivir de día y dormir de noche. Ella la lleva perfectamente, al pie de su reloj biológico, en óptimo estado. Entro despacio a la cama porque si me siente acostarme junto a ella, me abraza automáticamente. Es un gesto hermoso, pero prefiero dormir libre de las cadenas del romance. Me muevo mucho, me cuesta horrores conciliar el sueño. Antes de cerrar los ojos, manoteo el celular y el reloj. No tengo horarios para levantarme pero lo programo temprano para despertarla con un desayuno de besos, abrazos y caricias. Nunca se levanta de mal humor.
Le preparo un té y unas tostadas con queso untable. No come otra cosa. Le cuesta tanto despertarse que pareciese que ya no despierta. Será que por dormir cinco minutos más, el tiempo la ahorca y nunca prueba ni siquiera la mitad de una tostada. El té se enfría y no lo toma. Termina siendo mi desayuno. Últimamente, siempre.
Se va tan apurada que me grita que me ama mientras cierra la puerta. O por lo menos eso creo escuchar. Yo aprovecho la hora y practico el rezo del alba, Al-fajr. Ni bien guardo la alfombra me acuesto de nuevo. Y ahora sí duermo profundo.
Me despierto pasado el mediodía, por culpa del sol. Lo primero que hago es mirar el celular y antes de ver la hora me fijo si en algún momento libre me escribió un mensaje. Pero ya tiene tantos momentos libres que no me escribe. Me lamento pero la entiendo. Me lavo los dientes, la cara, hago la ablución después de orinar y rezo Al-duhr. Me preparo lo primero que encuentre en el freezer y lo devoro como un famélico. Lavo los platos a la velocidad de la luz --siempre quedan sucios-- y salgo a comprar los diarios que me gusta leer y me sirven para trabajar. El canillita ya sabe qué llevo. Si veo una revista de interés para ella, se la compro y la dejo arriba de la mesa, para que cuando llegue vea el regalo. Pero ya no las lee. Ni se ve la mesa.
La computadora en frente y los diarios esparcidos por la mesa. Quizás algún que otro libro también. Me gusta fundamentar lo que escribo. Subrayo en el diario frases claves que en un principio creo citaré, pero nunca lo hago. No me gusta decir exactamente lo que otros dijeron.
No hay nada más reconfortante para un escritor mediocre que ser leído. En cantidad. Pero más me interesa que la nota le guste a ella. Es siempre la primera que las lee u oye. Luego del punto final, la leo en voz alta, para que la escuche. Conozco sus códigos: su silencio es un visto bueno. Antes las criticaba, les daba un toque único de simpleza que yo nunca puedo alcanzar. Pero ya no lo hace. Luego de escribir una o dos notas, practico Al-asr y me pongo a estudiar o a escribir de nuevo, pero ya no sobre actualidad o problemas de los hombres, sino letras que me gustan de verdad, que leo con el alma. Puede ser el Sagrado Corán o algún libro de historia argentina, economía o por qué no política. Otra opción es escribir literatura, eso que no paga la comida pero nutre el aura y me adormece la mente. Trato de concentrarme en un mundo fuera del que me acostumbra la vida y entro en una fantasía que siempre la tiene a ella intersectando la recta de la realidad por el eje de abscisas que es mi coherencia, mi racionalidad. Ella es un eje de ordenadas que está más allá. Mucho más allá. Es sobrenatural, invisible, compañera. La extraño hasta cuando estoy con su presencia arañándome la espalda.
Y en esos minutos que paso fuera de mi mismo y dentro de sus sueños que ahora son constantes y eternos, infinitos, espero latente la sorpresa de que abra la puerta, la traspase y me abrace. Y entra sin abrir la puerta y me toma por las costillas hasta llegar a las escápulas, las presiona y sin pecho me acorrala en su ser que no es. Yo cierro los ojos para sentirla mejor, para neutralizar el momento, pero es en vano, porque instantáneamente la pienso, dibujo su imagen en mi mente, siento su pelo entre mis dedos y lo acaricio. Mis dedos y el aire, una experiencia entre mágica y frustrante. Y ella me respira en el oído izquierdo. Me encanta. Pero un frío me recorre las venas, las congela a la vez que me prende el fuego el pecho como cuando se sostiene un hielo por mucho tiempo. Comienza a quemar a granel. Lastima. Deprime. Asusta. Desespera. Y entonces me separo de su cuerpo que no es y me acuesto en la cama, cansado de nada y desamorado de todo y espero que deje sus accesorios sobre la mesa y se acueste a mi lado, sin decirme nada, sólo estando. Y así lo hace. Callada. Para siempre. Y estando, a mi lado, pero sin mí. En ese momento de éxtasis amoroso, suena el adhan y toca Al-maghrib. Y otra vez al baño y otra vez el agua fría y la alfombra. Llega el momento de salir al mundo real y me preparo para la universidad, para aprender esas ciencias que te ayudan a concentrarte en lo real, lo empírico, lo observable. Esas ciencias que complejas y sofisticadas achacan cualquier sueño, cualquier atisbo sobrenatural, que es lo que en verdad me completa la desazón. Mientras estoy en la universidad escuchando lo que me interesa de verdad y lo que ya no quiero escuchar más, la recuerdo una vez más, pensando en que estará en casa cuando vuelva. En el medio intento escribirle pero ya no le llegan mis mensajes.
De camino a casa una vez más, pienso en qué me habrá cocinado. Sabe bien que llego hambriento como pocos. Pero nunca me cocina. No lo hacía antes y tampoco lo hace ahora. No le gusta. No tiene ese don. Pero no me importa; llego exhausto y con la mente rebalsada de conceptos y siento su calor cuando entro a la casa, siento su perfume y escucho su respiración, y entonces el tubo de energía que guardo en el esternón pasa de vacío a medio lleno y creo tomarla por la espalda, la sorprendo en el baño mientras se mira al espejo para arreglarse para mí y mientras siento sus pulmones en lo llano de mi pecho, la miro a los ojos en el espejo y me maravillo una y otra vez por su infinita transparencia que de tan puros y cristalinos no tienen reflejo alguno. Y como es la otra parte de mi ser, la que me completa mi mitad, la miro al espejo y me veo a mí mismo. Somos parecidos. Somos uno.
Cocino aún más rápido que en el almuerzo. Sirvo dos platos bien llenos. El mío se vacía en menos de diez minutos. El de ella tarda más. Tarda tanto que suelo tirar la comida, ya fría, al día siguiente. Ya no cena como antes. Serán las modas del cuerpo perfecto. No la discuto porque realmente tiene un cuerpo perfecto. Encastra con un máximo de justeza en la silueta que esbozo en mi memoria. Esa mujer debe ser un ángel. Quizá literalmente.
Entro a bañarme después de acostarme nuevamente un rato a su lado y siempre espero, entre inocente y pervertido, que se meta conmigo a la ducha. Hay veces que la siento porque el agua deja de pegarme del todo a mí. Y entonces se me eriza la piel. Siento de todo. Y ella me hace cosas tan maravillosas… me conoce tanto… que hasta pareciese que yo mismo lo hago. Sabe bien cuál es mi punto justo, mis gustos, mis preferencias, mis fantasías. Últimamente ella es mi única fantasía.

Toca Al-isha y otra vez lo mismo: que ella se acuesta y que yo no puedo dormirme. Tengo unas ganas de que cuando a mí me llegue el sueño ella esté despierta. En verdad, para sincerarme, tengo tantas ganas de que esté despierta de nuevo que ya no importa el momento, ni mi estado, ni el de ella. No importa el lugar, no importa la hora ni el rezo que toque. Ella me importa. Me importa tanto pero tanto, que siempre le pido a Allah verlo… para verla.   


Hernán López, contemporáneo

8 comentarios:

  1. jajaja qué loco. tengo una rutina parecida con mi pareja al dormir
    obviamente él se acuesta primero, sufriendo de un coma digno de un tronco. mientras yo hueveo un rato, y me muevo tanto como si estuviera sufriendo una mutación. es horrible, y obviamente no dormimos abrazados por que no quiero molestarlo.
    y lo del desayuno...ay querido! cuántas veces habré desayunado su desayuno, para luego volver a dormir.
    ritmos diferentes, costumbres distintas.
    saludetes!
    se nota mucho amor para con ella :)

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    1. Qué bueno lo que me contás. Creo que no seremos los únicos a los que nos cuesta dormir. Te agradezco de nuevo por tu tiempo de lectura pero te propongo que cuando tengas aún más, lo leas de nuevo, más despacio. No es tan feliz como parece. Abrazo enorme!

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  2. lo volví a leer. siento más melancolía, (¿será por que lo leí de noche?) la reconozco en mi, a veces conmigo. eso de verse medio vacío y con ella/el lleno. que esté cerca y lejos. conectado, desconectado. en automático o manual.
    a veces la sensación de soledad te da temblores. pero acostumbrate, la vida está llena de eso...

    y, por último. sos un monstruo escribiendo
    "Otra opción es escribir literatura, eso que no paga la comida pero nutre el aura y me adormece la mente. Trato de concentrarme en un mundo fuera del que me acostumbra la vida y entro en una fantasía que siempre la tiene a ella intersectando la recta de la realidad por el eje de abscisas que es mi coherencia, mi racionalidad. Ella es un eje de ordenadas que está más allá. Mucho más allá. Es sobrenatural, invisible, compañera. La extraño hasta cuando estoy con su presencia arañándome la espalda."

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    1. Gracias otra vez por tu tiempo!

      Creo que la chica de ese cuento... esta más lejos que cerca:

      "Le cuesta tanto despertarse que pareciese que ya no despierta"

      Abrazo enorme!!

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  3. y también te tengo a mi costadito del blog :3

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  4. ME ha gustado. Cómo te sigo? No encuentro la opción de todas maneras espero seguir leyendo tus escritos.

    Abrazo desde mi caluroso Guayaquil.

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    1. Querida Beba, gracias por leerme y desde tan lejos. qué lindo debe ser tu Ecuador.

      A la derecha tenés para seguir el blog o podés agregarlo a tus favoritos de Google+ o seguirlo vía mail. Yo ya me inscribí al tuyo.

      Te mando un abrazo grande y te agradezco de nuevo.

      Salaam!

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