viernes, 18 de julio de 2014

Ni 34

Buenos Aires, hacé historia






David Heighser es un recién graduado de la Licenciatura en Historia Universal Contemporánea de la Universidad de Dallas, Estados Unidos. Su intención es especializarse en historia latinoamericana y ha elegido Argentina como su estudio de caso. David corre con la desventaja de hablar muy poco español y de leer todavía menos. Lo primero que pasó por su cabeza fue comenzar a estudiar español y, de hecho, acudió a unas cuantas clases que impartían unos profesores mexicanos por la noche en su universidad. El entusiasmo inicial lo incentivó, pero tardó muy poco en darse cuenta de una doble y difícil realidad: a él no le gustaba el español y al español no le gustaban ni él ni su acento de gringo-texano que impedía cualquier modulación no anglosajona que practicase. 

Frustrado su plan maestro, David optó por emprender un viaje al Sur del continente, creyendo que en Buenos Aires encontraría la historia que sus oídos y su lengua no pudieron interpretar en clase. Si bien no contaba con una fortuna siquiera traducida en moneda argentina, creía que en algo menos de un mes podría sobrevivir en La América Latina, a la vez que sustraía de ella todo el conocimiento que le fuese necesario.

Aterrizó un martes en Aeroparque sin entender, al ver el río, si se había bajado de un avión o de un barco. Todo iba bien mientras los empleados bilingües lo guiaron en sus primeros pasos, pero todo se derrumbó cuando, equipaje al hombro mediante, se paró sobre el cordón de la Av. Costanera, divisó la palabra familiar "taxi" escrita en un auto negro y amarillo, y levantó su mano al grito seco de "stop, please". El taxista entendió sin palabras que el equipaje iría en el baúl pero todo empeoró cuando la incertidumbre del destino entró en la escena. El conductor, sin mirar al pasajero, esbozó un semi-cerrado "¿adónde vamos, maestro?" y David entró en un pánico total. En una guerra lingüística de unos diez minutos, Manuel, el taxista, pudo distinguir unas pocas palabras que lo trasladaron en el tiempo y escarbaron en los escombros de su memoria de alumno secundario sentado al fondo de la clase de inglés. Creyó entender que el pasajero buscaba un hotel. Bajó bandera y encaró para el centro de la Ciudad. Por la ventana, el oriundo del Norte del continente abría en grande sus ojos saltones con tal de divisar siquiera un museo que le sea útil a su propósito, pero dependía demasiado de una fachada típica, estereotipo, porque leer los nombres de los carteles le era tan pírrico como azaroso. 

David cayó por fuerza del destino (y de Manuel) en el Gran Hotel Buenos Aires, en Marcelo T. de Alvear al 700, en los que algunos llaman “Microcentro”, otros “Retiro” y algunos osados “Barrio Norte”. Con ayuda de Internet, se dispuso a emprender su viaje -entre turístico y científico- por la Ciudad de Buenos Aires. Valiente se subió al colectivo N° 10 y, con las pocas monedas que tenía, le alcanzó para pagar un viaje hasta San Telmo. El historiador pretendía visitar el Museo Histórico Nacional pero en el cruce de la Av. Caseros, una motocicleta con dos pasajeros desafió al semáforo en rojo, obligando a un camión recolector de basura que venía por la calle Chacabuco delante del colectivo en el que viajaba, a realizar una frenada brusca en pos de no colisionar con los infractores. El impacto fue tan fuerte y ruidoso como trágico. David, sentado en uno de los asientos dobles a media altura de la fila derecha, observaba desprevenido como los autos, a lo lejos, subían por la Autopista 9 de julio Sur, cuando el clásico latigazo consecuente del choque violentó su cabeza directamente hacia el caño que emergía del asiento de adelante, dejándolo instantáneamente desvanecido. Las ambulancias del SAME llegaron a gran velocidad y trasladaron a David, inconsciente, junto a otros hacia el Hospital Argerich en el Barrio de La Boca. 

Minutos después del accidente, el historiador, sentado en uno de los escalones que yacen a la entrada del hospital, no podía comprender como semejante impacto no le había generado ni un rasguño. Se puse en pie y entre ansioso confundido, comenzó una caminata sin destino. Dos comerciantes de habla inglesa le informaron que eran las dos de la tarde del 25 de junio de 1806 y que se encontraba en el centro del Virreinato del Río de la Plata. Siguió caminando, aún más confundido que antes, hasta cruzarse con un escuadrón británico de pollera corta y botines de cintas punzó cruzadas que avanzaba por la Av. Montes de Oca. Los escoltó de cerca mientras doblaban en Av. Caseros. La tropa tomó la calle Defensa y subió hasta la Plaza de Mayo, tomó el Fuerte por las armas hasta que llegaron las milicias locales para defenderlo y reconquistar la ciudad invadida. 

Totalmente desorientado por lo que acababa de vivir, David se refugió de las balas de los cañones en el Cabildo que se encontraba a unos metros del Fuerte. Ahora sí no entiende nada, españoles y criollos se sacan los ojos mientras se gritan unos a otros hasta que, lenta pero rápidamente, los europeos van dejando lugar a los americanos. De un momento para otro, los integrantes del cabildo festejan enardecidos al grito de “¡independencia!”. Pero la alegría de los porteños no duró demasiado cuando irrumpe en el lugar un grupo de jinetes de tranco cansado y vestimenta informal al grito de “¡Viva Artigas, muera el Directorio!”. David escucha que un periodista de un diario inglés le comunica a un colega que ahora Buenos Aires es un país y tiene presidente. Pero al instante llega un grupo de militares desde las afueras de la ciudad y apresan al gobernador bonaerense. La ciudad, de Norte a Sur, es un caos hasta que llega a la Plaza de Mayo un hombre de cabello rojizo y poncho a tono, escoltado por gauchos humildes. David lo reconoce por haber visto su retrato en los libros que nunca pudo leer… es Juan Manuel de Rosas. Sabe bien que no hay mucho lugar para él ni para los de su origen en la Plaza y se retira al Oeste de la ciudad mientras Buenos Aires vuelve a la senda del orden y la estabilidad económica previa al fin del Virreinato. El colectivo 105 dejó al historiador en el barrio de Villa Devoto desde donde escucha el sonido de los tiros que viene de Caseros, del lado de la provincia. Sabe bien que es tiempo de volver tranquilo a la capital. Mientras viaja de vuelta, ve a los negros porteños encadenados que agarran Av. Libertador y se van para el Norte, a la guerra contra sus hermanos paraguayos. Cuando David llega a Buenos Aires, esta se ha convertido en la Capital Federal del país y sus ingresos se han finalmente federalizado. Por un rato largo no se ven más que pobres en las calles porteñas pidiendo monedas en una lucha de mendigos contra los inmigrantes europeos. Pero no tanto después, ve las largas filas que algunos de esos mismos, humildes y errantes, forman para votar a un nuevo presidente. Y el pueblo sale nomás a victoriar a un tal Yrigoyen que no les habla pero los atiende. O más bien los atendía, porque antes de que David pueda tomar nota, los militares entran a la Casa de Gobierno mientras los cadetes desfilan por la Plaza. Y de nuevo el silencio, la incertidumbre, la desilusión… es todo tan parecido a 1806 que parece un calco a mano alzada. Buenos Aires se viste de sepia otra vez. 

Mientras se para en la esquina de Av. Callao y Santa Fe, el historiador empieza a notar que los uniformes militares van cambiando de color fundiéndose con el espectro de la ciudad. David se impresiona al ver cómo el pueblo corre enardecido hacia los límites de la ciudad, desafiando la adrede inoperancia de los puentes y nadando con el corazón hacia el rescate de un tal General Perón que está siendo atacado por un Tigre sin rayas. Y de a poco el pueblo vuelve a las calles y la algarabía reinó tanto tiempo como tarda una foto revelada en ponerse amarillenta. Y otra vez David pudo observar cómo se alternaba el negro con el blanco sin que demasiados grises aflorasen. Pudo ver en vivo y en directo cómo la Av. Corrientes se hundía en un caos de tránsito protagonizado por unos autos pequeños pero eficientes con una bandera argentina metálica estampada en su reverso, hasta que de las calles de Buenos Aires, vehículos y personas se esfumaban como la tela de una bandera cuando la consume el fuego extranjerizante.

Y estuvo el historiador un buen tiempo escondido hasta que pudo salir a la calle y ver las largas filas de los votantes como en 1916. Vio también, desde su epicentro, como por mucho tiempo la bandera de ese país al Sur del continente se tornaba más parecida a la suya propia que a cualquier otra. No pudo dormir por varias noches por el ruido de las cacerolas y de los cristales de los ventanales bancarios que se fusionaban con el piso. Sintió casi todo lo que en un principio pretendió sentir ni bien se subió a un avión con destino a Buenos Aires.

La madre de David viajó a Buenos Aires apenas la embajada le comunicó del accidente de su hijo. Ella estuvo con él los dos años que estuvo en coma inducido, interpretando los balbuceos de su hijo. Con ellos logró armar junto al mejor amigo y colega de David, la tesis de especialización del historiador. Heighser pudo firmarla y presentarla recién cinco años después, cuando superado el coma y una larga rehabilitación, pudo volver a ejercer su carrera, en su patria.

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